Democracia denostada

Incluso en los países tradicionalmente democráticos la calidad democrática se ha visto mermada.

Anne Appelbaum firmaba hace unos días un excelente reportaje sobre el avance de la ideología iliberal y populista en Europa del Este. Comenzaba recordando el 31 de diciembre de 1999, cuando reunió a una docena de amigos en una casa de campo en Varsovia para despedir el año. Su suegra y ella cocinaron durante horas, prepararon con mimo los detalles. Hoy apenas se dirige la palabra con ninguno de los asistentes. Uno tras otro, quienes compartieron con ella brindis y buenos deseos fueron pasándose al lado oscuro de las teorías conspirativas y la política inflamada. Las últimas veces que había conversado con ellos, notó cómo crecía su desafección hacia la separación de poderes. Algunos nunca habían sido muy defensores del liberalismo occidental, pero en los últimos años parecía como si se hubiesen sumado a la moda de denostar la democracia.

El texto de Appelbaum se enmarca en una serie de reportajes que la revista americana The Atlantic le dedica a la foto política actual. ¿Está apagándose la democracia? Se preguntan los editores en un titular a cinco columnas. Algunos expertos apuntan a la inteligencia artificial como catalizador porque puede facilitar el camino a las tiranías, y ponen como ejemplo la hipervigilancia china. En cualquier caso, el consenso forjado tras las dos guerras mundiales de que la democracia era el mejor de los sistemas posibles está en entredicho. Incluso en los países tradicionalmente democráticos, la calidad democrática se ha visto mermada.

De los de los 167 países analizados por The Economist para evaluar sus regímenes políticos, solo 20 son democracias plenas y 55, democracias imperfectas. El resto, híbridos o autoritarismos puros. Benjamin Abrams se planteaba para la London School of Economics si existía alguna esperanza para las sociedades en las que se está licuando este sistema político y de representación. Hablar del declive de la democracia como del de un organismo que se descompone es un error, explica este académico, porque restamos responsabilidad a los líderes políticos y a los ciudadanos. “La democracia no está en declive, sino que está siendo objeto de degradación. Los políticos están tomando medidas decisivas para reconstituir sus democracias como sistemas básicos, sistemas políticos formales en lugar de sociedades políticas sustantivas. Los estados resultantes conservan el esqueleto formal de una democracia, pero sin el cuerpo político”, escribe Abrahams.

La filósofa Adela Cortina advertía en una tribuna sobre el futuro de la democracia que esta “puede morir, y no por golpes de Estado, sino por depauperación y degradación silenciosas”. No porque la ciudadanía cuestione su valor como sistema, sino por su desafección política: sienten que sus expectativas no se ven satisfechas y no confían en sus representantes.

El etnólogo y filósofo de la Agencia francesa del desarrollo AFD, Xavier Ricard Lanata, habla de la tropicalización o el nuevo espíritu del capitalismo. “La multiplicación de los conflictos sociales, desde Santiago hasta Hong Kong, pasando por París hasta Teherán, es la prueba de una profunda inquietud compartida más allá de las diferencias entre el norte y el sur. Lo que se expresa es una ruptura con las instituciones, el temor al debilitamiento de los lazos sociales y la exasperación económica. Esta comunidad de ansiedad revela una nueva etapa del capitalismo, la «tropicalización del mundo», que adquirió todos los hábitos de los colonizados”.

Los debates sobre la crisis de la democracia son tan antiguos como la propia democracia, pero, como dice la diputada francesa y ex ministra de cultura Aurélie Filippetti, si aumentamos la brecha de desigualdad, estaremos cavando la tumba de nuestra arquitectura de valores.

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