Radiografía del fracaso escolar

Los varones de entornos vulnerables tienen muchas más probabilidades de abandonar la educación básica. Evitarlo empieza por el propio hogar y por invertir bien los recursos públicos

Distintos estudios en el campo pedagógico y psicosocial afirman que ser varón y proceder de un entorno socioeconómico bajo dispara las posibilidades de fracaso escolar. Esta conclusión no es particularmente rompedora, pero confirma una realidad incómoda, que pone en jaque uno de los pilares de nuestro estado de derecho: la igualdad de oportunidades de todo ciudadano para prosperar en la sociedad. Presuponer que no existen los techos de cristal sería ingenuo, o pensar que el hijo de una familia adinerada tiene las mismas cartas en el juego de la vida que el hijo de un obrero. Pero palparlo en evidencia estadística es crudo y nos alarma. El ascensor social está averiado y empieza a fallar desde el propio estamento educativo.

El estudio Fracaso escolar en España: ¿Por qué afecta tanto a los chicos y alumnos de bajo nivel socioeconómico?, elaborado por el Centro de Política Económica (EcPol) de Esade, analiza las causas de un hecho preocupante: España ostenta la segunda tasa de abandono escolar temprano más alta de la Unión Europea, sólo por detrás de Rumanía. Según datos oficiales del año 2021, el 13,3% de los jóvenes españoles de entre 18 y 24 años no había completado la educación secundaria y no seguía ningún tipo de formación. El dato es aún más grave si nos fijamos solo en los varones: un 17% había abandonado la educación básica el año pasado, el peor dato de todo el continente.

El estudio de Esade concluye lógicamente que para revertir este problema hay que focalizar la intervención en los varones y particularmente en los de entornos socioeconómicos bajos. Estos niños admiten una gran insatisfacción con la escuela e invierten menos horas en hacer deberes que el resto de alumnos, ya sean niñas u otros niños de entornos más favorecidos. “Un mayor apoyo parental y una mayor satisfacción en la escuela podrían reducir hasta un 30% las brechas de género en la repetición” de curso, sostienen los autores Jenifer Ruiz-Valenzuela y José Montalbán Castilla. La diferencia entre un estudiante de nivel socioeconómico bajo y otro de nivel alto en 3º de Primaria es de 58% de la desviación estándar (DE) en matemáticas, y del 55% de la DE en lengua. Estas diferencias son el equivalente a casi dos años de escolarización, indica el estudio de Esade.

España, no obstante, invierte más recursos en educación que otros países con mayor éxito escolar. Según datos de Unesco de 2015, el gobierno español gastó el 9,8% de sus recursos en educación, por delante de Francia, Croacia o Luxemburgo. En total, siete países invirtieron menos. No es para tirar cohetes, pero desde luego es mejor que ese descalabro en el resultado final.

Ruiz-Valenzuela y Montalbán proponen cuatro iniciativas para los centros educativos: incrementar las tutorías individualizadas y el apoyo académico, reforzar el apoyo parental a estos chicos, mejorar la orientación académica y, como propuesta novedosa, tener más diversidad entre el profesorado en las escuelas. Esto significa tener a más hombres dando clase y mayor variedad cultural, social y étnica, con el fin de que estos chicos encuentren referentes positivos en el profesorado, pues a día de hoy los encuentran fundamentalmente fuera. 

La escasez de hombres en el rol de maestro ha pasado de ser una tendencia a suponer un perjuicio. Los niños varones valoran tener a un hombre como referente, con quien sienten mayor proyección que con las profesoras. En España casi un 100% de los docentes de Infantil, un 82% de Primaria y un 62% de Secundaria son mujeres. “Una mayor diversidad de género y de raza podría ayudar a reducir el nivel de fracaso escolar de los dos grupos de estudiantes más afectados: chicos y estudiantes de bajo nivel socioeconómico. Varios estudios han mostrado evidencia de que tener a un profesor de tu misma identidad afecta positivamente al rendimiento académico”, afirma el estudio de Esade.

Tampoco la biología ayuda a reducir esta brecha de género. Recientes ensayos neurocientíficos concluyen que el control de los impulsos entre los varones jóvenes es mucho menor que entre las féminas. La brecha es remarcable. Un ensayo publicado en el Journal of Youth and Adolescence (Revista de Juventud y Adolescencia) en 2014 sostiene que un varón alcanzará a los 25 años el control de la impulsividad que la fémina ya tiene a los 10 años. Y eso en edad infantil y adolescente es una losa más en el riesgo de fracaso escolar entre varones vulnerables.

En Estados Unidos, las élites económicas y culturales llevan unos años aplicando una receta muy poco ortodoxa, que sin embargo está seduciendo a un número creciente de familias y cuenta con el aval de reputados pedagogos y neurocientíficos: esto es escolarizar a los varones un año más tarde. Que los varones inicien P3 a los 4 años y así correlativamente. El objetivo es que alcancen la madurez necesaria para aprender y progresar, algo que, al parecer, no coincide con el actual calendario formativo.

Este movimiento se popularizó en 2018 con la publicación de Outliers, del ensayista y sociólogo Malcolm Gladwell, en el que expresaba las bondades de retrasar un año la etapa escolar de los varones. En muchas escuelas privadas de Estados Unidos ya existen dos fechas de corte para iniciar la escuela, una para las niñas y otra para los niños, y los estudios que les respaldan sostienen que no existen perjuicios para ellas ni para ellos. Al contrario, las niñas parecen más satisfechas de compartir aula con niños más maduros. Sin duda, es un planteamiento educativo tan interesante como controvertido.

La buena noticia es que los malos estudiantes no lo son, en su gran mayoría, por carencias cognitivas, sino que la causa es su escasa motivación y la alienación con la escuela. Las chicas invierten más horas en hacer los deberes, faltan menos a clase de forma injustificada y manifiestan una mayor satisfacción con la escuela. Tan sencillo y tan difícil de abordar como eso. 

Como siempre, reforzar académica y emocionalmente a los alumnos socialmente desfavorecidos requiere una inversión de recursos públicos que, con los menguantes presupuestos educativos, no se puede ejecutar de un día para el otro. El diagnóstico del fracaso escolar español está bastante claro en sus líneas generales, y eso es un punto de partida positivo. Los datos también confirman que el apoyo parental en la vida escolar de los niños y niñas es fundamental para reducir el fracaso escolar, y eso es algo que no depende del presupuesto público, sino de nuestra propia voluntad individual.

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