Las guerras del clima

Foro de foros clima Greta Thunberg

En menos de un año, Greta Thunberg se ha convertido en un fenómeno planetario. Símbolo de una juventud manipulable o icono providencial de la causa verde, según se mire, lo cierto es que ha servido para resucitar el debate sobre el clima… y la batalla cultural entre negacionistas y apocalípticos.

¿Qué ocurre cuando centramos el debate sobre el clima en una adolescente y lo que representa?

Virginie Tournay, jefa de investigación del CNRS-Cevipof francés, subraya que “la recepción del fenómeno de Greta Thunberg, tanto en su fuerza emocional como en su escala, requiere estar atentos a las transformaciones continuas de la vida política”. Según Tournay, se debe preservar la separación de la figura del científico y la del político, y este ha sido uno de los grandes errores.

Si analizamos las críticas que ha recibido Greta, apodadas ya como “Greta bashing” (meterse con Greta), muchas están más ligadas a las guerras culturales que al hecho de que la joven haya cogido el altavoz de los científicos o a rebatir sus argumentos.

Las redes se han llenado de comentarios sobre su origen, su “infancia rota”, sus padres, el trastorno de Asperger que padece, críticas a que haya dejado de ir a la escuela para manifestarse… Algunas declaraciones provenían de políticos que llevan años cuestionando el cambio climático y que apelan a un nicho muy concreto. Por ejemplo, Vox en España. O un sector de la derecha en Francia que se refiere a los ecologistas como “jemeres verdes”. O de los republicanos estadounidenses que se dicen defensores del estilo de vida (y consumo) actuales. Debaten sobre Thunberg desde un ángulo ajeno al medio ambiente y se centran en que es “irritante” o que sostiene “posiciones muy radicales”, sin entrar en rebatir las cifras.

Otros analistas han lamentado ver a una menor sometida a semejante exposición. “Va por ahí diciendo que el mundo se va a acabar, que millones de personas van a morir y que el apocalipsis es inminente. No tiene ninguna base científica y simplemente es utilizada como una bandera política”, opina Carlos Rodríguez Braun en La Razón, que sospecha de que se tome a la adolescente como símbolo porque “ninguna de sus alarmas catastrofistas están justificadas por la ciencia”.

Algunos empresarios han deplorado que Thunberg haya pasado la brocha gorda sin mirar sus esfuerzos. El presidente del grupo LVMH, Bernard Arnault, aseguraba estos días que la adolescente sueca le deprimía con su “catastrofismo” y que su grupo ha reducido sus emisiones de CO2 en un 16 entre 2013 y 2018 sin recibir ayuda ni compensación alguna.

 

Lo radical

El corresponsal para temas de ciencia de The Atlantic, después de conocer a Greta, destacaba su claridad y falta de discurso formateado. Responde a las preguntas que le hacen, no como los autores que están en promoción de un libro y llevan mensajes aprendidos, escribía Robinson Meyer, y no quiere adscribirse a ningún movimiento político como el Sunrise  Movement o apoyar iniciativas como el Green New Deal, sino provocar a la clase política para que escuche a la ciencia.

El politólogo Simon Persico cree que “el problema es que existe una brecha entre los compromisos y la realidad de la transición ecológica en todos los países”, escribe en Le Monde. “181 de los 197 estados que firmaron el acuerdo de París no respeta los compromisos adquiridos. Sus emisiones están disminuyendo muy lentamente, aunque deberían reducirse a la mitad en diez años. Más que las posiciones de Greta Thunberg, son estos compromisos legales, basados ​​en el conocimiento científico, los que son radicales”. Para Persico, lo esencial es que Greta ha repolitizado un problema real, ha puesto de manifiesto que no existe un verdadero consenso ni una hoja de ruta común sobre el cambio climático.

 

 

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