El sistema que nos moldea: ¿cuánto espacio dejamos para reinventarnos?
Liam Engels
Julio 7, 2026
Imaginemos un joven que se cría en un sistema donde tiene que decidir a los dieciocho años qué profesión quiere ejercer por el resto de su vida — así puede empezar a perfilarse con sus estudios universitarios. A este joven quizás le gustaría estudiar historia o literatura. Pero sus padres le advierten: «Si estudias esas materias, te tocará ser maestro de escuela, bibliotecario, o lo mejor, profesor de universidad.» Ah, no… Entonces el joven decide replantear su camino. Quizás me convenga estudiar ingeniería, economía, o administración de empresas. «Bien,» sus padres le dicen: «así, tendrás una mejor salida laboral.»
Pero un par de años después, el joven quizás se da cuenta de que no le gusta su carrera, y decide cambiar de rumbo. ¡No hay problema! El sistema está calibrado para permitir un cierto grado de flexibilidad: lo único que tiene que hacer el joven es empezar de cero. ¿Y qué si pierde unos años? No es el fin del mundo. Hay miles de compañeros que vuelven a empezar de nuevo. Es normal. Así funciona el sistema.
Ahora imaginemos un joven que tiene la oportunidad de irse a estudiar a los Estados Unidos, o al Reino Unido — y lo aceptan en una universidad prestigiosa como Oxford, o Harvard. Allí se inscribe en una carrera de literatura, o historia medieval. Sus padres, asustados, le insisten en cambiarse a ingeniería, o economía. Pero el joven resiste, y se recibe como historiador, y a los pocos meses, JP Morgan le ofrece un puesto en uno de sus equipos de banca de inversión. Sus padres, asombrados, lo felicitan, sin verdaderamente entender cómo rayos hizo para dar un salto tan gigantesco: de ser historiador, a transformarse en banquero. Sonríen, y se rascan la cabeza. Debe ser que Oxford, o Harvard, son tan buenas instituciones, que uno puede darse el lujo de estudiar ¡lo que se le dé la gana!
“Las mejores universidades del mundo, como Cambridge y Harvard, se toman muy seriamente el proceso de selección… ”
Ahora dejemos de imaginar. Conozco casos así de cerca. Un amigo estudió historia en UCL y, al terminar la carrera, empezó a trabajar como investment banker en JP Morgan; hoy es VP en un fondo de Private Equity en Londres. Otro estudió historia del arte en SOAS y terminó en Rothschild. Y conozco también el caso de alguien que se crió en el sistema inglés, hizo a los once años el examen de admisión conocido como «the Common Entrance Exam,» entró en Eton, y a los diecisiete fue aceptado para estudiar teología en Cambridge. Años más tarde, esa misma persona hizo un MBA en Wharton y pasó de ser periodista en CNN a integrar el equipo de investment banking de JP Morgan en Nueva York. Ninguno de ellos es la excepción. Son, más bien, la norma dentro de cierto sistema.
Las mejores universidades del mundo, como Cambridge y Harvard, se toman muy seriamente el proceso de selección, y este proceso empieza desde una muy temprana edad, con exámenes y filtros que van seleccionando a los alumnos en distintas etapas, dándoles la oportunidad de rodearse con otros que están a la par. Por ende, cuando un empleador contrata a un graduado de Oxford, ya sabe que ese individuo es muy trabajador, ambicioso, e inteligente. El sistema ya lo filtró.
Las mejores universidades, como Oxford y Harvard, no ofrecen carreras de finanzas o administración — y sin embargo, los graduados de estas instituciones suelen ocupar puestos muy altos en la City y Wall Street. Harvard y Cambridge no entrenan a sus alumnos para una profesión; les enseñan sobre todo a pensar. Y la mayoría de los empleadores (que pasaron por las mismas instituciones) reconocen que los jóvenes graduados de las mejores universidades son versátiles y suelen adaptarse muy rápidamente a cualquier rubro. Y por lo tanto, el sistema termina valorando la inteligencia por encima de la experiencia. No importa tanto qué estudies, sino dónde.
Si esos mismos amigos hubiesen estudiado historia en España, en México, o en Argentina, lo más probable es que no hubiesen podido hacer un giro tan «gigantesco.» El sistema no se los hubiese permitido. A lo mejor, tendrían que haber hecho un Master en Finanzas o Administración en IESE para demostrar un mínimo conocimiento en el ámbito de negocios.
La realidad es que, en muchos entornos hispanos, estos cambios de trayectoria siguen siendo menos habituales y requieren más pasos intermedios para ser entendidos y valorados.
Ahora la pregunta es: ¿por qué nuestro sistema nos encasilla tan rápidamente, y hace todo lo posible para impedirnos girar a mitad de camino — mientras que el sistema anglosajón les permite a sus integrantes un mayor grado de flexibilidad, desvíos, y aventurismo?
Yo crecí entre dos mundos: me crié en Buenos Aires, y luego estudié literatura en Duke. Después pasé varios años en Londres trabajando en el sector audiovisual, en proyectos que iban desde Broadway hasta Hollywood, antes de dedicarme a la animación. Menciono esto no para hacer un repaso de mi trayectoria, sino porque esa experiencia me dejó ver desde adentro cómo funciona ese sistema más flexible del mundo anglosajón — y por eso, cuando llegué a Madrid, el contraste me resultó tan evidente.
El año pasado me mudé a Madrid junto a mi mujer, que se crió aquí, porque ambos sentimos que es la mejor ciudad del mundo para criar a nuestros hijos. Pero me he dado cuenta que, después de tantos años viviendo afuera, me ha costado enormemente integrarme al sistema hispano, del cual me había ido cuando tenía dieciséis años. Esta reflexión nace de esa experiencia: aterrizar en Madrid sin contactos ni familia propia, y con ganas de adaptarme a la ciudad. Por el lado personal, me siento muy cómodo, porque España y Argentina comparten «el mismo alma»: nuestras culturas valoran, por sobre todo, la familia, los vínculos cercanos, y la calidad de vida. Pero por el lado laboral, me ha costado mucho insertarme en un sistema que, hasta ahora, no sabe muy bien qué hacer con un CV como el mío.
Para ayudarme a aterrizar, hice un MBA en el IE. Quería entender qué industrias están creciendo en Madrid, y dónde podía encontrar las mejores oportunidades. Y sin embargo, a medida que fui reuniéndome con integrantes de distintas industrias, me surgió una duda: ¿cuál es el valor real de un MBA en España, si en toda mi camada no he visto un solo compañero dar un salto tan «gigantesco» como los que describí antes? ¿Por qué?
No sé. Pero a mi manera de verlo, esa falta de saltos «gigantescos» que vemos aquí en España no es culpa del sistema académico, ni tampoco de la cultura laboral en sí. El sistema escolar y la cultura laboral se retroalimentan. Por ende, a nadie se le ocurre que un periodista podría ser un buen banquero de inversión. Las empresas contratan solo a jóvenes con la experiencia exacta — alguien que ya esté moldeado perfectamente. Y así se perpetúa la rigidez del sistema. Los padres incentivan a sus hijos a estudiar ingeniería, o derecho, porque las empresas buscan ingenieros, o abogados. Y las instituciones académicas se adaptan a eso.
No quiero sonar como un crítico, o un pesimista. Reconozco que yo mismo fui condicionado por el sistema más «flexible» de los Estados Unidos e Inglaterra. Ofrezco únicamente una reflexión. Y para cerrarlo, quiero decir que el IE me ha enseñado muchísimo sobre negocios, y me ha dado un gran juego de llaves para infiltrarme en el patio interno de la cultura española. Por más cerrada que haya sido durante los últimos siglos, España se está abriendo — ¡y muy rápidamente! Esta apertura, sin lugar a duda, producirá fricciones, pero a la larga le hará mucho bien: miles de miradas externas pueden estirar un sistema insular, y ayudarlo a mejorar.
Creo realmente que cada uno de nosotros es capaz de transformar el sistema que nos rodea. Como bien lo planteó el filósofo Louis Althusser, los sistemas nos condicionan, y nosotros, muchas veces sin darnos cuenta, terminamos reproduciendo y reforzando ese mismo sistema que nos moldeó. Por eso, para mejorarlo, no alcanza con cuestionarlo desde afuera: hay que compararlo con otros, y sobre todo, ser conscientes del rol que jugamos dentro de él.
No creo que un sistema sea mejor que otro. Pero siento que todos, a su manera, podrían mejorar.
Y quisiera compartir que “Espacios de conversación como Foro de Foros me han recordado que la integración no depende únicamente de sistemas o trayectorias, sino también de la voluntad de escuchar, conectar mundos distintos y aprender unos de otros.”
Liam Engels
Amigo Joven – FORO DE FOROS
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