Ricardo Kleinlein
7 de abril, 2026
Sobre el ingeniero de prompts como artista
Puede que sea un mallorquín quien nos explique por qué los Grandes Modelos de Lenguaje como ChatGPT o Claude no traerán la Superinteligencia. Murió hace más de 700 años y su nombre fue Ramón Llul.
Yann LeCun (Soisy-sous-Montmorency, Francia, 1960) es una de las figuras más destacadas de las últimas décadas en el ámbito de la Inteligencia Artificial (IA), formando parte de la tríada de “padrinos” de la IA junto a Yoshua Bengio y al Nobel Geoffrey Hinton. Durante los últimos doce años Lecun ha dedicado la mayor parte de su tiempo a construir los laboratorios de IA de Meta, posicionando a la empresa de Zuckerberg como una de las cinco compañías con mayor presencia en las principales conferencias sobre IA, junto con Google, Apple o Microsoft. Sin embargo, LeCun siempre ha sido muy crítico con los grandes modelos de lenguaje (LLM por sus siglas en inglés), posicionándose fuertemente en contra de ellos como el camino a seguir si queremos crear auténticas inteligencias.
El despliegue ante el gran público de ChatGPT en 2022 supuso un terremoto que cambió el mundo, eso nadie puede ponerlo en duda. Dicho seísmo ha traído consigo in embargo un tsunami de expectativas, y todo lo que no sea anunciar que el siguiente modelo de IA puede reemplazar sectores profesionales enteros sabe a fracaso en los mercados. Es esta dinámica la que explica por qué hace unos pocos días el CEO de Anthropic (la empresa detrás de Claude, el principal competidor de ChatGPT) declaró que sus propios ingenieros no estaban seguros de si sus sistemas eran conscientes. Esta afirmación, lanzada desde el palco que proporciona liderar una empresa valorada en decenas de miles de millones de dólares, no es una reflexión inocente; forma parte de una campaña de comunicación perfectamente orquestada. De forma similar, Jack Dorsey (ex-CEO de Twitter), despidió a cuatro mil trabajadores de su empresa debido, según sus palabras, a que «la IA podía reemplazar a esos trabajadores de manera más eficiente». Novia en toda boda y muerto en todo funeral, Elon Musk afirmaba hace no mucho que estudiar medicina en 2026 era inútil… Y la lista podría continuar, pues como bien señala la periodista Karen Hao en su libro Empire of AI, estamos ante una corriente que ha adoptado los modos de la fe: promesas de transformación total, fe en la revelación inminente, y tolerancia nula para quien se oponga al dogma [1]. Por suerte para nosotros, formamos parte de una civilización longeva, y así es que quizás mirar al Mediterráneo del siglo XIII pueda ayudarnos a navegar estas aguas turbulentas.
Año 1228, en la ciudad de Tarragona. Un hombre llamado Pere Martell (s. XIII) perteneciente a la aún incipiente pero ya influyente burguesía catalana logra convencer al monarca Jaume I de Aragón (1208 — 1276) de la necesidad de tomar las Baleares de manos almohades [2]. Éstos suponen un enemigo fuertemente debilitado tras su derrota en la batalla de las Navas de Tolosa, y su proximidad con respecto al territorio peninsular supone una oportunidad única de asegurarse una posición privilegiada en el Mare Nostrum y competir así por el comercio marítimo mediterráneo, monopolizado casi en exclusiva por las plazas italianas de Génova y Venecia. El control de las rutas del Mediterráneo occidental, y en concreto de Mallorca, era una pieza clave del tablero geopolítico de la época: quien controlara la isla controlaba buena parte del tráfico marítimo entre la península ibérica, el norte de África y el Levante. Como casus belli, además, si bien el tiempo de las grandes Cruzadas había terminado (la quinta y última gran Cruzada culminaría en 1221 mostrando claramente el límite de lo conquistable por las armas), aún se podía revestir la empresa de un barniz de guerra cristiana contra los infieles, impidiendo de ese modo a otros reinos cristianos interferir para sabotear los planes del rey aragonés.
No, su camino sería demostrar mediante argumentos lógicos irrebatibles la Verdad revelada en la fe cristiana.
Alrededor de 1232, con la isla recién pacificada, nace entre la nobleza local nuestro hombre, Ramón Llull (c. 1232 — c. 1316). Durante gran parte de su vida, Llull fue un cortesano en todo normal: trovador, viajero, con mujer e hijos y las ambiciones razonables de alguien que ha nacido en el lugar adecuado y sin problemas económicos. Sin embargo, como él mismo relata en su obra La Vita Coetanea, al poco de cumplir la treintena vivió repetidas apariciones del Cristo crucificado, con una insistencia tal que no pudo sino interpretarlo como un mandato divino. Abandonó su vida anterior, estudió árabe con devoción, y dedicó el resto de su vida a buscar la victoria última de la fe cristiana. No mediante las armas, ni mediante el dinero. A fin de cuentas, no conocía ninguna de esas disciplinas, ni había visto en ellas una forma estable de victoria sobre los sarracenos. No, su camino sería demostrar mediante argumentos lógicos irrebatibles la Verdad revelada en la fe cristiana.
Como él mismo admite en sus escritos [3], una sola persona difícilmente abarcará todos los posibles caminos de la lógica para llegar a las verdades últimas sin falla. Para eso era necesario un ingenio mecánico que ofreciera a quien lo usara (Llull lo denominaría artista, ya que tomaría un rol activo en su uso) todas las combinaciones de argumentos y respuestas necesarios para convencer al más escéptico adversario. Para ese propósito extraordinario construyó una herramienta igualmente extraordinaria: el Ars Magna, o simplemente el Arte.
El Arte no es un libro como tal, sino un sistema, una máquina de pensar. Aunque su primera formulación data de hacia 1274, Llull no dejó de trabajar en él hasta poco antes de su muerte. La arquitectura del sistema descansa sobre tres pilares. El primero son los términos: un conjunto reducido de conceptos fundamentales, como bondad, grandeza, eternidad, diferencia o concordancia, que Llull considera los principios constitutivos de toda la realidad. El segundo son las figuras: dispositivos gráficos que representan las relaciones posibles entre esos conceptos, desde diagramas circulares hasta matrices de combinaciones. El tercero es el alfabeto: un sistema de letras que funciona como notación abreviada, permitiendo al artista manipular los principios con una eficiencia imposible en el lenguaje ordinario. El mecanismo que ideó era simple: tres discos concéntricos de pergamino, uno fijo y dos móviles, que al girar generan todas las combinaciones posibles de los nueve principios del Arte. Llull lo concibió siempre como un método inventivo para encontrar razones; demostrativo para probarlas; compendioso porque un número finito de principios genera una variedad ilimitada de argumentos; y general porque puede aplicarse a cualquier dominio del conocimiento. No funcionó, claro. Llull murió alrededor del año 1316, sin que los musulmanes y los judíos a quienes iba dirigido se convirtieran en masa.
Pero quizás podamos hacer que su esfuerzo no sea en vano. Verán, las IA como ChatGPT o Claude se suelen presentar como sistemas de caja negra, esto es, que toman decisiones y generan respuestas sin que los humanos podamos el hilo exacto de su razonamiento. Sin embargo, su diseño realmente no difiere tanto del Arte de Llull: estos sistemas emplean listas fijas y cerradas de términos, que en la actualidad oscilan alrededor de las 65.000 palabras, que se transforman en unidades mínimas de procesamiento llamadas tokens. Esos tokens son procesados por cadenas gigantescas de matrices numéricas —los llamados parámetros, del orden de miles de millones— que codifican las relaciones entre ellos. La mayor diferencia es que Llull diseñó manualmente la combinatoria, y nosotros confiamos en patrones estadísticos extraídos de colecciones enormes de texto procedentes de Internet. Con el sistema de Llull, tan solo podían explorarse un par de cientos de «pensamientos». Con los modelos actuales, el abanico se extiende a un número muchas veces mayor que el número de átomos en el universo. En otras palabras, la combinatoria que subyace a la mera recombinación de los términos con que estos modelos trabajan hace que cualquier idea que tengamos pueda verse reflejada en nuestra conversación con una IA. El artista de Llull, la mente activa guiando la generación de argumentos teológicos, es ahora reemplazada por el rol de prompt engineer.
Los humanos nos asombramos con relativa facilidad, y nuestros sesgos cognitivos, alimentados por campañas extremadamente agresivas de comunicación dirigidas a fomentar una cierta visión cuasireligiosa con respecto a la IA, nos empujan a antropomorfizar aquello que se nos parece. Cuando un sistema responde con fluidez, inferimos comprensión. Cuando encadena argumentos coherentes, inferimos razonamiento. Pero la fluidez y la coherencia son propiedades estadísticas, no necesariamente propiedades de una mente sintiente. LeCun lo sabe, y por eso ha abandonado Meta para construir algo diferente en París: sistemas que no predigan la siguiente palabra, sino que comprendan el mundo que hay detrás de ella. Dorsey, Musk y Amodei anuncian revoluciones. LeCun, más discretamente, admite que el problema sin resolver es el mismo que dejó Llull sobre la mesa hace setecientos años: una máquina puede recorrer exhaustivamente el espacio de lo pensable, pero eso no significa que piense.
Referencias
[1]: Hao, K. (2025). Empire of AI: Dreams and nightmares in Sam Altman’s OpenAI. Penguin Press.
[2]: Jaume I d’Aragó. (1991). Llibre dels fets del rei en Jaume (J. Bruguera, Ed., 2 vols.). Institut d’Estudis Catalans. (Obra original del siglo XIII).
[3]: Bonner, A. (2007). The art and logic of Ramon Llull: A user’s guide. Brill.
Ricardo Kleinlein
Post-Doctoral Research Fellow. Brigham & Women’s Hospital, Harvard Medical School. Amigo Foro de Foros
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