Valores para afrontar el futuro

Constataba hace unas semanas Víctor Lapuente en El País que los dos líderes progresistas más influyentes del mundo, el Papa Francisco y el presidente estadounidense, son devotos católicos. Y que el catolicismo, que no necesariamente va de la mano de la izquierda, puede ser un ingrediente interesante que mezclar con el progresismo. Y es extensible a casi todo el G7: seis de los siete líderes más poderosos del planeta se declaran cristianos en público y sus discursos coinciden en varios puntos clave con los del Vaticano. ¿Influirá esto en la política postpandemia? ¿Afrontarán los líderes mundiales la reconstrucción económica y social desde una óptica más solidaria, más caritativa y menos individualista?

En un mensaje por el Día mundial de la pobreza, el Papa Francisco llamó a los gobiernos de todo el mundo a construir un “modelo social enfocado hacia el futuro, capaz de hacerle frente a las nuevas formas de pobreza”. La brecha entre ricos y pobres se ha disparado, aunque las perspectivas de crecimiento de la economía mundial estén mejorando gracias a la vacunación y los planes de estímulo. Ya no solo importa crecer, sino redistribuir. Y en términos justos.

El cambio climático es otra de las cuestiones clave para el Papa. En Roma se dice que podría asistir a la COP26 en Glasgow. Su discurso está alineado con el de la recuperación verde.

El G7 se ha comprometido con una “recuperación diferente” y una redistribución de la carga fiscal. Su pacto sobre un impuesto global a grandes multinacionales y gigantes de internet todavía tiene que ser aprobado por los parlamentos nacionales, pero se está produciendo un cambio de narrativa. La equidad, el respeto al prójimo y la erradicación de la miseria aparecen de forma recurrente en los discursos políticos.

Esto no quiere decir que los líderes mencionados tengan siempre una relación fluida con el estamento religioso. En Francia, Estado laico desde 1905, Emmanuel Macron ha recibido críticas muy duras de la Conferencia Episcopal a raíz de su ley contra el islamismo. La CEF alega que el texto puede erosionar algunas libertades públicas como la de culto o asociación. Hace poco, en una entrevista con Le Point, Macron apelaba a la unión de religiones, diciendo que su país estaba hecho “de piedra caliza, pizarra y arcilla, de católicos, protestantes, judíos y musulmanes; un país que no tiene un equivalente real en Europa en cuanto a sus contrastes”. En su intento por ganar las elecciones del próximo año, el presidente apela a valores que encontramos en las tres religiones monoteístas: “historias colectivas que sirvan de refugio a los ciudadanos, para que el heroísmo y los sueños sustituyan al fanatismo o la pulsión de muerte”.

En Canadá, Justin Trudeau se ha enemistado con más de un obispo por declararse católico y a favor del aborto. Y acaba de exigirle a la Iglesia Católica que cambie de posición respecto a las escuelas residenciales de indígenas, después de que se hallasen más de 200 cadáveres enterrados hace más de 40 años en un internado para aborígenes.

En ese sentido, el cóctel entre catolicismo y progresismo que mencionaba Lapuente puede funcionar. En un contexto de desafección con el capitalismo tradicional, en el que los ciudadanos se sienten olvidados por el sistema y han perdido las perspectivas laborales, la política recobra dignidad cuando se la vincula a la solidaridad y al bien común, a la historia colectiva y la compasión.

 

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