Solastalgia: por qué cada vez hablaremos más sobre ella

Foto: Foter.com

Un día después de que dimitiera por sorpresa el ministro de Ecología de Francia, Nicolas Hulot, el verano pasado, en Internet se multiplicaron las conversaciones sobre la catástrofe medioambiental y la falta de esperanza que había llevado a alguien tan comprometido a renunciar a su cargo. Céleste, alumna de 5º de Primaria en una escuela de Bretaña, declaraba a Le Monde su terror a “estar muerta dentro de 15 años” si nadie hacía nada por parar el desastre.

El Centro de Investigaciones estadounidense Pew señala en su último informe de tendencias que el cambio climático ya es la primera preocupación de los ciudadanos, basándose en la encuesta realizada entre mayo y agosto de 2018 a 27.612 personas de 26 países. En Francia, donde el movimiento ecologista es un referente en Europa, en 2018 el 85% de los encuestados en un sondeo del organismo oficial Ifop se declaraba preocupado por el calentamiento global, 8 puntos más que en 2015. Entre los jóvenes, el porcentaje ascendía a 93%. Es una de las explicaciones del éxito de los partidos verdes en Europa, sobre todo entre quienes han votado por primera vez en los últimos cinco años.

Un neologismo se ha incorporado al debate: solastalgia. Viene del latín sōlācium (consuelo) y el griego -algia (dolor), y lo acuñó en 2003 el filósofo australiano Glenn Albrecht. Un académico activista que hasta hace cinco años fue profesor de Sostenibilidad en la Murdoch University en West Australia. Después decidió dejar su plaza para instalarse en una granja, observar las 140 especies de pájaros que le rodean y escribir. En oposición a la nostalgia, la melancolía por querer volver al hogar o a un lugar de procedencia perdido, la solastalgia evoca la ansiedad por la destrucción del medioambiente. Los psicólogos lo llaman la depresión verde y en el fondo es la exacerbación de una angustia que siempre ha existido en el movimiento ecologista. Recientemente, como tantas otras corrientes sociales, se ha convertido en tendencia por la hiperconectividad, tener más capacidad de construir relatos y hacerlos públicos.

La solastalgia aglutina (piensen en la estudiante sueca Greta Thunberg y en los Fridays for Future) y se nutre de un abanico de productos culturales: canales ecologistas como Partager c’est sympa, Climate Adam, Our Changing Climate… novelas y series eco-thrillers que hablan de ecoparálisis, el sentimiento de sumisión del ser humano ante la degradación imparable, la eco-nostalgia y el terror global. Habrá a quien le resulte exagerado, sacado de contexto, pero cada vez más narrativas pivotan en torno a cuestiones como: ¿Tiene sentido estudiar o trabajar? ¿Y procrear? ¿Podrán respirar mis descendientes si continúan degradándose la calidad del aire y las aguas? ¿Qué ocurrirá exactamente cuando la temperatura suba 4 grados centígrados?

Para el filósofo Clive Hamilton, uno de los mecanismos de autoprotección del individuo es mantener cierto grado de escepticismo ante “lo que hemos hecho padecer ya a la Tierra; de lo contrario estamos abandonando el principio básico de la modernidad: el progreso”. Conciliar ambos es la gran cuestión pendiente, como se ha visto en la última cumbre de la Unión Europea.

 

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