Sobre las paradojas (II)
Lógica, pérdida e inconformismo fueron las comadronas de lo que hoy llamamos Inteligencia Artificial —y también, quizá, las que mejor definen la vida de un héroe trágico: Alan Mathison Turing.
Hicieron una tumba para ti, ¡oh sagrado y alto!
¡Los cretenses, siempre mentirosos, bestias malvadas, vientres ociosos!
Pero tú no estás muerto: vives y permaneces por siempre,
Porque en ti vivimos y nos movemos y tenemos nuestro ser.
Epiménides, Cretica (probablemente cerca del siglo VI a.C.)
Ricardo Kleinlein
Junio 3, 2025
La ironía de la búsqueda humana del conocimiento quizás reside en que, muy a menudo, el mismo procede de allí donde menos lo esperamos. Y no deja de ser al mismo tiempo poético que, aunque durante siglos se preció al intelecto humano como a un mecanismo perfectamente racional y lógico, fuera a partir de paradojas como la expresada en el poema anterior (escrito por un cretense que afirma que los cretenses siempre mienten) que los esfuerzos por replicar la inteligencia humana comenzaron realmente a dar frutos. Completamos nuestro recorrido por la relación entre las paradojas y la Inteligencia Artificial con la vista puesta en un hombre: Alan Mathison Turing (1912 — 1954).
Un niño curioso, callado, desafiante… Y brillante
Alan M. Turing nació en el seno de una familia británica cuyos orígenes se situaban entre la nobleza venida a menos y las clases comerciales del Imperio británico [1]. Sus antepasados, aunque pertenecientes a la clase de los «gentlemen», no eran terratenientes estables, sino individuos que buscaron prosperar mediante el servicio al imperio en diversas formas: como comerciantes, soldados, clérigos o ingenieros. Su linaje se remontaba al siglo XIV en Escocia y aunque se preciaba de contar con algún título nobiliario, la familia sólo recuperó algo de notoriedad cuando un antepasado hizo fortuna en la India en 1792. El padre de Alan se labró una carrera distinguida en la administración colonial británica en la India. Fue un hombre culto, discreto y orgulloso, que ascendió mediante exámenes competitivos en el exigente Indian Civil Service y pasó años trabajando en el sur de la India como funcionario. La madre de Alan, Ethel Sara Stoney, también provenía de una familia profundamente ligada al Imperio. Ambos se conocieron durante un viaje de regreso a Inglaterra en 1907. Su relación se consolidó rápidamente y se casaron ese mismo año en Dublín, aunque no tardaron en desplazarse de nuevo a la India, donde Julius sería destinado gran parte de su vida.
Fue de hecho en Chatrapur, en otoño de 1911, cuando fue concebido Alan Turing, si bien sus padres consideraron más prudente dar a luz a su hijo en el viejo continente. Alan nacería el 23 de Junio de 1912. Posiblemente movidos por el deseo de seguridad para su retoño, Alan creció en una familia de acogida en Inglaterra, por lo que apenas conoció a sus padres, quienes regresaron al subcontinente asiático. Toda su infancia estuvo marcada por las rígidas tradiciones imperiales, la estricta moral victoriana, aspiraciones intelectuales frustradas y un fuerte sentido del deber. Algo que no encajaba con la personalidad más alegre y disparatada que el joven Alan mostraba. De hecho, no fue hasta ser adulto que tendría su primer osito de peluche. Desde niño, mostraría una notable independencia de pensamiento, un escepticismo natural ante las figuras de autoridad, y un humor socarrón que en más de una ocasión lo enfrentó con sus educadores [2].
Posiblemente dentro del espectro autista [3], la caligrafía de Alan era desastrosa, su andar torpe, y carecía de habilidades sociales. No obstante, a los dieciséis años ya había leído y comprendido, o eso se desprende a partir de algunas de sus propias anotaciones marginales, la teoría de la relatividad de Einstein. En 1926 ingresó en la prestigiosa Sherborne School, donde trabó una relación profunda e íntima con un compañero, Christopher Morcom (1911 — 1930), quien representó para Turing no sólo su primer amor, sino también una especie de ideal intelectual. Morcom murió repentinamente en 1930 por la tuberculosis, un acontecimiento que marcaría a Turing de forma indeleble para el resto de su vida. En cartas posteriores a la madre de Christopher, Turing confesaba sin ambages la “gran reverencia” que sentía por su amigo. Más aún, afirmaba sentir que el espíritu de Christopher permanecía con él, ayudándolo en sus pensamientos. Esta forma de racionalizar el duelo podría haber sido el germen de su interés por reproducir una mente en soportes mecánicos, buscando construir una «mente» donde aún habitara su amigo ausente.
¿Existe un proceso (hoy diríamos algoritmo) capaz de determinar si un enunciado se sigue directamente de los enunciados básicos (axiomas) existentes?
El sueño de un lenguaje infalible
Recordemos que, a comienzos del siglo XX, el matemático alemán David Hilbert expuso ante la comunidad científica una ambición extraordinaria: dotar a las matemáticas de una base absolutamente firme, libre de cualquier falla lógica. En el Congreso Internacional de Matemáticos celebrado en París en 1900, presentó una lista de veintitrés problemas fundamentales cuya resolución, a sus ojos, guiaría el rumbo de las matemáticas durante el nuevo siglo. Razón no le faltaba, aunque no como él imaginaba. Tres de estos problemas destacaban por su alcance filosófico:
- Es la matemática completa, y, por tanto, ¿existe una manera de probar todo enunciado que sea verdadero?
- Es la matemática consistente, y, ¿por tanto, libre de contradicciones?
- ¿Existe un proceso (hoy diríamos algoritmo) capaz de determinar si un enunciado se sigue directamente de los enunciados básicos (axiomas) existentes?
Pero como vimos, en 1931 Kurt Gödel, con sus teoremas sobre incompletitud, demostró que ningún sistema formal lo suficientemente expresivo para albergar la aritmética podía ser simultáneamente completo y consistente. Existían verdades matemáticas indemostrables, y todo sistema que aspirase a la completitud debía, por fuerza, renunciar a garantizar su propia consistencia. Las dos primeras aspiraciones de Hilbert quedaban así descartadas de forma irremediable. Turing haría caer la tercera, conocida por el muy atractivo nombre de Entscheidungsproblem.
Máquina que (casi) piensan
Turing prosiguió su formación académica en el King’s College de Cambridge, tras haber obtenido una beca gracias a sus destacadas aptitudes matemáticas. Poco después, sabemos por su correspondencia con su madre que fue aceptado como miembro de la Cambridge Philosophical Society, una institución que, habiendo sido fundada en 1819, había contado entre sus filas con figuras tan notables como Charles Babbage, Niels Bohr, George Boole y Charles Darwin, entre otros. Para Turing, significaba no sólo un reconocimiento, sino también el acceso a una de las mejores bibliotecas científicas del país, que comenzó a frecuentar con asiduidad [4].
Fue en ese ambiente de estímulo intelectual donde empezó a madurar una inquietud profunda por los fundamentos de las matemáticas. Bajo la influencia del filósofo Richard Braithwaite y el lógico Max Newman, Turing se volcó en el estudio de la lógica formal y los problemas aún abiertos que había dejado al descubierto la obra de Kurt Gödel pocos años antes. Pronto, con apenas veintitrés años, Turing presentaría un trabajo revolucionario titulado On Computable Numbers, with an Application to the Entscheidungsproblem. En él formuló lo que más adelante se conocería como el problema de la detención, o Halting Problem, y propuso un modelo mental completamente nuevo para formalizar el concepto de cálculo mecánico: la máquina de Turing.
¿Pero qué es una máquina de Turing? Imaginemos una cinta infinita dividida en celdas, como un papel cuadriculado interminable, y un cabezal que se mueve sobre ella, leyendo y escribiendo símbolos de acuerdo con una serie de instrucciones. Esa cinta es la memoria, y el cabezal, junto con su conjunto de reglas, actúa como el cerebro del sistema. Aunque suena simple, este modelo abstracto tiene un poder inmenso: puede simular cualquier procedimiento computacional, cualquier algoritmo, cualquier programa. De hecho, todo ordenador moderno es, en esencia, una implementación práctica de esa idea. Incluso al escribir estas líneas, o al leerlas usted. Lo que Turing había concebido como una idea abstracta se convirtió, con el tiempo, en la piedra fundacional de la informática.
El enigma de saber si sabremos
Pero Turing amaba los desafíos (no sólo intelectuales, corrió varias maratones de forma competitiva durante su vida), de modo que el siguiente paso razonable en su discurrir acerca de los sistemas lógicos consistiría en llevar su modelo abstracto al límite: dado cualquier programa de ordenador y una entrada concreta, ¿era posible saber, de antemano y con total certeza, si ese programa terminaría alguna vez o se estaría ejecutándose por siempre jamás?
Supongamos, dijo, que existe una máquina o programa H capaz de analizar cualquier programa P y decirnos con seguridad si P se detendrá o no. Imaginemos también un nuevo programa, al que llamaremos D, que utiliza a H como subrutina. Es decir, usar H como procedimiento a ejecutar durante el propio desarrollo de D. Este programa D toma como entrada otro programa cualquiera, lo analiza usando H, y luego hace exactamente lo contrario de lo que H predice. Si H dice que el programa se detendrá, entonces D entra en un bucle infinito. Si H dice que el programa no se detendrá, entonces D se detiene de inmediato. Pero ¡ah! ¡Es en este punto que nos encontramos de nuevo con Epiménides y las paradojas! Porque, ¿qué pasaría si ejecutáramos D sobre sí mismo? Es decir, si H y D fueran la misma máquina. ¿Debería éste detenerse o no detenerse? Si H dice que sí, entonces D, por diseño, no se detiene. Si H dice que no, entonces D se detiene. En ambos casos, llegamos a una contradicción. En lenguaje matemático, D sólo se detendría si, y sólo si, D no se detiene.
En resumen, no existe ningún procedimiento (y la palabra clave aquí es universal, ya que los matemáticos gustan de trabajar con proposiciones siempre válidas, generales de forma absoluta) capaz de decidir, en todos los casos, si un programa terminará. El problema de la detención es, por tanto, indecidible. La ambición de Hilbert, Russell, Whitehead y tantos otros por una matemática perfecta, capaz de expresar cualquier fenómeno natural con absoluta definición se desvanecía.
Es cierto, ese sueño moría. Pero Turing no solo mostró lo que no podía alcanzarse: también definió con notable precisión qué significa computar, qué puede y no puede hacer una máquina. La paradoja se convirtió en cimiento. En cierto sentido, al señalar el abismo, nos mostró el camino. No era la primera vez que alguien soñaba con ello. Gottfried Wilhelm Leibniz, en el siglo XVII, había imaginado un lenguaje lógico universal, un calculus ratiocinator, con el que cualquier disputa racional pudiera resolverse como si se tratara de una suma [5]. Pero fue Turing quien primero se daría cuenta que lo que se atisbaba en el horizonte ya no era simplemente matemática: era la posibilidad de construir razonamientos en base a reglas y símbolos, de encontrar procesos de cálculo para responder preguntas generales de forma automática, de… De una Inteligencia Artificial.
Referencias
[1]: Hodges, Andrew. Alan Turing: The Enigma. Princeton University Press, 2014.
[2]: Cawthorne, Nigel (2014). Alan Turing : the enigma man. London: Arcturus Publishing. p. 18. ISBN 978-1-78404-535-7.
[3]: O’Connell H, Fitzgerald M. Did Alan Turing have Asperger’s syndrome? Irish Journal of Psychological Medicine. 2003;20(1):28-31. doi:10.1017/S0790966700007503
[4]: Copeland, B.J., Fan, Z. Did Turing Stand on Gödel’s Shoulders?. Math Intelligencer 44, 308–319 (2022). https://doi.org/10.1007/s00283-022-10177-y
[5]: Peckhaus, V. (2004). Calculus ratiocinator versus characteristica universalis? The two traditions in logic, revisited. History and Philosophy of Logic, 25(1), 3–14. https://doi.org/10.1080/01445340310001609315
Ricardo Kleinlein
Post-Doctoral Research Fellow. Brigham & Women’s Hospital, Harvard Medical School. Amigo Foro de Foros
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