Un metaverso de posibilidades

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Si a priori les suena a algo lejano, como de ciencia ficción, sepan que el metaverso o universo virtual es un término que se escucha cada vez más cuando se habla del futuro. Lo acuñó Neal Stephenson en Snow Crash, la novela ciberpunk más vendida en los años 90, para recrear un universo virtual en el que los humanos podían interactuar. Hoy se refiere a los espacios físicos que se amplían al mundo digital. No pensemos solamente en jugar a videojuegos, sino en estudiar, trabajar o incluso ir de compras. En el metaverso las distintas plataformas estarán conectadas entre sí, de forma que podremos movernos entre una y otra. Se podrán hacer réplicas de máquinas  para probarlas en el mundo digital antes que en el físico, o ensayar procesos industriales a gran escala para detectar fallos y optimizar procesos.

 

Esta idea que parece salida de Matrix está moviendo millones: empresas como el fabricante de chips Nvidia, las tecnológicas chinas Tencent y Alibaba y las estadounidenses Apple y Facebook están invirtiendo en la que consideran próxima frontera digital. Ya existen fondos de inversión especializados en el metaverso. Hace unos días, Mark Zuckerberg trasladó el mensaje a los medios de que en los próximos cinco años Facebook pasará de ser una empresa de redes sociales a una metaversa. Lo hizo al tiempo que presentó Horizon Workrooms, una plataforma de realidad virtual para teletrabajar. Según Bloomberg, el universo virtual podría suponer un negocio mundial de 800.000 millones de dólares para 2024. La evolución de las redes al 5G, dicen los expertos en tecnología, permitirá la transformación.

 

Sabemos que la tecnología existe (por ejemplo, las gafas de realidad aumentada), aunque falta desarrollarla más para, entre otras cosas, conseguir dispositivos más cómodos de realidad virtual (VR, como se abrevia este término usando sus siglas en inglés). Tampoco se ha conseguido aún la forma de conectar los mundos virtuales para que cada usuario pueda navegar por ellos manteniendo una misma identidad. Además, surgen preguntas sobre el reparto de poder en el metaverso: ¿Estará concentrado en un puñado de empresas como hoy ocurre con las GAFAM? ¿Será un metaverso abierto lo que nos conecte a esa nueva Internet?

 

Y más puntos para el debate: una nueva forma de relacionarnos supondrá cambios sociales, brechas económicas, diferencias entre los que puedan y sepan acceder al metaverso y quienes no lo consigan o no se lo puedan permitir. Y una cuestión generacional: quienes nazcan cuando esta nueva red esté desplegada, ¿cómo percibirán el universo en dos vertientes en las que desenvolverse, consumir y experimentar?

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