Sobre los que confunden poder con sabiduría

Ricardo Kleinlein

26 de mayo, 2026

Sobre los que confunden poder con sabiduría

Llevamos años aceptando la narrativa de las grandes tecnológicas sobre su propia genialidad. Hay un jesuita del siglo XVII que debería hacernos recapacitar.

En el artículo anterior de esta serie exploramos la figura de Ramón Llull, autor del Ars Magna, un ingenio para combinar conceptos fundamentales hasta alcanzar la verdad última de la fe cristiana. Cuatro siglos más tarde, un sacerdote jesuita publicaba una obra casi homónima, llamada Ars Magna Sciendi sive Combinatoria [1], un volumen monumental que prometía responder cualquier pregunta no sólo sobre teología, sino también sobre filosofía natural, medicina y música. Bastaba con seguir el método, con confiar en la máquina, para obtener cualquier verdad. Ese mismo autor había publicado veinte años antes su Musurgia Universalis [3], en cuyo interior describía el Arca Musarithmica: una caja de madera con varillas numeradas que cualquier persona, incluso sin formación musical alguna, podía manipular para componer infinitas piezas vocales e instrumentales novedosas siguiendo unas pocas reglas combinatorias simples. Una década antes, en su Magneticum Naturae Regnum [7], había propuesto que el magnetismo era el principio oculto que explicaba no sólo la atracción entre metales, sino también el movimiento de los planetas, las mareas y la simpatía entre los seres vivos.

El nombre de dicho sacerdote no será conocido para la mayoría de lectores, pero su influencia en la Europa del siglo XVII rivalizaba con la de papas y monarcas: Athanasius Kircher (1602–1680), «el último hombre que lo supo todo» [2, 4]. Kircher nació en Geisa, una pequeña localidad del Sacro Imperio Romano Germánico, en el seno de una familia piadosa de clase media. El menor de nueve hermanos, entró en la Compañía de Jesús en 1618. Los jesuitas eran la vanguardia intelectual de la Contrarreforma [12], con misiones en China, Japón, la India y las Américas, todas enviando regularmente a Roma muestras, cartas, observaciones y curiosidades. Cuando fue destinado al Colegio Romano en 1638, Kircher supo posicionarse como el destinatario privilegiado de todo ese flujo. Llegaban a su despacho fósiles de Alemania, semillas del Brasil, inscripciones copiadas de templos egipcios, descripciones de fenómenos sísmicos, partituras de música china.

Autor prolífico, su Oedipus Aegyptiacus [8], un tratado monumental en cuatro volúmenes, pretendía descifrar por fin los jeroglíficos egipcios. Lo hizo, pero de manera casi completamente errónea. Su Mundus Subterraneus [9] describía con detalle el sistema de fuegos y aguas que, según él, animaba las entrañas del planeta. Si bien contenía observaciones geológicas de genuino interés, las ahogaba en una cosmología que la ciencia de su tiempo ya empezaba a cuestionar. Su China Illustrata [10] ofrecía la primera visión sistemática de aquella civilización al lector europeo, mezclando datos reales con interpretaciones que respondían más a sus propias obsesiones que a lo que sus fuentes jesuitas le describían. En cada obra, el mismo patrón: datos abundantes, método aparente, conclusiones que reflejaban más las suposiciones a priori de Kircher que la realidad observada.

Para él, el mundo visible era un texto cifrado que ocultaba una sabiduría primera —la prisca sapientia— cuya recuperación permitiría ver de una sola vez el tejido completo de la realidad [13]. En cualquier problema que abordara, Kircher buscaba los engranajes secretos de ese mecanismo en todas partes a la vez. Y esa voracidad era también su punto ciego: nunca encontró un fenómeno que no pudiera incorporar a su sistema. La falta de fallas en un sistema no suele ser un indicador de su fortaleza, sino de la incapacidad de sus creadores por aceptar sus límites.

El Museo Kircheriano, instalado en el propio Colegio Romano, se convirtió en destino obligado para reyes, cardenales y filósofos de toda Europa. Kircher explicaba cada objeto con una autoridad que no admitía objeciones, y los objetos eran ciertamente extraordinarios: autómatas, instrumentos acústicos, muestras geológicas, artefactos traídos de tres continentes. Nadie, en aquel contexto, tenía los medios ni quizás el deseo de contradecirle: para cuestionar el Oedipus Aegyptiacus [8] había que haber leído sus cuatro volúmenes, dominar el copto y el árabe, y estar dispuesto a enfrentarse a la autoridad de quien había dedicado décadas a esa tarea. El ecosistema que Kircher había construido no era solo una red de conocimiento: era una cámara de resonancia perfectamente construida, donde cada nueva obra confirmaba las anteriores, donde cada nuevo mecenas reforzaba la autoridad del conjunto, y donde la crítica llegaba siempre demasiado tarde y desde demasiado lejos para causar daño. Durante décadas, el mundo que le rodeaba no hizo más que darle la razón.

Las grandes compañías de inteligencia artificial de nuestros días han construido, con una eficiencia que Kircher hubiera envidiado, ecosistemas extraordinariamente similares al suyo. Merece la pena detenerse en cuatro mecanismos que definieron la grandeza y la ruina intelectual del jesuita, porque parecen reaparecer hoy con una fidelidad que debería inquietarnos:

Athanasius Kircher falleció en 1680 convencido de haber comprendido el mundo.

Vanidad. La admiración de quienes visitaban su museo particular convenció a Kircher de que la capacidad de asombrar equivalía a rigor. Las grandes compañías de IA operan exactamente bajo esa misma lógica. Sus demostraciones públicas, ya sea el lanzamiento de un nuevo producto, o una campaña viral mostrando cómo un modelo resuelve exámenes de medicina o genera código en segundos, están diseñadas para producir asombro, no para invitar al escrutinio. El visitante del Museo Kircheriano rara vez tenía las herramientas para distinguir entre lo que Kircher comprendía y lo que simplemente había acumulado; el usuario de hoy rara vez tiene las herramientas para distinguir entre lo que un modelo comprende y lo que reproduce con fluidez estadística.

Acceso al poder. El apoyo de la jerarquía eclesiástica (cardenales, nuncios, el propio papa Alejandro VII) convenció a Kircher de que estar en el centro del poder equivalía a estar en el centro de la verdad. Ningún mecenas que le financiara iba a tener interés en cuestionarle públicamente; hacerlo hubiera sido cuestionar su propio juicio al haberle elegido. De manera análoga, las grandes empresas de IA disponen de mecenas poderosos —fondos de inversión que han comprometido miles de millones de dólares, gobiernos que ven en ellas una cuestión de seguridad nacional, organismos internacionales que las consultan como oráculo— cuya admiración funciona como escudo frente a la crítica.

Distanciamiento con la realidad. El acceso privilegiado a la información convenció a Kircher de que la cantidad de información equivalía a comprensión. Su red jesuita le proporcionaba (en apariencia) más datos sobre el mundo que a ningún otro hombre de su época, y esa abundancia se convirtió en una trampa: cuanto más pensaba que sabía, más difícil le resultaba reconocer lo que no entendía. Las redes globales de captación de datos que alimentan hoy los grandes modelos de lenguaje son incomparablemente más vastas que cualquier red jesuita, y fluyen hacia centros de procesamiento donde unos pocos deciden qué importa y qué no, con qué se entrenan los modelos y qué se descarta [5].

La carrera como sustituto de la verdad. Sus rivales intelectuales (de los que nunca estuvo falto en vida) carecían de la plataforma necesaria para hacerse oír [2]. La competencia entre estas empresas reproduce también, con fidelidad inquietante, la dinámica que Kircher sostenía con sus rivales intelectuales: más interesada en demostrar superioridad que en construir comprensión colectiva. OpenAI anuncia un modelo. Google responde al día siguiente. Anthropic publica un artículo técnico afirmando que el suyo razona mejor. Meta abre el suyo al público para ganar simpatías. Ninguno de ellos colabora de manera sustantiva con los demás, del mismo modo en que Kircher nunca cedió terreno intelectual a quien pudiera cuestionarle. La carrera no es hacia la verdad. Es hacia la primacía.

Athanasius Kircher falleció en 1680 convencido de haber comprendido el mundo. Y, sin embargo, inmediatamente tras su muerte el mundo prácticamente lo olvidó, considerando toda su obra vacua. La pregunta que merece hacerse ahora no es si las grandes compañías de IA correrán la misma suerte. La pregunta es cuánto daño habrá hecho la cámara de resonancia antes de que alguien se moleste en apagarla [14].

 

Referencias

[1]: Kircher, A. (1669). Ars magna sciendi sive combinatoria. Janssonius à Waesberge.

[2]: Findlen, P. (Ed.). (2004). Athanasius Kircher: The last man who knew everything. Routledge.

[3]: Kircher, A. (1650). Musurgia universalis sive ars magna consoni et dissoni. Corbelletti.

[4]: Godwin, J. (1979). Athanasius Kircher: A renaissance man and the quest for lost knowledge. Thames and Hudson.

[5]: Hao, K. (2025). Empire of AI: Dreams and nightmares in Sam Altman’s OpenAI. Penguin Press.

[6]: Kircher, A. (1673). Phonurgia nova sive conjugium mechanico-physicum artis et naturae. Rudolph Dreherr.

[7]: Kircher, A. (1667). Magneticum naturae regnum sive disceptatio physiologica. Ignatius de Lazaris.

[8]: Kircher, A. (1652–1654). Oedipus Aegyptiacus. Vitalis Mascardi.

[9]: Kircher, A. (1665). Mundus subterraneus. Janssonius à Waesberge.

[10]: Kircher, A. (1667). China illustrata. Jacob van Meurs.

[11]: Kircher, A. (1656). Iter extaticum coeleste. Vitalis Mascardi.

[12]: O’Malley, J. W. (1993). The First Jesuits. Harvard University Press.

[13]: Yates, F. A. (1964). Giordano Bruno and the Hermetic Tradition. University of Chicago Press.

[14]: Emily M. Bender, Timnit Gebru, Angelina McMillan-Major, and Shmargaret Shmitchell. 2021. On the Dangers of Stochastic Parrots: Can Language Models Be Too Big? 🦜. In Proceedings of the 2021 ACM Conference on Fairness, Accountability, and Transparency (FAccT ’21). Association for Computing Machinery, New York, NY, USA, 610–623. https://doi.org/10.1145/3442188.3445922

 

Ricardo Kleinlein

Post-Doctoral Research Fellow. Brigham & Women’s Hospital, Harvard Medical School. Amigo Foro de Foros

Súmate a Foro de Foros

Descubre todos los beneficios de formar parte de Foro de Foros

Educational Pitch de Foro de Foros

Nuestro principal objetivo es dotar de conocimiento a la sociedad civil siendo puente para el diálogo

¿Quieres aportar a nuestra continua #Conversación?

¡Comparte tu reflexión en Ágora!

Ágora es el espacio de Foro de Foros para compartir, dialogar, aprender y dar continuidad a las conversaciones de FdF. Su objetivo es servir de altavoz a las ideas de los miembros de FdF, donde personas como tú pueden expresar sus inquietudes, ideas y reflexiones.  

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Alguna pregunta?

Para más información sobre lo que hacemos, ponte en contacto con nosotros.

¡Gracias!

Sin la colaboración de todos ellos, Foro de Foros no sería posible.

Próxima actividad:

Beers & Movies

25 de junio

Cines Verdi

Días
Horas
Minutos