Un profesional de 50 años no puede competir en el mismo terreno laboral que otro de 25. Reconocerlo es justamente su gran ventaja

“Una de las principales cosas que enseño a mis estudiantes en la Harvard Business School es que lo que piensas ahora mismo no es lo que pensarás más adelante. Las cosas que quieres no son las que querrás en el futuro. Tus habilidades cambiarán. Tus puntos de vista cambiarán. Las cosas que te importan cambiarán, y eso es bueno y eso es saludable. Tener ese tipo de flexibilidad es fundamental”, explica el científico social Arthur C. Brooks en una entrevista a NPR.

Lo que en realidad enseña Brooks a sus alumnos es que nuestro abanico de inteligencias evoluciona con el paso de los años. Parece evidente, pero muchas veces no reparamos en ello, y nos frustramos. A veces incluso caemos en depresión. Con la edad apreciamos cosas distintas, se nos dan bien cosas distintas y hasta nos relacionamos con personas distintas precisamente porque nuestro cerebro es un molde que se adapta al paso del tiempo. Justo es lo que Brooks señala: para ser felices en la segunda mitad de nuestra vida debemos explotar las nuevas virtudes y asimilar con normalidad lo que hemos perdido. Este ejercicio es especialmente valioso en el ámbito laboral.

Resulta pues fundamental aplicar en cada momento el tipo de inteligencia adecuado, que consiste en dos grandes conjuntos. El primero es la llamada inteligencia fluida, que nos da la habilidad de resolver problemas, dar con las claves precisas para mejorar, innovar más rápido y concentrarte profundamente. Esta inteligencia alcanza su pico en los primeros estadios de nuestra carrera laboral. “Es tu ‘cerebro Elon Musk’, que se incrementa a lo largo de la veintena y hasta bien entrada la treintena”, dice Brooks. “Pero entonces tiende a declinar a lo largo de los 40 y los 50, lo que significa que debes moverte al segundo tipo de inteligencia, que se incrementa en los 40, los 50 e incluso los 60, y que permanecerá alto hasta el final de la vida”. Es la llamada inteligencia cristalizada: la sabiduría, la habilidad de recopilar la información que está en nuestra biblioteca mental para enseñar mejor, para explicar mejor, para formar mejores equipos. “En otras palabras”, concluye el científico, es una inteligencia que nos permite “no responder a las preguntas que formula otro, sino formular nosotros las preguntas adecuadas”.

Reconocer y explotar la inteligencia cristalizada en la madurez es clave en una economía y una cultura que rinde culto a la juventud. Empresas e individuos tienden a sobreestimar la importancia de la inteligencia fluida y menosprecian la inteligencia cristalizada. Es el célebre estigma del edadismo. Brooks desarrolla esta tesis en su ensayo más reciente, De fortaleza a fortaleza: encontrando el éxito, felicidad y propósito profundo en la segunda mitad de la vida (Portfolio, 2022). Hay sentencias demoledoras como esta: “Las empresas necesitan contratar a gente de más edad en los puestos de liderazgo. Para impulsar una innovación y un éxito duradero, más que innovación, se necesita sabiduría”.

Cuántas empresas se estancan o se van a pique una vez consiguen despegar gracias a una idea brillante porque no han practicado una toma de decisiones sensata tras el éxito. Porque no han valorado (o directamente han despreciado) la posibilidad de incluir a líderes de 50 ó 60 años en sus jóvenes e impetuosos equipos. Líderes que, entre otras cosas, ya han incurrido en los mismos errores una o más veces en el pasado, y justamente conocen las señales de alarma.

La inteligencia fluida y la cristalizada han sido catalogadas y ampliamente estudiadas desde hace más de medio siglo. Los principales investigadores sociales descubrieron que ciertas habilidades, como el análisis y la innovación, tienden a aumentar rápidamente en la juventud temprana y luego decaen a lo largo de la treintena y la cuarentena, cuando se consolidan otras destrezas. En su ensayo Habilidades: su estructura, crecimiento y acción (1971), el psicólogo inglés Raymond Cattell lo analiza de forma pionera. En un estudio más reciente realizado en 2008 para el Journal of Psychoeducational Assessment, los psicólogos Alan Kaufman y Cheryl Johnson formaron nueve grupos de entre 22 y 25 años y de entre 81 y 90 años para evaluar su inteligencia fluida, su inteligencia cristalizada, su conocimiento cuantitativo, su escritura y su lectura. Concluyeron que las habilidades más vulnerables al paso de la edad son el conocimiento cuantitativo, la escritura y la inteligencia fluida, y que justo esta última era la que retrocedía con más fuerza. Resultados similares se aplicaban en hombres y mujeres.

Así, el camino hacia la felicidad y la realización personal superado el ecuador de nuestra carrera laboral pasa por apartarnos de aquellas actividades que favorecen a los llamados ‘strivers’ (personas ultra competitivas, impetuosas, que ansían aumentar su estatus social y su potencial económico rápidamente), y que suelen ser sobre todo jóvenes talentos con su inteligencia fluida en su máximo esplendor (ágiles, creativos, disruptivos), y explotar nuestra inteligencia cristalizada, que nos permite valorar una situación compleja, tomar decisiones sensatas y sacar lo mejor de equipos de profesionales diversos.

Con este fin, la Universidad de Harvard ha lanzado la Advanced Leadership Initiative (ALI), un programa académico que pretende explotar el potencial de líderes experimentados de cualquier disciplina para ayudar a resolver los desafíos sociales más urgentes. Durante un año, Harvard facilita a estos profesionales acceder a instituciones públicas y privadas de todos los ámbitos para hacer propuestas, resolver problemas y contribuir al desarrollo social.

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