Repensar Internet

Las nuevas generaciones de Silicon Valley tratan de potenciar el lado más beneficioso de una herramienta que ha cambiado el mundo.

Algo pasa cuando cada vez más pioneros de Internet proponen desengancharse o pretenden fomentar la conciencia de los usuarios sobre los riesgos de estar permanentemente expuesto. Justin Rosenstein, uno de los ingenieros informáticos que crearon el famoso pulgar de Facebook para que el usuario diera su aprobación a los contenidos, hoy reniega del cariz que ha cobrado su invento. Él es uno de los nuevos apóstoles que exigen ponerle límites a las aplicaciones y las empresas que ellos mismos inventaron.

Hace una década, el experto en tecnología Nicholas Carr escribió un artículo the The Atlantic titulado precisamente ‘¿Nos está haciendo Google más estúpidos?’. Partía de una evidencia personal: cada vez le costaba más retener lo que leía, sentía dispersarse por momentos.

No existe evidencia científica de que Internet nos haya convertido en seres más inteligentes ni tampoco más tontos. La Red es algo tan amplio que no tiene sentido hablar de sus efectos de forma genérica, del mismo modo que no puede compararse un juego adictivo de azar con un documental sobre plantas. Herramientas como Facebook han conectado a millones de personas, pero también han influido directamente en la polarización de conflictos. Según la ONU, la red de Mark Zuckerberg contribuyó al odio y la masacre de miles de rohingya en Myanmar.

Estos escándalos han pasado factura en Silicon Valley, un ecosistema único donde nacieron los gigantes tecnológicos más poderosos del mundo. En Stanford, una de sus mayores canteras (de allí salieron los creadores de Google, Netflix, y hasta 6.000 compañías del sector punteras en innovación), inevitablemente han hecho mella escándalos como el de Cambridge Analytica o el de la injerencia rusa en varios procesos electorales. Muchos estudiantes que habían visto en Facebook o Twitter su meta profesional reniegan hoy de semejante acumulación de poder en unas pocas empresas o de su neutralidad.

Algunas jóvenes promesas ya no solo aspiran a entrar en Uber o Alphabet, sino que se plantean cómo construir un Internet más amable. En los eventos de programación e innovación no faltan paneles sobre los dilemas éticos que afectan a las redes sociales. Han nacido organizaciones como CS + Social Good en las que los jóvenes quieren mirar más allá de Apple y Google, deconstruir los algoritmos hasta entenderlos y manejarlos, y desarrollar otros proyectos sobre bases legales y éticas reforzadas.

Es tiempo de que se unan dos especies históricamente enfrentadas: los amantes del código puro y duro, o techies, y los de humanidades y ciencias sociales, los fuzzies.

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