Sobre el fin del pensamiento “humano”

Ricardo Kleinlein

3 de febrero, 2026

Sobre el fin del pensamiento “humano”

Querido lector, forma usted parte de la última generación en la historia de la humanidad que concibe el acto de pensar como algo esencialmente humano, y no como un proceso compartido con máquinas.

Durante el último año pareciera que todos, empresas, naciones e individuos por igual, creyeran que la única forma de prosperar es aplastar a la competencia. Por ejemplo, en los últimos años el valor de mercado combinado de las principales empresas tecnológicas de Estados Unidos —las llamadas “Siete Magníficas” (Apple, Microsoft, Nvidia, Alphabet, Amazon, Meta y Tesla)— ha superado los 20,8 billones de dólares, una cifra que excede el producto interior bruto (PIB) anual de toda la Unión Europea [1]. Este dato no es anecdótico, sino que refleja una mentalidad en la que la velocidad, la escala y la concentración de recursos se tratan no solo como estrategias, sino como pruebas de éxito. La materia que nos ocupa, la Inteligencia Artificial (IA), se aborda desde ese mismo marco: como una carrera que hay que ganar, un terreno que hay que dominar y donde sólo puede quedar uno [2]. Pero se equivocan, y conviene entender el por qué: la IA no es sólo un hito científico-técnico, sino un cambio de paradigma en lo que concebimos como el pensamiento humano.

No seré yo quien niegue que la competencia pura y dura produce resultados. Recompensa la eficiencia, ofrece incentivos claros y acelera la toma de decisiones. Cuando la pregunta principal es quién gana ahora, los egos se satisfacen y las metas son claras, sí, pero también se estrecha el horizonte para imaginar otros escenarios. La colaboración es más lenta, menos visible y sus resultados rara vez atribuibles a un único actor. Lejos de ser un fenómeno de índole económica, o siquiera humana, esta dicotomía entre competencia y colaboración se remonta a los primeros momentos en los que la vida empezó a surgir en nuestro planeta. A lo largo de los eones en que la vida se ha desarrollado, el progreso no siempre surgió porque los organismos se convirtieran en mejores adversarios, sino porque aprendieron a mantenerse juntos sin colapsar. Lo decisivo en esas transiciones no fue la optimización a corto plazo, sino la integración: capacidades distintas, antes separadas, pasando a formar parte de un único sistema funcional. El resultado fue una expansión repentina de lo que la vida podía ser, no solo de lo eficientemente que podía sobrevivir un organismo. Tan radical fue el producto de estas simbiosis, que la última vez que algo comparable sucedió, la historia de la Vida se transformó tan radicalmente que dio origen a todo animal y planta que alguna vez haya existido.

Esto es algo que comprendimos gracias a Lynn Petra Alexander (1938–2011), comúnmente conocida como Lynn Margulis. Si hubiera que definirla con una palabra, probablemente debiéramos elegir el adjetivo “independiente”. Fue una niña precoz, intelectualmente temprana y con una rebeldía natural contra cualquier status quo en que se viera inmersa: tanto en el aula como en la sinagoga (pues siempre renegó del judaísmo con el que creció). Fue aceptada en la Universidad de Chicago a la edad de quince años, y tras su paso por Wisconsin y California recaló en Boston, Massachusetts, como residencia hasta su fallecimiento en 2011. Aún siendo estudiante, a los diecinueve años, se casó con Carl Sagan (1934–1996), entonces un compañero de posgrado. Mientras desarrollaba su investigación junto a él, Margulis tuvo dos hijos, algo al alcance de pocos estudiantes de doctorado incluso a día de hoy [3]. De otro matrimonio tendría otros dos hijos más adelante, todo ello mientras mantenía una carrera científica activa. En una cultura académica construida sobre trayectorias lineales y la postergación de los hitos personales, ella no siguió ninguno de los guiones previstos. Para más señas, por entonces la biología parecía un campo asentado. La vida parecía seguir un patrón claro, sencillo. La evolución se explicaba mediante la maquinaria constante de la selección natural: variación, competencia y filtrado. La imagen dominante era ordenada y jerárquica. La complejidad emergía lentamente, por acumulación. El marco funcionaba bien, tan bien que pocos sentían la necesidad de cuestionarlo. No obstante, Margulis encontró la forma de desafiar, de nuevo, al poder establecido.

¿Y si las células complejas no fueran el resultado de un ajuste cada vez más fino, sino de una fusión repentina? ¿Y si la evolución, en ocasiones, avanzara no mejorando lo existente, sino uniendo seres en previa competición y observando si podían mantenerse juntos?

Observó que dentro de las células de plantas y animales algunas estructuras parecían no comportarse como componentes ordinarios de las células eucariotas que ocupaban a la mayoría de los biólogos de la época. No podía evitar cuestionarse cómo podía ser que las mitocondrias y los cloroplastos, aún indispensables para la célula (en animales y vegetales, respectivamente), mostrasen tantos atributos de autonomía: poseían su propio ADN y se replicaban de forma independiente. De hecho, se parecían a bacterias. Y no como metáfora, sino en sentido literal. El enfoque darwinista no terminaba de dar las respuestas necesitadas. No es que fuera imposible que las células hubieran desarrollado a lo largo de millones de años estas estructuras, pero ¿y si habían llegado completas? ¿Y si las células complejas no fueran el resultado de un ajuste cada vez más fino, sino de una fusión repentina? ¿Y si la evolución, en ocasiones, avanzara no mejorando lo existente, sino uniendo seres en previa competición y observando si podían mantenerse juntos?

El artículo en que presentó estas ideas, On the Origin of Mitosing Cells [4], fue rechazado por casi quince revistas científicas antes de publicarse en 1967. La comunidad científica reaccionó con la inercia habitual de los sistemas consolidados: resistiendo una propuesta que obligaba a reorganizar su marco explicativo. Sin embargo, Margulis siguió trabajando, enseñando y refinando sus argumentos. Con el avance de la biología molecular, la evidencia se acumuló: los análisis genéticos mostraron que las mitocondrias y los cloroplastos presentaban firmas bacterianas inequívocas. Lo que antes parecía poco verosímil se tornó en evidencia [5]. Fue elegida miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos en 1983, se convirtió en profesora distinguida y recibió la Medalla Nacional de la Ciencia. El universo no está exento de cierta ironía: las ideas de Lynn Margulis pasaron a formar parte integral y fundamental (como las mitocondrias y cloroplastos en las células) de una estructura que la rechazó al inicio por considerarla ajena.

En este punto podemos entender mejor la relación entre el proceso de simbiogénesis propuesto por Margulis y la IA. Si la historia de la vida sugiere que los cambios más decisivos no provienen de la mera sustitución o mutación, sino de la reorganización, debemos interpretar que cuando se integran nuevos elementos en un sistema, lo importante no es que sean superiores, sino que alteren las relaciones internas. Las células no abandonaron su maquinaria al incorporar mitocondrias y cloroplastos; en su lugar, se reorganizaron en torno a nuevas capacidades metabólicas, lo que abrió la puerta a formas de organización cada vez más complejas. Con el tiempo, estas “sociedades celulares” dieron lugar a organismos como usted y como yo, conscientes de nuestra propia existencia. ¿Adónde puede llevar la siguiente gran asimilación?

Esta es mi propuesta: las sociedades humanas no son células, cierto, pero la cognición también puede entenderse como un sistema distribuido entre individuos e instituciones. Durante la mayor parte de nuestra historia, los límites del pensamiento estuvieron marcados por la biología y por nuestra capacidad de almacenar y distribuir el conocimiento. La inteligencia artificial entra aquí no como una nueva mente, sino como un nuevo componente: uno que almacena, recupera y recombina información a una escala inédita. No digo con ello que la IA sea inteligente en un sentido humano, ni tampoco que se le deba otorga intención alguna. Tampoco una mitocondria es igual que la célula que la contiene. Su relevancia está en otro lugar: cambia la forma en que el pensamiento se distribuye. Externaliza memoria, acelera el reconocimiento de patrones y reduce el coste de manejar la complejidad. No estamos ante una contienda entre humanos y máquinas, sino ante una forma de complementariedad. Los humanos aportan significado y rumbo; la IA aporta escala y formalismo. Juntas forman un sistema compuesto, imperfecto, pero potencialmente más capaz que cualquiera de sus partes por separado.

Como en la biología, esta integración es una apuesta. Puede fracasar. Puede volverse frágil o extractiva. No garantiza felicidad ni éxito, solo presenta posibilidades. El destino de nuestras sociedades dependerá de cómo aprendamos a mantener el sistema unido sin que colapse. La última vez que un proceso así tuvo éxito, la vida se transformó de manera irreversible. Si algo parecido está ocurriendo ahora en el ámbito del pensamiento, entonces no estamos simplemente adoptando una nueva tecnología. Estamos participando en una transición cuyos efectos solo serán visibles con el tiempo, y que, como las anteriores, dependerá menos de la dominación que de nuestra capacidad para integrar tecnología y valores humanos.

 

Referencias

[1]: Euronews. (2025, 4 de octubre). Magnificent Seven surpass EU GDP: Is this a tech bubble warning?

[2]: Bostrom, N. (2014). Superintelligence: Paths, dangers, strategies. Oxford University Press.

[3]: Mahabir, B., Swain, S., Hernandez, J., & Cheung, H. K. (2023). Changing times, changing resources: Starting a family as a graduate student. Industrial and Organizational Psychology, 16(2), 242–247

[4]: Margulis, L. (1967). On the origin of mitosing cells. Journal of Theoretical Biology, 14(3), 225–274.

[5]: Alberts, B., Johnson, A., Lewis, J., Raff, M., Roberts, K., & Walter, P. (2002). The endosymbiotic theory. In Molecular biology of the cell (4th ed.). Garland Science.

Ricardo Kleinlein

Post-Doctoral Research Fellow. Brigham & Women’s Hospital, Harvard Medical School. Amigo Foro de Foros

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