¿Volcar toda nuestra energía en el trabajo merece la pena? Las generaciones jóvenes de empleados empiezan a cuestionar la sobrecarga laboral y optan por renunciar o por esforzarse lo justo

Una de las primeras preguntas que uno recibe de niño es: ¿qué quieres ser de mayor? El niño o niña responde, convencido, que será policía, bombero o piloto de avión. Y ya desde la infancia asumimos un dogma: debemos esforzarnos al máximo para alcanzar el trabajo de nuestros sueños. Nuestra etapa educativa se resume principalmente en eso: estudiar duro para obtener el día de mañana el mayor éxito laboral. Al mal estudiante se le dice que así no llegará a nada. Al buen estudiante se le anima a estudiar más. Porque una vez seamos mayores, valdremos lo que vale nuestro trabajo, y toda nuestra vida adulta girará en torno a ese rasero.

Sin embargo, las nuevas generaciones empiezan a poner en duda el statu quo. ¿Realmente volcar toda nuestra energía en el trabajo merece la pena? Un creciente número de jóvenes en sus primeros años de vida laboral han concluido que no. Y no porque se hayan vuelto menos ambiciosos que sus padres, sino porque han visto que tras el esfuerzo no hay recompensa, que trabajar diez horas al día y aguantar la presión de los jefes no tiene como resultado un mayor salario o una perspectiva de crecimiento profesional. A este movimiento, que ha cogido tracción en los países anglosajones, se le conoce como el “abandono silencioso”.

El abandono silencioso es algo tan antiguo como el hecho de trabajar lo justo y no invertir ni un minuto más del estipulado por contrato en intentar crecer o contentar a los jefes. No es holgazanear en el trabajo, es hacer correctamente la tarea, ni más ni menos. Esta filosofía, que por supuesto merece un debate paralelo, es novedosa porque son jóvenes de 25 o 30 años quienes la aplican. ¿Y si la gran ambición en la vida no es triunfar en lo laboral sino tener tiempo y energía para invertir en la realización personal?

Este fenómeno es una derivada de la llamada “gran renuncia”, término acuñado por el economista británico Anthony Klotz, que describe el aluvión de profesionales, muchos de buen nivel y gran proyección, que empezaron a renunciar a sus empleos en el año 2021 tras vivir una epifanía durante la pandemia. Entendieron que sus empleos, por vocacionales que estos fuesen, no merecían absorber todas sus energías físicas y emocionales. En España hemos podido ver sus efectos principalmente en los sectores hotelero y de restauración. Las noticias de pequeños y medianos empresarios incapaces de cubrir sus vacantes laborales para los meses de verano han salpicado los informativos este año y el anterior, abriendo un enconado debate social sobre la explotación y la presunta flojera laboral de los jóvenes.

Los partidarios del abandono silencioso optan por ser más prácticos (también más conservadores) que quienes dejan sus empleos. Permanecen en sus puestos y lanzan la pregunta: ¿si yo en mi horario laboral hago simplemente lo que se espera de mí, qué hay de reprochable en ello? En el fondo, la gran renuncia y el abandono silencioso beben del mismo origen: el aumento del desencanto y la insatisfacción laboral.

Maria Kordowicz, experta en comportamiento organizacional en la Universidad de Nottingham, expresó su opinión al diario The Guardian: “Desde la pandemia, la relación de las personas con el trabajo ha cambiado. La búsqueda de sentido se ha vuelto mucho más relevante. Durante la pandemia tuvimos un mayor sentido de nuestra propia mortalidad, y se generó algo existencial entre la gente pensando ‘¿qué debería significar el trabajo para mí? ¿Cómo puedo desempeñar un rol más alineado con mis valores?”. Kordowicz señala el factor de estar quemados por el volumen de trabajo y la dificultad de encontrar el equilibrio con la vida personal, el famoso ‘burnout’, como el origen de este seísmo en las relaciones laborales.

Algunos países se están tomando muy en serio este cambio de paradigma, por anecdótico que pueda parecer aún. En China, el hashtag #TangPing, o quedarse tumbado, cogió vuelo a mediados de 2021 hasta que fue censurado por las autoridades. El régimen chino lleva años preocupado por la imparable reducción de la masa laboral en la otrora fábrica del mundo y las estadísticas no son muy halagüeñas a nivel global. Según el informe Estado Global del Lugar de Trabajo 2022 de la consultora Gallup, el estrés entre los trabajadores ha alcanzado un pico histórico. Según sus encuestas, un 44% de los empleados experimentan un gran estrés diario, mientras que cerca del 50% padecen una cierta carga de estrés.

Gallup también señala sutilmente las consecuencias del abandono silencioso: “Cuando los empleados están comprometidos y prosperan, experimentan mucho menos estrés, enfado y problemas de salud. Por desgracia, muchos empleados siguen descomprometidos en sus trabajos”. Según la consultora, el bajo compromiso laboral cuesta a la economía global 7,8 billones de dólares.

Algunas empresas han tomado nota y están cambiando su concepción del desempeño laboral. Otorgan mayor control a los empleados, ofrecen salarios justos y fomentan el crecimiento profesional y la conciliación. Sin embargo, el incremento en el coste de la vida y los tiempos de incertidumbre económica no permiten todavía ver el verdadero alcance de esta incipiente revolución en las relaciones laborales.

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