Revitalizar la política

Revitalizar la política

Revitalizar la política

Una de las cuestiones más urgentes es premiar los buenos argumentos, vengan de quien vengan, por encima de nuestras filias y fobias. 

Boris Johnson se está saliendo con la suya sin atajar cuestiones claves del Brexit. Parece habérsele olvidado el diálogo en el momento de cambio más radical que está experimentando su país en décadas. Donald Trump ya no habla de la deuda estadounidense. En lugar de plantear propuestas para combatir el paro, hace meses que optó por culpar a China. En México, López Obrador toma decisiones que sorprenden a sus colaboradores, estirando los marcos legales. La portada de septiembre de la revista hispanomexicana Letras Libres muestra dos brazos desnudos librando un pulso. Uno lleva escrita la palabra “liberal”, el otro, “conservador”. En páginas interiores, se critica que AMLO hable de esos dos términos por lealtades políticas más que por rigor histórico.

Revitalizar la política
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Los anteriores son ejemplos de degeneración democrática. Así es el populismo, la ideología que evita los argumentos y apela al instinto, la desconfianza, el miedo y el descrédito del adversario. A menudo esgrime argumentos falsos y oculta datos.Todos esos mandatarios minimizaron la pandemia en su día. Con el tiempo han tenido que retractarse, aunque en casos como el de Trump la confrontación con los investigadores sigue viva.

Más que nunca dependemos de científicos y expertos para avanzar, obtener respuestas y aplacar la incertidumbre. La incógnita es si saldrá ganando la política frente al frentismo y el negacionismo.

Simon Kuper escribía recientemente en el Financial Times que cuatro años después del auge del populismo, mandatarios como Trump o Johnson se encuentran en una encrucijada: o bien se convierten en guerreros a tiempo completo, es decir, abandonan toda pretensión de hacer política, o deberán reconvertirse en líderes tradicionales de partidos aburridos.

No hay más que ver algunos telediarios y asomarse a las redes sociales: la emoción se impone a menudo a los argumentos. Nos cuesta ver la virtud en el consenso. El sociólogo del CSIC, Luis Miller, asegura que vivimos en un puro alineamiento emocional irreflexivo. A menudo criticamos el populismo como tal, pero en la práctica toleramos un razonamiento y el contrario con tal de que provenga del partido con el que nos identificamos. “Las emociones desbordan y generan desorden, pero son más moldeables que hablar de millones en los Presupuestos Generales del Estado”, escribe Jesús Montesinos en La Vanguardia.

A la política en Occidente le desbordan los retos: la polarización, la tiranía de la inmediatez, la fragmentación hacia el interior de cada bloque ideológico. Una de las cuestiones más urgentes es premiar los buenos argumentos vengan de quien vengan, por encima de las filias y las fobias.

¿Seremos capaces de cuestionar incluso a los nuestros? 

 

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