Sobre imitaciones e inteligencia
Entre autómatas, matemáticos brillantes y estrategias de márketing académico, la inteligencia artificial nació con más dudas que certezas. ¿Qué significa realmente que una máquina piense?
Ricardo Kleinlein
23 de Septiembre, 2025
Una máquina para dominarlas a todas
Habíamos dejado en suspenso nuestro camino al toparnos con los trabajos monumentales de Alan Turing (1912 — 1954) y de Kurt Gödel (1906 — 1978). Si bien mediante sendas diferentes, ambos mostraron que la lógica y la aritmética, entendidas como un sistema de símbolos y reglas operativas capaces de engendrar nuevos teoremas, tenían límites inevitables y precisos. Los teoremas de incompletitud de Gödel nos dicen que todo sistema formal se enfrenta a una disyuntiva insalvable: ser completo (toda proposición verdadera puede demostrarse) a costa de ser inconsistente (libre de contradicciones internas), o ser consistente pero incompleto. Apenas un lustro más tarde, Turing dio la estocada final al demostrar que existían proposiciones inverificables, esto es, problemas para los cuales, incluso conociendo una solución, no podemos demostrar su validez. El trabajo de ambos se encontraba en las antípodas de buscar una aplicación práctica. Pero llegó la guerra, y muchos, entre ellos Turing, pudieron comprobar cómo los límites de la computación (como empezaba a denominarse a este campo del conocimiento), si bien inevitables, quedaban en realidad muy lejos de las capacidades humanas, y que, por tanto, la computación podía resultar en herramientas formidables. A fin de cuentas, eran plenamente conscientes de que la derrota del régimen nazi había sido causada en gran medida gracias a dichas herramientas.
Si una máquina opera con símbolos y reglas, entonces, ¿no podrían reorganizarse de múltiples formas para generar distintas secuencias de instrucciones? Al contrario que las herramientas tradicionales (como un arado, una sartén o una máquina de escribir), una máquina de símbolos sería capaz de abordar diferentes tareas, respondiendo así a las necesidades del usuario en cada momento. Bastaría con reprogramar sus instrucciones. Así, Turing imaginó un modelo abstracto de máquina universal: Una cinta infinita dividida en casillas hacía las veces de memoria; un cabezal lector-escritor actuaba sobre ella; un conjunto de reglas dictaba los pasos a seguir. Con esa mínima dotación, Turing demostró que cualquier procedimiento de cálculo podía simularse. Siempre que dispusiéramos de una cinta infinita, claro.
Es en este momento cuando entra en escena una de las figuras más fascinantes del siglo XX, un talento comparable al de Leonardo da Vinci o Isaac Newton: el polímata húngaro Neumann János Lajos (1903–1957). Nació en Budapest en una familia judía de banqueros con más que holgados recursos, y desde niño recibió una educación excepcional. Dotado además de unas excelentes aptitudes matemáticas con una memoria prodigiosa, podía recitar libros completos en varios idiomas o reproducir, palabra por palabra, conversaciones ocurridas años atrás [1]. A ello unía un ingenio verbal y una sociabilidad fuera de lo común que lo convirtieron en un interlocutor brillante en los círculos científicos y políticos. Al emigrar a Estados Unidos en 1930 adoptó el nombre de John von Neumann, aunque siempre prefirió “Johnny”. Ninguna disciplina le fue ajena: dejó huella en la teoría de juegos, en la física cuántica, en la economía, en la estadística, en la hidrodinámica y, finalmente, en la naciente ciencia de la computación. La primera de sus contribuciones a esta nueva ciencia fue llevar el modelo de máquina universal de Turing a lo tangible. Imaginó una máquina con órganos especializados: una memoria, capaz de guardar tanto datos como instrucciones; y un procesador, encargado de ejecutar esas instrucciones una tras otra. Era un diseño que, en 1945, cristalizó en el célebre First Draft of a Report on the EDVAC, donde se describe con exactitud la arquitectura que esencialmente seguimos empleando hoy en día en nuestros ordenadores, tablets y smartphones [2].
Tan sólo hay un problema: qué significa “ser inteligente”?
Autómata, computadora, o inteligencia?
Probablemente no nos sorprenda que de entre todo el mundo Antiguo, quizás sea en la Grecia arcaica donde encontremos los mejores ejemplos de unas entidades conocidas como autómatas (que significa que “se mueve por sí mismo”). Entidades mitológicas, el Coloso de Rodas, así como las doncellas asistentes en la forja del Dios Hefesto, fueron las primeras manifestaciones de una comprensión del mundo como un sistema mecánico [3]. De la vida, como expresión de reglas fijas e inmutables, accesibles a través del uso de la razón para los sabios. Pero no fueron los únicos, y muchas otras culturas y pueblos desarrollaron sus propias ideas de autómatas, en ocasiones llevándolas a la práctica. Evidentemente, dichos ingenios eran autómatas en el más estricto sentido de la palabra: su única cualidad diferente a la de otras máquinas es que eran capaces de ejecutar ciertos movimientos de forma independiente, sin intervención humana directa. Pero el mundo seguía soñando con un autómata “inteligente”.
Tan sólo hay un problema: qué significa “ser inteligente”? El término inteligencia viene del latín intelligere, y denota la capacidad humana de comprender, discriminar e inferir la mejor opción en la resolución de problemas. No obstante, a lo largo de la historia se ha aplicado tanto a la habilidad para resolver problemas como a la capacidad de adaptación, la creatividad o la conciencia de uno mismo. Existe una complicación adicional a la hora de definir este concepto, y es que somos los únicos seres que conocemos con al menos nuestro grado de inteligencia, sea lo que sea. Incluso si miramos al reino animal, y pese a que hoy en día aceptamos que otros simios son inteligentes, que los delfines poseen formas complejas de comunicación, que ciertas aves emplean herramientas y que incluso los perros o gatos parecen capaces de entendernos de maneras sorprendentes. ¿Significa eso que la inteligencia es un espectro continuo, donde hay más o menos inteligencia, o en cambio se trata de un salto cualitativo que emerge en algún punto de la evolución?
Debido en parte a esta disputa, en los primeros años de las ciencias de la computación el término preferido para referirse a máquinas capaces de realizar tareas en base a símbolos y operaciones era el de autómata. Fue Turing quien comenzó a fantasear con la idea de que quizás un autómata que no se moviera, sino que realizara operaciones lógicas, podía mostrar signos de inteligencia. Por supuesto Turing era plenamente consciente de que los ordenadores, ya en su época, superaban en varios órdenes de magnitud al mejor de los humanos (siempre que excluyamos a Von Neumann) en cuestiones como la memoria o la velocidad de cálculo. Adicto a leer libros de todas las ramas científicas desde su más tierna infancia [4], Turing conocía a pies juntillas uno de los principales pilares del método científico, relativo a la comparación de observaciones. Para que una teoría científica prevalezca sobre otra, es fundamental que las comparemos en igualdad de condiciones, esto es, que ante unas mismas observaciones, una de ellas produzca respuestas más precisas y a la vez generales que la otra. En otras palabras, no podemos comparar la teoría de la evolución darwinista y el creacionismo bíblico intentando explicar cómo una manzana cae del árbol. De este modo, Turing planteó una definición “positivista” de inteligencia: una entidad es inteligente en la medida en que, en igualdad de condiciones, resulte indistinguible de otra a la que ya reconocemos como inteligente. De ahí surgió su célebre Test de Turing (1950) [5]. El experimento mental es sencillo: un juez mantiene una conversación escrita con un interlocutor oculto. Si no puede discernir si habla con un humano o con una máquina, entonces debemos conceder que la máquina ha mostrado inteligencia. La clave está en la imposibilidad de distinguir.
Como vemos, fueron cautos y a la manera de Turing propusieron máquinas que simularan inteligencia, sin arriesgarse a proponer máquinas que la tuvieran
Los cuatro jinetes de la IA
Un joven estudiante de Caltech llamado John McCarthy (1927 — 2011), aún impresionado por las semejanzas entre el cerebro y los primeros ordenadores que escucha en el Hixon Symposium on Cerebral Mechanisms in Behavior de 1948, es invitado por el ilustre Claude Shannon (1916 — 2001) a pasar el verano de 1952 con él en los laboratorio Bell, uno de los centros de referencia de la innovación tecnológica de la época. Shannon se había interesado por los autómatas, escribiendo programas que jugaban al ajedrez de forma autónoma o que simulaban un ratón saliendo de un laberinto, ambas tareas que parecían requerir de cierto procesamiento “inteligente” de la información. Juntos, Shannon y McCarthy fueron editores del volumen 34 de los Anales de Estudios Matemáticos, de título Automata Studies, el cual esperaban que se publicara rápidamente gracias a todos los avances en computación que personalidades tanto desde el mundo académico (como Turing y Von Neumann) como desde el mundo empresarial, ya que ese mismo año Nathaniel Rochester (1919 — 2001) había diseñado el ordenador IBM 701 para esa compañía, indicando el interés creciente en esta tecnología. Sin embargo, el volumen no vería la luz hasta 1956, fruto de la escasez de publicaciones que buscaran explotar más que comportamientos triviales de diversos autómatas [James Moor (2006)].
Desesperado, y mientras estaba de visita en el laboratorio de Rochester, John McCarthy decidió tomar las riendas. Con ayuda de su viejo y prestigioso mentor Shannon, y el joven y ambicioso investigador de Harvard Marvin Minsky (1927 — 2016), juntos enviaron una petición de fondos a la Fundación Rockefeller donde por primera vez se empleaba el término “Inteligencia Artificial” para referirse a esta nueva clase de máquinas, herederas del viejo autómata, capaces de exhibir comportamientos propios de seres inteligentes. La solicitud decía así:
Proponemos que se lleve a cabo un estudio de dos meses y diez personas dedicadas a la inteligencia artificial durante el verano de 1956 en el Dartmouth College en Hanover, New Hampshire […] creemos que todo aspecto del aprendizaje o de cualquier otra característica de la inteligencia puede en principio ser descrita con tal precisión que una máquina puede simularla.
Como vemos, fueron cautos y a la manera de Turing propusieron máquinas que simularan inteligencia, sin arriesgarse a proponer máquinas que la tuvieran. McCarthy mismo reconocía en un escrito de 2006 que la elección del término “Inteligencia Artificial” no había sido más que un truco de márketing para intentar capturar la atención de la Fundación, y de renovar el interés de la comunidad investigadora en buscar no sólo autómatas, sino verdadera inteligencia. El truco surgió efecto, pero para entender bien sus implicaciones, y cómo nos afecta a día de hoy, deberemos saber qué ocurrió en el verano de 1956 en el Congreso de Dartmouth.
Referencias
[1]: Bhattacharya, A. (2022). The man from the future: The visionary life of John von Neumann. W. W. Norton & Company.
[2]: von Neumann, J. (1993). First draft of a report on the EDVAC. IEEE Annals of the History of Computing, 15(4), 27–75.
[3] Mayor, A. (2018). Gods and robots: Myths, machines, and ancient dreams of technology. Princeton University Press.
[4]: Hodges, A. (1983). Alan Turing: The enigma. Simon & Schuster.
[5]: Turing, A. M. (1950). Computing machinery and intelligence. Mind, 59(236), 433–460.
Ricardo Kleinlein
Post-Doctoral Research Fellow. Brigham & Women’s Hospital, Harvard Medical School. Amigo Foro de Foros
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