El valor cultural de la comida

La Navidad nos recuerda que no hay mejor pegamento social que la comida. En estos días nos reconectamos con el verdadero significado de la gastronomía en nuestras vidas.

Desde hace un par de años, el ‘mukbang’ es el pasatiempo favorito de miles de españoles, y de millones de personas en todo el mundo. El asunto consiste básicamente en ver vídeos de ciudadanos coreanos comiendo. Los anfitriones se graban saboreando deliciosos platos tradicionales de Corea, en cantidades ingentes, y retransmiten por internet sus experiencias culinarias. El resultado es inesperadamente hipnótico: los coloridos platos asiáticos, el disfrute del anfitrión, el ritual universal de darse un festín. En Corea, el ‘mukbang’ lleva una década siendo un fenómeno de masas. 

Ver comer a alguien frente a ti, aunque sea un desconocido al otro lado de la pantalla, recrea la dimensión social de un almuerzo cuando uno se encuentra comiendo solo en su escritorio de trabajo o en casa. De algún modo, reconforta. Porque comer es socializar, es reforzar nuestro lazo identitario con el grupo, sea este nuestra familia, nuestros compañeros o nuestra región. Difícilmente existe un pegamento social más fuerte que la comida.

La Navidad es una sucesión de momentos identitarios. Los días que transcurren desde la Nochebuena hasta Año Nuevo convierten el comer en algo que trasciende la necesidad biológica de alimentarse para convertirse en un ritual de pertenencia al clan. Es el momento del año en el que la significancia cultural de la comida alcanza su máxima expresión y nos hace tomarnos un respiro de nuestras rutinas habituales. Puede que nos pasemos el año  desayunando a la carrera, tomando el almuerzo en quince minutos para continuar pronto con nuestro trabajo, pero llega la Navidad y nos reconectamos con el verdadero significado que la comida tiene en nuestras vidas.

“La comida se configura como un elemento decisivo de la identidad humana y como uno de los instrumentos más eficaces para comunicarla», sostiene el historiador y gastrónomo italiano Massimo Montanari en su ensayo ‘La comida como cultura’ (Trea, 2006). Los médicos y filósofos antiguos, comenzando por Hipócrates, definieron la comida como ‘res non naturalis’, incluyéndola entre los factores de la vida que no pertenecen al orden natural de las cosas, sino al artificial. 

Es decir, perteneciente a la cultura que el hombre construye y gestiona. Y explica Montanari: “El hombre, aun pudiendo comer de todo, o quizá justo por ese motivo, en realidad no come de todo, sino que elige su propia comida con criterios ligados ya sea a la dimensión económica y nutritiva del gesto, ya sea a valores simbólicos de la misma comida”. Creamos nuestra comida y la convertimos en uno de los pilares de nuestra esencia.

 

En realidad, todas las culturas antiguas a lo ancho del globo han vinculado los alimentos y la tierra a lo sagrado, a lo innegociablemente propio, en un legado que permanece hoy. El consultor gastronómico Alfredo Franco Jubete subraya que los miembros de una misma comunidad “se reconocen entre sí por la comida”. O como lo expone el sociólogo mexicano Ramiro Delgado: “En cada bocado de comida vivimos a diario nuestra doble condición de seres culturales y biológicos. Cada sociedad ha codificado el mundo de los sentidos desde su propia mirada y su propia racionalidad, y en el comer están presentes las particularidades de un grupo humano”.

 

Hoy, en pleno siglo XXI, desdibujadas las fronteras culturales debido a la globalización, la gastronomía local (entendamos esta como regional o nacional) resiste con éxito los envites. Hay cadenas de comida rápida estadounidense y restaurantes de distintos países salpicando nuestros paisajes urbanos, pero seguimos teniendo una actitud proteccionista hacia nuestra gastronomía.

 

Como todo hecho cultural, la comida es una fuente potencial de desarrollo económico. El turismo gastronómico es de hecho una excelente oportunidad de generar ingresos y puestos de trabajo, beneficiando diferentes sectores productivos como la agricultura, la pesca y la hotelería, entre otros. Una reciente encuesta de un buscador online de vuelos y hoteles encuestó a 2.500 europeos sobre sus motivaciones para viajar a España. Un 83% respondió que buscaban disfrutar del mar y las playas, y un 76% dijeron que venían a nuestro país sobre todo a disfrutar de la gastronomía. Es, pues, el primer reclamo cultural, por delante de edificios icónicos y pinacotecas (71% de respuestas). Esto, en el tercer país más visitado del mundo, es un dato muy relevante.

 

La Navidad, pues, nos reconecta con esa expresión que vienen a buscar millones de turistas, si bien cada uno de nosotros lo hace de forma individual e íntima. La encontramos en ese plato cocinado por madres y abuelas que nos genera felicidad, en las tradiciones heredadas que nos adhieren al clan. Pues en las formas de cultivar, cocinar y reunirnos alrededor de la comida reafirmamos nuestra conexión con las generaciones pasadas y también con las futuras. Lo decía Platón, y nos lo recuerda el historiador José Berasaluce: “La mejor forma de transmitir ideas es a través de un banquete, comiendo y bebiendo en compañía, así que lo que hacemos es algo que ya se hacía hace 2.000 años”.


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