Alfredo Sanfeliz
Mayo 20, 2025
Quizá uno de los problemas más graves que acucian a nuestra sociedad es la confrontación y la visión polarizada ante cualquier cuestión que se suscita en la conversación social. Ante ello, de forma automática, solemos culpar o hacer responsable a alguien de lo que no nos gusta adoptando reacciones contundentemente críticas y con escasísima reflexión pareciendo que todo es blanco o negro y sin matices. Alternativamente culpamos a los medios que nos informan reprochándoles la voluntad de crear polémica o la ocultación de intereses detrás de sus mal llamadas noticias o información. Unos pecan de ingenuidad y otros de conspiracionismo. Ello provoca, a menudo, una simplificación de las cosas con falta de reflexión que impide el análisis de los grandes temas lo que a su vez dificulta y limita nuestra comprensión de la sociedad y de nuestro propio comportamiento. Hablamos en general de la sociedad con miradas limitadas y simplistas con falta de una visión sistémica, viendo solamente hechos donde podríamos observar fenómenos y patrones de mayor interés como diagnóstico social y para la búsqueda de soluciones a los problemas.
Me hago muchas veces la pregunta de si ¿evolucionamos en la buena dirección? Y ante el rechazo generalizado de las personas a filosofar y buscar la verdad en la complejidad, me planteo también si ¿tendrá en el futuro cabida en nuestra sociedad la reflexión? Sean las que sean las respuestas mi afición a buscar la inalcanzable verdad y a arreglar el mundo me empujan a hacer las reflexiones de este artículo.
Contrariamente a las miradas pequeñas tan extendidas en la sociedad, el Papa, con perspectiva elevada, ya en sus primeras intervenciones se ha referido a tres fenómenos para mostrar una interesante fotografía que describe muy bien el estado de nuestra sociedad. Así en su primera homilía y en el encuentro con los periodistas que han cubierto la información del conclave se ha manifestado:
- Indicando que la tecnología debería estar al servicio del ser humano en lugar de estar nosotros sometidos a ella.
- Haciendo una llamada a la responsabilidad de los periodistas y medios de comunicación pidiéndoles el desarme de las palabras para desarmar el mundo y solicitándoles que desarrollen una verdadera función social informativa
- La necesidad de reaccionar ante la extendida mirada condescendiente hacia los cristianos que son considerados por muchos como débiles o poco inteligentes.
Si bien en una primera impresión parecen tres temas independientes y difíciles de ligar, es mi propósito en este artículo interrelacionarlos como vía para comprender el complejo diagnóstico de nuestra actual sociedad altamente confrontada en múltiples ámbitos y en la que la falta de reflexión, la negación de nuestra realidad humana y el apartamiento en nuestras vidas de los sagrados valores cristianos que nos han traído hasta el progreso hasta hoy alcanzado nos han llevado a la confusión, la agitación, el desasosiego y la extendida falta de sentido y orientación que padecemos.
Las prisas y la competencia que nuestra atención sufre con múltiples y cambiantes temas que nos distraen nos impiden dedicar el tiempo y sosiego necesarios para hacer un diagnóstico de lo que hoy nos lleva a esta situación. Y en la búsqueda de ese diagnóstico confundimos muchas veces los términos verdad, razón e intención despreciando en la ecuación todo lo que no reporta una utilidad visible e inmediata. Solo con una mirada completa y que interrelacione unos y otros fenómenos podremos abordar una equilibrada, razonable y humana gestión de los asuntos que nos incumben como sociedad apuntando a las causas en lugar de paliar los síntomas como actualmente se hace.
«Las personas no decimos lo que pensamos porque no sabemos lo que pensamos»
David Eagleman
Nuestro analfabetismo emocional
Dice el neurocientífico David Eagleman que las personas no decimos lo que pensamos porque no sabemos lo que pensamos. A ello añade otro neurocientífico, Steven Pinker que el autoengaño es la causa de todos los conflictos.
Seguro que estas frases irritan a muchos que se consideran con pleno dominio consciente y racional de sus actuaciones y sin condicionamientos no conscientes de sus emociones, sentimientos y ocultas creencias. Si a ello le añadimos mi crítica al ensalzamiento que nuestra sociedad hace de la razón, como la panacea para la solución de todos nuestros problemas, la sorpresa y el rechazo pueden ser todavía mayores.
Continuando con la provocación a algunos lectores más fríos, mentales o de corte muy racional, me pronuncio diciendo que nadie es tan mentiroso como lo es la razón cuando es utilizada por el ser humano fuera de los ámbitos de la ciencia o de los hechos verificables de forma objetiva con los sentidos. Una desequilibrada creencia en las bondades de la razón en una sociedad sin dar la relevancia debida al amor y al miedo en forma de sentimientos y emociones constituye una de las mayores debilidades de nuestra sociedad al estar demasiado extendida especialmente en los ámbitos del poder económico. Son esas posturas las que nos llevan a actitudes predominantemente utilitaristas, con visiones de corto plazo, de orientación financiera y con desprecio de los ámbitos más valiosos del ser humano como son el emocional-relacional y el espiritual que junto con la satisfacción de las necesidades materiales constituyen los pilares de la felicidad y el bienestar.
En mi opinión es preocupante el nivel de analfabetismo social e individual en lo que se refiere a nuestro autoconocimiento como personas y el del funcionamiento de la sociedad por ella misma, especialmente si lo comparamos con los niveles de conocimiento en otros ámbitos que solo nos sirven para medirnos con los demás o para buscar nuestra empleabilidad, pero no para saber vivir. Por ello nos cuesta reconocer que es nuestro inconsciente el que mueve un altísimo porcentaje de nuestras conductas en cada momento. Se habla de que más del 95 % de nuestras actuaciones se adoptan o se ejecutan de forma espontánea y automática sin intervención de nuestra consciencia, aunque yo me atrevo a decir que el porcentaje es incluso superior. Cuando uno piensa y recapitula respecto a cuáles son las decisiones o actuaciones, tomadas de manera consciente y no automatizada en nuestro día a día podrá observar que más allá de elegir el color del pantalón o el plato del menú del día en el restaurante, verdaderas decisiones, tomamos muy pocas, actuando por el contrario conducidos (¿sin nuestra intervención?) por una inteligente espontaneidad y sin ningún esfuerzo en casi todas las cosas de nuestra vida. Son pocas las veces en las que nuestras actuaciones son consecuencia o fruto de la reflexión y de la adopción de decisiones pues en general saludamos sin pensar (dando la mano o un beso según proceda), damos al intermitente y metemos las marchas en el coche de forma automática, sonreímos o nos enfadamos sin pensarlo, contestamos la mayoría de las veces sin reflexión alguna y tomamos nuestras mayores decisiones más bien por intuición aun cuando las personas sensatas hayan incorporado a su proceso intuitivo el resultado de algún análisis racional, como ocurre por ejemplo con las inversiones….
Vuelvo a las citas refiriéndome a Jung y su manifestación de que hasta que no hagas consciente lo que llevas en tu inconsciente este gobernará tu vida y tú le llamarás destino. Por ello tomar conciencia y dar valor a estas estas reflexiones nos lleva a entender mejor las dinámicas conflictivas que hoy se dan en el mundo de las relaciones dentro de nuestra sociedad, la política, la comunicación e incluso la economía. Además, aceptar nuestra condición de mamíferos, en gran medida programados para nuestra supervivencia con los genes del nacimiento y en constante reprogramación con las experiencias-aprendizajes de la vida, nos acerca a una actitud más humilde frente a una arrogante razón que muchos encumbran, por su supuesto valor y que yo, por el contrario, limito al de su mera herramienta-útil al servicio de alguna finalidad que, como tal, puede ser valiosa o denigrante.
«La razón es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual piensa estar tan bien provisto de ella que aun los más difíciles de contentar en todo otro asunto no suelen apetecer más de la que ya tienen«
Descartes
La razón como fuente de conflicto
Dice Descarte que «La razón es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual piensa estar tan bien provisto de ella que aun los más difíciles de contentar en todo otro asunto no suelen apetecer más de la que ya tienen«
La sociedad vive en un entorno muy polarizado y lleno de confrontación. Las palabras o giros verdad, tener razón y estar bien las utilizamos viviéndolas como algo relativamente homogéneo o similar. Y así decimos que Fulanito tiene razón o que es verdad o está muy bien lo que ha dicho Mengano, sin ningún rigor en el uso de esos complicados conceptos. Sin darnos cuenta mezclamos reflexiones frías de tipo analítico que versan sobre hechos sometidos a una lógica precisa y verificable con la valoración de actuaciones o manifestaciones en el ámbito del juicio de lo que es valioso o deseable y que jamás puede estar sometido al escrutinio de la razón pues se producen en el ámbito emocional, sentimental y espiritual y desde luego de forma inconsciente. La razón y la lógica no desean ni dejan de desear nada, solamente procesan información o datos neutros y sin valor en sí mismos. Por el contrario, nuestro inconsciente, al margen de cualquier lógica o razón, desea cosas, quiere y rechaza planes, quiere y aprecia personas, sufre si pierde personas o cosas, se alegra ante hechos o circunstancias etc. Por tanto, el valor de la razón está solo en constituir un instrumento al servicio de la consecución de esos deseos o preferencia de origen inconscientes e irracionales de los que sin saber porque nos movilizan y que casi con seguridad obedecen al mandato biológico de supervivencia que, en sí mismo, vive al margen del ámbito de la razón.
Nos desgastamos demasiado en nuestras conversaciones buscando el tener razón casi por encima de todo. Personalmente estoy cansado de observar y verme envuelto en discusiones sociales en las que parece que hay que estar posicionado en relación con lo que dicen unos y otros de nuestros líderes y estar o no estar de acuerdo con ellos sin poder entrar en el análisis, la descomposición de los distintos mensajes del discurso y en la valoración de en qué parte del discurso estamos alineados y en qué parte no. Estoy también cansado de la simplificación a la que nos lleva la utilización de giros como esto es verdad o este tiene razón que parecen moverse en lo absoluto sin verdaderamente saberse lo que se está queriendo decir. ¿Qué quiere decir en nuestras discusiones que uno tiene razón? La respuesta parece fácil pero no lo es.
Aunque muchos encumbran la razón para situarla en el deber ser del funcionamiento del mundo y en el deseable punto de llegada para una sociedad basada solo en solo en lógicas, la realidad es que la razón no es algo demasiado distinto a un destornillador en el sentido de que no es sino una herramienta. Se trata sin duda de una herramienta al servicio de la vida, la supervivencia y los intereses de un tipo u otro de quien la utiliza ya sean sanos o malsanos los intereses que defiende. Pero a lo que solemos referirnos cuando decimos que alguien tiene razón, no es en sí mismo ni bueno ni malo si no somos capaces de juzgar las verdaderas intenciones (muchas veces inconscientes) de quien argumenta. Muchos argumentan solo para que se les dé la razón, parecer muy razonables y estar en lo cierto casi como objetivo último del uso de la razón.
Obras son amores y no buenas razones, dice el refranero español. El papel lo aguanta todo y la dialéctica también lo que hace que la razón no sea de fiar. Solo puede someterse a la lucha con otras razones. De hecho cuanta más inteligencia y capacidad de razonar se tenga para construir argumentos lógicos conectando con las personas destinatarias de sus mensajes, más capacidad se tiene de llevar al engaño a cualquiera, incluso diciendo solo verdades pues las claves del juicio de quien escucha, no están tanto en la realidad o corrección de lo que se escucha, sino en la capacidad de ponderar esos contenidos con los otros que no se dicen y se callan por quien argumenta por no ser de interés para su discurso y propósito.
Por eso necesitamos también otras fuentes de luz quizá menos racionales, pero más sabias e integradoras de todas las dimensiones humanas para alumbrar nuestras decisiones y acoplar y acompasar nuestras actuaciones con equilibrio.
¿Están buscando lo medios que leemos o escuchamos informar o quizá más entretenernos?, ya tienen«
Para elegir de forma razonable necesitamos información
Como personas y como sociedad, solo teniendo información completa para valorar y ponderar las distintas situaciones a las que nos enfrentamos, podremos opinar y posicionarnos ante hechos que requieren nuestra intervención.
Han sido las palabras del nuevo Papa en su primer encuentro con los periodistas pidiéndoles desarmar las palabras y desarmar la tierra las que me han llevado a escribir este artículo. El Papa en esa intervención trasladaba a los periodistas su inquietud por la importancia de la labor informativa de los medios de comunicación, haciendo una llamada al desarme de las palabras como vía para desarmar el mundo y rebajar la conflictividad y confrontación creciente en la que estamos sumidos, tanto internamente en nuestras sociedades, como entre los distintos bloques geopolíticos. Las batallas hoy se libran más en la comunicación constituyendo está, a través de sus distintos medios tradicionales y modernos, redes sociales, etc, verdaderas armas al servicio de unos y otros. La realidad nos muestra que, en términos de comportamiento, las cosas en sociedad no son lo que son, sino lo que la gente entiende realmente que son, pues nuestras conductas se guían y mueven por lo que percibimos e interpretamos, dejando en gran medida de lado eso que llamamos realidad y que realmente es difícil de saber con rigor lo que significa.
¿Están buscando lo medios que leemos o escuchamos informar o quizá más entretenernos?, ¿buscan quizá llamar la atención para ganar notoriedad y de una u otra forma dinero? ¿o quizá darnos lo que queremos leer? ¿o satisfacer a quien les subvenciona?..
Por ello para considerar algo como información deberíamos traer a nuestra consciencia la respuesta a estas preguntas antes de una rápida reacción ante lo primero que escuchamos. Entenderíamos así un poco mejor nuestro mundo y rebajaríamos mucho la emocionalidad conflictiva.
La rectitud de intención
Ponerse de acuerdo en que algo es verdad o no a nivel social y en el mundo de la comunicación resulta sumamente complicado pues, incluso a nivel teórico, en una hipotética discusión sobre si la verdad existe y si es o no única, me atrevo a decir que la población estaría muy dividida.
Por ello, ante la lectura de un artículo periodístico, resulta muy complicado ponerse de acuerdo sobre si es correcto o verdad lo que en él se dice pues ello dependerá en gran medida de quien sea quien lo juzgue. Y, sin duda, en la medida que incorpore valoraciones dependerá de cuál sea la ecuación o jerarquía de valores que el artículo establece en contraste con la del lector. Lo valorativo, como el gusto, es libre y personalísimo y por tanto susceptible de libre opinión lo que lleva a tantas perspectivas como personas lean lo escrito.
Pero en lo que sí es fácil en cualquier ámbito es ponerse de acuerdo en la verificación de si la intención de quien comunica es la que se dice o parece que es, o lo que es lo mismo si es recta o es engañosa. ¿Cuánto engaño, manipulación, maquillaje, hipocresía hay detrás de verdades y enunciados razonables? Hagamos para contestarnos el ejercicio de responder las siguientes preguntas:
- ¿Diseñan los comunicadores sus titulares buscando informar y supuestamente vivir del noble cumplimiento de la función social de información, o más bien hacen lo que está su alcance para generar seguidores y por tanto ingresos directos o indirectos?
- ¿Hacen los empresarios su comunicación para informarnos realmente de algo bueno para nosotros o más bien actúan explotando nuestra superficialidad en el juicio para vender y obtener más ingresos?
- ¿Hacen los políticos sus proclamas porque verdaderamente creen en la bondad de ellas o lo hacen porque con ello consiguen agitar, confrontar y obtener votos aun causando daño?
- ¿Busca el asesor-vendedor más la ayuda y el beneficio del cliente como aparentemente parece o más bien está colocando ese interés detrás del suyo propio?
El juicio sobre la verdad que hay detrás de cada una de esas informaciones, consejos o proclamas estará siempre sujeto a las distintas visiones de unos y otros, siendo por ello muy subjetivo. Pero la intención en el fuero interno de quien actúa, habla y comunica es siempre una y puede tener distintos niveles de rectitud. Lamentablemente hoy el engaño y las falsas intenciones están arraigadas y encastradas con normalidad en nuestra sociedad con muy poca consciencia del deterioro que suponen para la confianza socioambiental y el efecto degenerativo que ello tendrá para nuestro futuro. La sociedad ha llegado hasta los magníficos niveles alcanzados de progreso y desarrollo material y en términos de convivencia a base de desarrollar durante el proceso civilizador una creciente confianza entre los miembros que la integran. La marcha atrás en la degeneración de esa confianza que tanto está sufriendo en estos momentos es muy preocupante, manifestándose además en una creciente tolerancia de la mentira y en la pérdida total de la función del sentimiento de vergüenza, como efecto moderador de los desmanes en política. Y la separación por parte de los medios de comunicación de su función de noble información es uno de los factores que más pesan en este caos informativo y de criterio.
¿Seremos capaces algún día de cambiar nuestros paradigmas para aprender a lidiar con la abundancia?
De la escasez hemos pasado a la abundancia…
Y el problema es que todavía no sabemos gestionar esa abundancia que nos desborda y nos somete haciéndonos en gran medida esclavos de ella en lugar de sus beneficiarios. ¿Seremos capaces algún día de cambiar nuestros paradigmas para aprender a lidiar con la abundancia?
Sin darnos cuenta, nuestra sociedad ha pasado de vivir luchando contra la escasez de los bienes y servicios que realmente necesitamos para vivir a defenderse de la sobreabundancia y el exceso en forma de deseos, tentaciones hacia el consumo, inmediatez, tecnologías de apoyo, redes sociales y desde luego de ese nuevo miedo a perderse algo (FOMO) que llega a ser patológico. Esa sobreabundancia nos lleva hoy a protegernos del exceso de información (o desinformación) y de distracciones de un tipo y otro, así como a prevenir la incorporación de más y más necesidades de tipo social y de tipo tecnológico en las que sin darnos cuenta vamos cayendo sin demasiada consciencia de la total dependencia de todo lo que vamos incorporando a la esfera de nuestra vida. Se trata de dependencias de las que no podemos ya librarnos para nuestra supervivencia emocional u operativa.
En ese entorno de abundancia y de enorme eficiencia para la producción de los bienes y servicios que verdaderamente son necesarios biológicamente para vivir, nuestra maquinaria económica, empresarial y profesional no tiene más remedio que buscar su hueco para seguir vendiendo y prestando servicios con todos los medios a su alcance lo que provoca un fomento exacerbado de consumismo, creándonos nuevas necesidades. Solo creándonos nuevas necesidades a velocidad de vértigo se nos pueden seguir vendiendo productos o servicios, que los compramos no tanto por desearlos sino por habérsenos convertido en imprescindibles.
Los nuevos bienes, servicio y tecnologías, se presentan y comunican por las empresas como panaceas y ventajas competitivas o de exclusividad como si nos fueran a mejorar la vida distinguiéndonos de los demás. Pero la realidad es bien distinta, pues de forma prácticamente simultánea todos los de nuestros entornos se ven obligados a adoptar las nuevas tecnologías y adquirir los nuevos productos y servicios para no quedar desfasados, lo que nos coloca en una espiral de velocidad creciente que recuerda a los hámsteres dando vueltas a la rueda como locos dentro de su jaula.
Antes la maquinaria empresarial se dedicaba a satisfacer necesidades y producir bienes de larga duración, pero hoy se dedica a creárnoslas, casi imponiéndolas, y a programar la duración breve de los productos para sustituirlos. Comprendo que sea así pues es el resultado de vivir en un viejo paradigma, pero ¿no es un poco absurdo? ¿no sería mejor evolucionar hacia nuevos paradigmas para gestionar mejor la abundancia, la super productividad y la tecnología como progresos verdaderamente orientados al beneficio humano en todas sus dimensiones?
En definitiva, nuestra economía y nuestro desarrollo tecnológico precisan de nuestro consumo y constante renovación de unas y otras cosas y para ello se apoyan en nuestra ansiedad, deseo y dependencia de ellas. Emplean para ello todo tipo de trucos y formas que no llevan sino al creciente nivel de desasosiego y de enfermedades mentales. Y en esta espiral de búsqueda de riqueza, crecimiento, productividad y eficiencia se amenaza la pérdida de muchos empleos que más allá del dinero en forma de salarios para los trabajadores supondría la pérdida de una actividad digna para muchos para ganarse la vida y sentirse útiles, pues esa necesidad de sentirse útiles, aun de forma inconsciente, se encuentra muy presente en todos o la gran mayoría de personas.
¿Queremos vivir en un mundo muy eficiente, productivo y rico en el que con el trabajo de muy pocos todos puedan vivir muy bien? o ¿preferimos uno en el que con independencia de la cifra nominal de riqueza disponible todos puedan cubrir sus necesidades encontrando sentido en sus quehaceres diarios?
Con perspectiva histórica, alcanzado repentinamente el punto de inflexión de la escasez, las nuevas soluciones no son fáciles pues exigen nuevos paradigmas. Por ello Leon XIV con buen criterio ha indicado desde sus primeras intervenciones su preocupación por el hecho de que las tecnologías no estén a nuestro servicio, sino nosotros al servicio de ellas.
¿Seremos capaces algún día de cambiar nuestros paradigmas para aprender a lidiar con la abundancia?
¿Qué nos sigue motivando en un entorno de sobre abundancia?
Si ya informarse es difícil en un entorno de exuberancia informativa, mucho más lo es cuando los profesionales de la comunicación necesitan ganarse la vida con códigos y pautas de funcionamiento propios de una sociedad libre de mercado y sujetos a la competencia. La necesidad de comer y satisfacer sus necesidades biológicas y sociales los lleva, en gran medida, a transformar su función de proveer información por la de un difícil y pobre negocio de entretenimiento o de generación de confrontación, morbo, críticas exacerbadas, denigración, etc. pues son dichas vías a través de titulares explosivos, provocaciones, humillaciones…, las que provocan el atractivo de lectores y seguidores, procurándose con ello el sustento del profesional.
Este sistema competitivo y libre se convierte en perverso pues si bien casi todos criticamos las referidas malas prácticas, en realidad las premiamos e incentivamos al vernos atraídos por titulares explosivos, por el morbo, la crítica y otras lamentables formas de llamar la atención. ¿Dejaremos algún día de premiar, sacándo en el telediario, a quien rocía con aceite una obra maestra en un museo para reivindicar su causa?
Es cierto que no se puede arreglar todo con subvenciones, pues ello llevaría a la manipulación de la opinión pública y al sometimiento de los medios al poder, pero lo que sí quiero decir es que si no hubiera tanta competencia entre los medios y la necesidad asociada de sostenibilidad económica de los profesionales de la comunicación estos podrían dedicar y orientar sus esfuerzos a proveer una información veraz y completa a sus destinatarios para permitir que los ciudadanos opinaran con mayor criterio, integrando el análisis de cuestiones objetivas o datos con sus preferencias personales. La realidad, sin embargo, es bien contraria, resultando hoy sumamente difícil y en gran medida una tortura pretender tener información que no sea manipulativa, explosiva, cargada de sesgos o sencillamente falsa.
Hemos sacralizado el dinero.
Dice el Evangelio, y así lo creemos los cristianos, que Dios es Amor, pero Occidente parece haberse olvidado de Dios y sacraliza el dinero, el PIB y la productividad.
Fui educado en un entorno en el que parecía que ante un conflicto o dilema lo primero era respetar los principios. Hoy, sin embargo, cuando compiten los principios con lo útil y lo práctico esto último se impone. Cualquier medida o actuación que genere actividad económica e incremento del PIB atropella la protección de cualquier otro derecho, principio o tradición que entre en competencia. Sin saber porque hemos endiosado el dinero y nos cuesta ver que el dinero, la economía y el sistema empresarial son también meras herramientas que deberían estar al servicio de las personas y de la sociedad en general. En definitiva, hemos perdido un marco de referencia y de principios que sea sagrado y respetado en todo caso aun cuando en el corto plazo y con mirada corta no produzca frutos visibles. Los frutos de lo sagrado son el orden, la seguridad de criterio y la justicia pero no nos interesa verlos cuando hay otros que individualmente nos procuran un beneficio más visible y en el presente.
¿Hacia donde va una sociedad que no tiene un Dios que respetar por más inteligentes que sean sus gentes y más eficientes en la creación de riqueza y sometimiento de la naturaleza? ¿Quién les va a contestar el para qué de todos sus logros y quien va a llenar el vacío del más allá de los límites que la ciencia nos permite comprender?
Creo de hecho, que quienes con más inteligencia usan la razón y la verdad más pueden engañar a unos y otros cuando las intenciones no son rectas.
Más sentido común apoyado en principios y valores y menos reglamentos.
Sin duda, la razón es un instrumento y una capacidad que el ser humano ha recibido y que bien utilizada sirve para conseguir alcanzar los deseables bienes y objetivos perseguidos. Pero en el entorno descrito de abundancia y desmesurada competencia el uso de la razón e incluso la verdad como herramienta para la comunicación, no hace sino provocar confrontación y polarización con la búsqueda de intereses individuales. Creo de hecho, que quienes con más inteligencia usan la razón y la verdad más pueden engañar a unos y otros cuando las intenciones no son rectas.
Por ello, los problemas de sociedad no se arreglan con más razón pues ésta como he dicho es tan mentirosa como quien la esgrime. Tampoco se mejorarán los fenómenos que sufrimos con mucha más regulación y burocracia, pues estás generan molestia tras molestia, pérdida de libertad e ineficiencia sin conseguir proteger el bien que dio sentido a su promulgación. Son creadoras de complejidades administrativas, crecientes incomodidades y estúpidas cargas que supuestamente nos protegen, pero que llevan incluso hasta el absurdo de que, en la recepción de un hospital, por motivos de la ley de protección de datos, no den a un padre el número de habitación donde se encuentra tu hijo hospitalizado.
Aunque me cueste emocionalmente ver el lado positivo de la regulación, debo confesar que tengo pocas dudas de que con ellas nacen nuevas actividades profesionales para lidiar con las crecientes nuevas burocracias y ello contrarresta en alguna medida las pérdidas de empleo derivadas de la productividad, la automatización y la IA. La pena es que sea a costa de generar tanta molestia…
Por otra parte, en la trayectoria que seguimos se observa una evolución desde un estado de derecho hacia un estado del abuso de derecho, pues es fácil comprobar que los distintos agentes, políticos, empresarios, profesionales diversos y ciudadanos en general, buscamos acoplar nuestros comportamientos inaceptables bajo formas artificialmente acopladas en las leyes y reglamentos, viendo cómo de forma creciente se convive con tropelías jurídicas que se mantienen vivas, amparándose en defensas basadas en leyes y reglamentos procesales que no hacen sino contribuir a un degenerado fariseísmo, sin que la vergüenza social ponga precio a esas malas conductas. ¿No es sorprendente que a cambio de un pacto de gobierno se haya amnistiado a quienes estaban condenados en relación con el denominado proces y que todavía no haya pasado nada?
Por todo ello, sabiendo que al menos para los cristianos Dios es amor, es precisamente a Dios y a su amor, a quien necesita nuestra sociedad. Después de años y años de generalizado alejamiento y desprecio de Dios y de lo sagrado en la cuestión social, colocando por delante de él a los nuevos dioses del dinero, el éxito y la imagen necesitamos recuperar el amor regalado a cada uno de nosotros cada uno por Dios para contribuir con él y con nuevas actitudes amorosas a una regeneración del sentido colectivo e individual de nuestras vidas reafirmando los valores cristianos que han hecho de Europa, lo que ha llegado a ser. Debemos con intención y coraje evitar que mueran asegurando que los buenos principios y valores se imponen por encima de las conveniencias utilitarista que hoy sacrifican cualquier cosa en beneficio de los frutos cortoplacista.
Ahora necesitamos más que nunca a Dios porque solo de Él llegará la luz para arbitrar el conflicto o tensión entre la bondad, la compasión y la misericordia por un lado con lo útil y la riqueza material y financiera por otro. Pues solo con Él presente y siguiendo las enseñanzas de Jesucristo podremos transitar el siempre difícil camino para alcanzar un verdadero y profundo bienestar construido sobre una vida en plenitud con el máximo cuidado de la dignidad humana y el mayor respeto vivido de los valores cristianos.
Crítica a la condescendencia
Es hora por tanto de eliminar esa visión condescendiente de los cristianos y de considerarles débiles y poco inteligentes y para ello debemos salir del armario para mostrar sin ocultación, aunque con absoluto respeto de otras, cuales son nuestras creencias. Quienes nos consideramos y queremos ser buenos cristianos, no somos ni mejores ni peores que los que no lo son, pero reconociendo con humildad nuestras debilidades e imperfecciones pretendemos y nos gustaría llenar nuestras vidas del amor con el que Dios nos remoja cada día para compartirlo e impregnar con las nuestras acciones en el vivir de cada día. Sabemos que caemos también en los vicios y actuaciones sociales que en este artículo he descrito, pero al menos estamos convencidos de que, con coraje en la implantación de esas actitudes amorosas, avanzaremos en la sociedad hacia un mundo en el que más y más personas puedan desarrollar actividades dignas con un sentido o propósito personal.
Por tanto, no necesitamos los cristianos condescendía por ser débiles y menos inteligentes pues, aunque muchos podamos serlo, lo vivimos con la alegría de sabernos siempre queridos por Dios y regalados de su amor, lo que constituye el mejor alimento para la felicidad y plenitud para el camino de la vida.
Recapitulación con menos razón y más sabiduría
Disculpándome por la extensión de lo escrito, recapitulo con el orgullo y la alegría de saberme, lleno de los defectos que en este artículo denuncio, pero con la satisfacción de saber que es recta mi intención de despertar una mayor conciencia social sobre la importancia de crecer en autoconocimiento, recuperar el sentido común y despertar ante los fenómenos que nuestro nuevo papá ha denunciado. Ojalá nuestra reflexión pausada, la exigencia de sentido humano a nuestro progreso y desarrollo se conviertan en un compromiso de todos de recuperar los principios cristianos , no solo para declararlos sino para verdaderamente vivirlos. Ello será la única y verdadera guía o luz para alcanzar la indiscutible verdad. Me refiero a la verdad de Jesucristo quien, como muestra de sus rectas intenciones, entregó por amor su vida en una cruz.
Y para quienes no son cristianos, prestándoles igual respeto y para compartir con ellos mi suerte de creer en Dios, me gustaría invitarles a que bajen la guardia de la razón y abran el corazón para dejarse sorprender con el conocimiento de un Dios bondadoso, amoroso y sobrenatural a cuya comprensión no se accede sino a través de la mística y nuestro sentido e inteligencia espirituales.
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