La agresión como rutina

La agresividad es un rasgo evolutivo. Sin embargo, los prejuicios sociales y la falta de consenso científico nos impiden conocer cómo y por qué se genera.

Todos hemos sido violentos o agresivos en alguna ocasión. En ciertos periodos vitales lo podemos ser cada día y a todas horas, debido al estrés laboral o a un problema emocional persistente. Hay personas que son agresivas como rasgo inherente a su carácter, un espectro que alcanza su extremo en la psicopatía. La agresividad es un rasgo fundamental del género humano y sin embargo no sabemos muy bien cómo se genera y qué finalidad tiene. Por qué somos agresivos sobre todo cuando no existe un peligro o la necesidad de autoprotección, en definitiva cuando nada nos invita a serlo.

Muchos ensayos clínicos y obras literarias han tratado este asunto y sigue sin haber consenso. A pie de calle, la cuestión suele despacharse desde el maniqueísmo: hay personas malvadas y otras buenas, y la mala gente agrede porque está en su naturaleza. Ya entre los filósofos clásicos se trató con efusión el asunto, que luego profundizaron la psicología y las distintas ciencias de la conducta humana. Cada nueva investigación confirma que las personas no somos esencialmente buenas o malas, que podemos ser amables y cariñosos y también crueles en función de las circunstancias y de los individuos. La agresividad es un instinto animal, y por lo tanto, también humano. No podemos erradicarla ni sería acertado hacerlo, pero podemos tratar de comprenderla para controlarla.

David Chester es profesor de la Virginia Commonwealth University de Estados Unidos y director de uno de los pocos laboratorios dedicados al estudio de la biología de la agresión que hay en el mundo, el SPN Lab. Chester define la agresividad como “el impulso de lastimar a alguien que no quiere ser lastimado; no tienes necesariamente que haber causado daño, con la pura intención es suficiente”.

Desde políticos hasta niños en edad preescolar, los humanos tienden a actuar de manera agresiva. Sin embargo, uno de los últimos hallazgos científicos demuestra que las personas no solo agreden como impulso, sino que incluso pueden disfrutarlo. Los terroristas alardean sobre sus últimos ataques, los matones de patio de escuela se deleitan con sus rutinas diarias de tortura y los boxeadores se jactan del placer que experimentarán en su próxima pelea. Esta línea de investigación choca con la idea convencional de que la agresión es fruto de estados afectivos negativos, como la frustración y el dolor.

Aunque no todas las personas pueden convertirse en torturadores, la mayoría de nosotros, quizás todos nosotros, somos capaces de lastimarnos unos a otros al menos de alguna manera. ¿Por qué ser agresivos nos hace sentir bien? Observemos la venganza, la acción agresiva por excelencia, pilar narrativo de grandes novelas y películas, motor de historias (reales e imaginarias) de corte épico y también terrorífico. Estudiando la venganza, Chester descubrió que uno de sus motores es el placer. Vengarse, aunque suene extraño, produce dopamina. Usamos la agresión para mejorar el estado de ánimo.

Disfrutar con la agresividad es un rasgo evolutivo similar a disfrutar con el sexo. Necesitamos disfrutar la acción para querer llevarla a cabo. El ser humano es un organismo depredador, de ahí que nuestro cerebro premie la agresividad. Este placer agresivo podría extenderse más allá de la caza y replicarse en la relación con el resto de personas, pues ser agresivo ha supuesto durante milenios beneficios reproductivos y sociales.

Estos beneficios se extienden al reino animal. Lo cuenta Carole Hoover, autora de Testosterona (Arpa, 2022), un viaje por el orígen biológico de la masculinidad. Dice Hoover que vivió una revelación el día en que vio a un chimpancé dominante golpear con un palo a una de sus hembras con la cría en brazos sin ninguna razón aparente. En realidad, sí hay razones en el maltrato a la pareja en el reino animal, sostiene Hoover. Es una ventaja evolutiva que se traduce en mayor rendimiento reproductivo para el macho, ya que mediante la sumisión mantiene a la hembra a su disposición, y se asegura de que no se apareará con muchos otros machos, ni que le negará sexo cuando él lo desee. Una base biológica similar podría aplicarse en la especie humana.

De hecho, el SNP Lab también ha tratado de arrojar luz científica a esta lacra social. Mediante imágenes de resonancia magnética, examinaron la actividad cerebral de 51 hombres y mujeres mientras experimentaban la agresión de su pareja íntima en tiempo real. Descubrieron que la agresión hacia las parejas sentimentales estaba asociada con una actividad aberrante en la corteza prefrontal medial del cerebro, «una firma única”, según los investigadores. “Ocurre algo distinto a nivel neuronal cuando las personas deciden si dañar a sus parejas románticas, un proceso que difiere de manera significativa de las decisiones sobre si dañar a amigos o extraños”. Sin duda un campo todavía por explorar, y cuya comprensión puede ayudarnos a mitigar un problema social tan importante como la violencia de género y la intrafamiliar.

Volvamos al origen. ¿Hay buenos y malos? Parece que en esencia no, pero en la era de la polarización, incluso la bondad se polariza. Dividimos a las personas en mejores y peores, más cándidas o más dañinas en función de si están o no en nuestra trinchera ideológica, cultural o racial. Aquellos que son mejores, es decir los nuestros, son vistos como intrínsecamente amables, incapaces de actos dañinos. Los otros, los que son peores, nos parecen más proclives a ser crueles y mezquinos, más agresivos. Este prejuicio nos impide aceptar que nosotros, los intrínsecamente buenos, también lastimamos a los demás, añadiendo una molesta capa de prejuicio moral a un asunto estrictamente científico y que atañe a todos los individuos que habitan el planeta.

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