Se cumplen diez años del CRISPR, una herramienta que edita el ADN de cualquier organismo. Urge pactar una frontera ética sobre la manipulación de embriones humanos.

El nacimiento de la oveja Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, sacudió la comunidad científica en 1997. Fue un avance excepcional que abrió un acalorado debate sobre los límites de la ciencia. Por primera vez la gente de a pie debatió sobre bioética. Veinticinco años después, el ‘caso Dolly’ parece el vestigio de un pasado remoto, pero sus dilemas son más urgentes que nunca. 

La genómica ha avanzado de manera exponencial, al punto de que ya puede hacer realidad aquellos debates futuristas de hace 25 años: ¿es bueno para la humanidad diseñar animales y seres humanos con rasgos y atributos a la carta? ¿Es ético decidir tener un hijo varón o seleccionar su nivel de inteligencia? ¿Es positivo editar un embrión en un laboratorio para reparar genes problemáticos o para que sea inmune a infecciones? Desde el año 2012, todas estas preguntas no son disquisiciones metafísicas, sino opciones reales. 

Se cumple justo una década desde que las investigadoras Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier publicaron en la revista ‘Science’ los resultados de sus experimentos con el CRISPR, una herramienta con la que se puede editar de forma sencilla y barata el ADN de cualquier organismo. Doudna y Charpentier replicaron un mecanismo de autovacuna de las bacterias, por el cual cortan y eliminan el ADN de aquellos virus que ya las infectaron en el pasado. Las investigadoras lograron manipular a su antojo esas tijeras genómicas para cortar e inactivar genes del ADN de un ser vivo, o para introducir moldes con los que editar sus ‘letras’ a voluntad. El descubrimiento les valió el premio Nobel de Química de 2020.

Lo que hace auténticamente revolucionario al CRISPR, algo capaz de “cambiar una época” según el comité de los Nobel, es lo sencillo, barato y fiable que es. Previamente, editar genes era una labor altamente impredecible y costosa. El CRISPR ha permitido a docenas de científicos en todo el mundo manipular ADN para fines clínicos y comerciales. Los biólogos moleculares lo utilizan para detectar vulnerabilidades escondidas en las células cancerosas o en los genes que causan enfermedades hereditarias. También para editar el gen que aumenta el colesterol con el fin de mantenerlo a raya, como está haciendo un equipo pionero en Nueva Zelanda, avance que salvaría decenas de millones de vidas al año en todo el mundo. 

También se están editando células inmunitarias para que ataquen los tumores con mayor agresividad. Hay varios equipos de primer nivel experimentando con las células cancerosas, y sus descubrimientos pueden dar un vuelco al impacto de los tumores sobre la salud humana. El CRISPR pone sobre la mesa el anhelo hasta ahora irreal de tener una vida extremadamente longeva y de calidad.

No solo eso. Los botánicos usan la tijera genómica para cultivar tomates más nutritivos, o para hacer bananas resistentes a la sequía, o para que la soja consuma menos agua y fertilizantes. Se estudia la genómica de las garrapatas para tratar de que no transmitan enfermedades crónicas a ganado y a humanos, o para que los mosquitos no transmitan la malaria. Esto, que a priori es fabuloso, tiene una segunda lectura que nos lleva a plantearnos los riesgos ecológicos de manipular plantas y animales y las posibilidades que abre para el bioterrorismo o el terrorismo industrial. La primera alerta roja sonó en 2018, cuando el biofísico chino He Jiankui editó un gen en embriones humanos para hacerlos resistentes al VIH. Fue condenado a tres años de prisión por “prácticas médicas ilegales”. Nada se sabe de la salud de esos tres niños.

 

No obstante, los expertos advierten de que es solo cuestión de tiempo que genetistas de todo el mundo fabriquen seres humanos a la carta. De nuevo lo fascinante se entremezcla con lo aterrador. Parece un avance evolutivo: corregir una alteración genética y su enfermedad en todas las células futuras del individuo y sus descendientes mejora la calidad de vida de esas personas. Pero esto, llevado a gran escala, implicaría entrar en la eugenesia, y sus efectos serían impredecibles. “Es algo muy profundo, tenemos una herramienta que se puede usar para controlar la evolución humana”, dijo años atrás Doudna en entrevista con la agencia Sinc. “La era de la edición genética no está llegando. Ya está aquí”, ha señalado el biólogo de Harvard David Liu. 

¿Está la población preparada para comprender y gestionar este escenario? Françoise Baylis, experta en bioética en la Universidad de Dalhousie en Canadá, cree que no, y advierte sobre el lado oscuro de una herramienta tan potente. “Soy escéptica sobre la profundidad de entendimiento de lo que hay en juego. Existe una diferencia entre hacer a las personas mejores y hacer mejores personas”.  Porque no nos engañemos, el dilema ético más espinoso acerca del CRISPR es cómo las futuras generaciones utilizarán esa tecnología para alterar embriones humanos. En una era de auge del populismo, el identitarismo y los regímenes iliberales, da escalofríos pensar en cómo se pueden replicar con tecnologías del siglo XXI esquemas de pensamiento y selección humana del siglo XX.

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