La distancia entre dos vidas

Álvaro Guerrero Plasencia

20 de octubre, 2026

La distancia entre dos vidas

Las zonas financieras de las grandes ciudades empiezan a funcionar antes de que amanezca. Llegan los primeros trabajadores, abren las cafeterías, afloran los repartidores y, poco a poco, comienza ese tan característico bullicio que no desaparece hasta bien entrada la tarde.

Poco antes de las ocho de la mañana, un hombre gritaba “policía, policía” mientras otro, todavía tumbado, le pedía silencio. A pocos metros, alguien utilizaba el agua de una botella de plástico para lavarse la cara. A su lado, otra persona recogía el colchón sobre el que había pasado la noche. Mientras tanto, empezaban a cruzarse mochileros trajeados, café y teléfono en mano, caminando a paso ligero para dar pronta respuesta a los primeros correos del día.

Dos mundos separados por apenas unos metros.

Las grandes ciudades son lugares de vida frenética y fuertes contrastes. Lo llamativo es que esas diferencias comparten la misma acera. Caminamos deprisa, pendientes de una pantalla y con los cascos puestos, instalados en una burbuja suficientemente aislada como para que determinadas realidades solo existan cuando, por alguna razón, levantamos la cabeza.

Hay personas que pasan inadvertidas precisamente porque las vemos constantemente; la normalización funciona como una fina lluvia que acaba calando en donde lo excepcional se transforma en habitual. Quizá esta sea una de las formas más extrañas de invisibilidad: estar ahí delante, pero al mismo tiempo no existir para casi nadie.

Basta con acercarse a determinados supermercados después del cierre para comprobar hasta qué punto abundancia y escasez se relacionan. Mientras unos descartan alimentos que han perdido valor comercial, otros esperan aprovecharlos. Damos además por hecho que al día siguiente nos despertaremos con salud, podremos comer o tendremos certeza de que dormiremos bajo un techo, sin pararnos a pensar que todo aquello puede cambiar en algún momento.

En este contexto, no dejamos de ver en los medios de comunicación como se hacen promesas de acogimiento irreales sin haber valorado que capacidad efectiva tenemos de gestionar estas situaciones de desamparo. Prometer una oportunidad a sabiendas de que no se dispone de los medios necesarios para hacerla posible termina trasladando la vulnerabilidad de un lugar a otro. Disfrazar de buenas intenciones intereses que trascienden la desigualdad es de una enorme irresponsabilidad. Quizá antes de difundir este tipo de consignas convenga observar con atención aquello que ya tenemos delante y preguntarnos por qué determinadas situaciones siguen cronificándose. No porque quienes ya están aquí merezcan más que quienes puedan llegar (aunque esto da para debatir), sino porque cualquier política que aspire a ayudar de verdad necesita conocer primero sus propios límites.

Lo inquietante es que no hace falta recorrer las zonas más humildes de una ciudad para dar con estos contrastes, basta con alzar la mirada.

Álvaro Guerrero Plasencia

Senior Manager | M&A – Energy & Utilities – EY – Parthenon

Amigo Joven – FORO DE FOROS

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