Extremistas que quieren sentarse a la mesa

El próximo 19 de diciembre Chile elegirá un presidente entre dos opciones antagónicas: el ultra José Antonio Kast, parte de la derecha que no ha roto con el régimen de Pinochet, y el izquierdista Gabriel Boric. El próximo inquilino de La Moneda se enfrenta a un país profundamente dividido. Los ciudadanos, a su vez, ven cómo los moderados se han desplomado. 

En Francia, Éric Zemmour es el último contendiente a las presidenciales de 2022 y ha desplazado el discurso de toda la derecha hacia su extremo. Se codea desde hace años con ellos y apela a la “reconquista”. Así se llama, literalmente, su partido, que tiene como fin “salvar a Francia y sus valores, amenazados por la inmigración y el Islam”.

Tanto Kast como Zemmour han conseguido colar debates en la sociedad que en otro momento se habrían topado con un rechazo mayoritario. El chileno, por ejemplo, quiere derogar la ley del aborto en tres supuestos, rechaza el matrimonio homosexual, relativiza las violaciones de derechos humanos durante la dictadura y ha llegado a defender la construcción de una zanja para frenar a los inmigrantes del norte. En Francia sorprende ver a los políticos de la derecha dando pábulo a la teoría de la Gran sustitución, que predica que la emigración musulmana y africana acabará con la población blanca de Occidente. Hasta que llegó Zemmour este tipo de creencias se tomaban como teorías de la conspiración público residual en Internet.

¿Cómo han conseguido los ultras sentarse a la mesa?

Pablo Stefanoni, doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires y autor de ¿La rebeldía se volvió de derechas? (Siglo XXI, 2021) sostiene que las llamadas derechas alternativas enarbolan las banderas de la indignación y de la transgresión en el mundo occidental.

«Estamos ante derechas que le disputan a la izquierda la capacidad de indignarse frente a la realidad y de proponer vías para transformarla», escribe Stefanoni. Esto no es nuevo, se vivió en las décadas de los 20 y 30 del siglo pasado. De hecho, algunos historiadores interpretan el fascismo de aquella época como una revolución alternativa a la que buscaba el marxismo.

Zemmour no habla de gobernar Francia, sino de salvarla. Un lenguaje catastrofista, racista, antieuropeo, que sin embargo -y aquí está lo demoledor- conecta con cierto electorado insatisfecho. Para algunos su incorrección política le confiere credibilidad frente a la derecha tradicional e incluso a la extrema derecha de Marine Le Pen.

Dice Sami Nair que lo que está pasando con Zemmour en Francia no es casual ni superficial, sino “una corriente de fondo que puede deteriorar gravemente el país, en un momento en que la construcción europea atraviesa también una crisis profunda”. No olvidemos que en Italia la extrema derecha supera el 40% de los votos. Dejando aparte a Hungría y Polonia, en ningún país occidental la nueva ultraderecha tiene este nivel de apoyo.

La clave para identificar lo que está pasando la apunta Steven Forti en Extrema derecha 2.0. Qué es y cómo combatirla (Siglo XXI, 2021). Profesor asociado de la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad de Nova de Lisboa, Forti cree que estamos ante movimientos que han salido de la marginalidad, que no usan la violencia para la conquista del Estado ni niegan la democracia, sino que creen que hay que eliminar los contrapesos de la democracia liberal.


     

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