El progreso de la medicina es impresionante en todos sus campos. Nuestra salud y esperanza de vida mejoran a una velocidad jamás vista gracias a la investigación clínica y los avances tecnológicos. A finales de 1970, un niño con leucemia tenía un 20% de posibilidades de sobrevivir; hoy, el porcentaje alcanza un esperanzador 80%. Se producen avances asombrosos en la investigación en células madre, la secuenciación completa del genoma humano, técnicas quirúrgicas que parecen de ciencia ficción, el hallazgo de una vacuna eficaz contra el SARS-CoV-2 en tiempo récord, y podríamos seguir. Sin embargo, hay un campo de la medicina cuyos resultados clínicos no solo se han mantenido generalmente invariables durante los últimos 30 años sino que, de hecho, incluso han empeorado según determinados parámetros. Se trata del ámbito de la psiquiatría y la salud mental.

Solo en Estados Unidos ya se han gastado unos 20.000 millones de dólares en investigación psiquiátrica y neurobiológica, pero no se ha conseguido reducir la tasa de suicidios o de hospitalizaciones. Su población vive sumida en una gravísima espiral de adicción a los psicofármacos, particularmente a los opioides, que las autoridades sanitarias son incapaces de controlar. Europa todavía no alcanza los niveles de Estados Unidos, pero la deriva es altamente preocupante y replica ciertos patrones. También los europeos, entre ellos los españoles, llevamos años atiborrándonos a pastillas.

El consumo de psicofármacos, píldoras para los nervios, tranquilizantes, ansiolíticos, pastillas para dormir, hipnóticos, y antidepresivos, prácticamente se ha triplicado en veinte años en España. Más de 2,5 millones de personas los toman a diario. En 2021, la venta de antidepresivos y ansiolíticos aumentó un 6% y un 4% respectivamente. Y el último informe de la Junta Internacional de Estupefacientes sitúa a España, por segundo año consecutivo, a la cabeza internacional en el consumo de estos medicamentos. Por ponerlo en perspectiva, en el año 2010, se consumía un 45% menos de ansiolíticos que a día de hoy.

“Desde la década de 1980, los sucesivos gobiernos y grandes corporaciones han contribuido a promover una nueva concepción de salud mental que sitúa en el centro un nuevo tipo ideal: una persona resiliente, optimista, individualista y, sobre todo, económicamente productiva, las características que necesita y desea la nueva economía. Definimos la ‘recuperación de la salud’ como la ‘vuelta al trabajo’. Achacamos el sufrimiento a unas mentes y cerebros defectuosos en vez de vincularlo a unas condiciones sociales, políticas y laborales nocivas”, sostiene el psicoterapéutica inglés James Davies en su ensayo Sedados. Cómo el capitalismo moderno creó la crisis de salud mental (Capitán Swing).

La respuesta farmacéutica en lugar de sanitaria a los problemas de salud mental, cuya prevalencia se ha disparado a raíz de la pandemia, puede deberse tanto a una concepción capitalista de nuestro bienestar psicológico como señala Davies (la eterna mano negra de las grandes farmacéuticas) como a la absoluta falta de recursos en nuestro sistema de salud público. «La salud mental siempre fue la hermana pobre de la sanidad. No tenemos recursos públicos adecuados para intervenir en esta necesidad sanitaria y social», explica Nel González Zapico, presidente de la Confederación Salud Mental de España, y asesor científico de la Estrategia de Salud Mental 2021-2026, al medio ‘Uppers’.

Así, según la Encuesta Nacional de Salud, el 10,8% de la población ha consumido tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir, y el 4,5% ha tomado antidepresivos o estimulantes en los últimos días. Sin embargo, España es, junto a Bulgaria, el país de Europa con menos profesionales de la salud mental sumando psiquiatras, psiquiatras infantiles, psicólogos y enfermeras especializadas: 25 por cada 100.000 habitantes, muy lejos de Suecia, que tiene 150 y Finlandia con 200, según datos del informe Mental Headway 2023.

Dos de cada tres pacientes con trastornos de ansiedad o depresión en España son tratados por su médico de Atención Primaria esencialmente con fármacos, con una baja tasa de remisión y frecuentes recaídas, según indica un informe del Instituto de Formación, Tratamiento en Terapia Familiar Sistémica y Adicciones (ITAD). Con un “ratio de psicólogos clínicos es inferior a la recomendada por la Unión Europea, actualmente no se puede ofrecer al paciente un abordaje psicológico como primera elección con el objetivo de reducir la prescripción farmacológica», advierte el instituto. En España, la lista de espera media para consultas de salud mental es de tres meses, y el 35% debe esperar más de medio año para ser atendido por un especialista.

“Muchas personas toman o siguen tomando antidepresivos por la simple razón de que hay poquísimas alternativas disponibles”, subraya Davies, que expone cifras de Reino Unido, fácilmente extrapolables a la carencia de recursos en España: “El año pasado el Servicio Nacional de Salud recetó en Inglaterra un antidepresivo a 7,4 millones de personas adultas, mientras que solo un millón fueron derivadas para recibir psicoterapia. Y el motivo no es que la gente prefiera los fármacos; la mayoría de personas que acudieron a un médico generalista en busca de ayuda preferirían hacer terapia o recibir algún tipo de apoyo social”.

El autor de Sedados sostiene que nuestra salud mental no mejora consumiendo fármacos, sino acudiendo al remedio históricamente más útil: la red familiar y social, junto a la terapia personal con un especialista. Davies también insiste en la necesidad de dejar de buscar el problema en nuestros cerebros y señalar la auténtica raíz de la pandemia de insalubridad mental de nuestros días: un modelo social y económico basado en la hipercompetitividad y la precarización que dinamita nuestra estabilidad emocional.

Pese a las cifras alarmantes, el consumo de ansiolíticos y antidepresivos sigue aumentando en nuestros hogares. Tanto, que la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (INCB) señala a España como el país del mundo con mayor consumo legal de benzodiacepinas. La falta de acceso a tratamiento psicológico en el sistema de salud no ayuda a que la situación mejore, si bien el actual Gobierno presentó a finales del año pasado la Estrategia de Salud Mental 2022-26que pretende situar a la salud mental en el centro de las políticas públicas sanitarias.

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