Pandas y colibríes: ¿quién decide en el mundo digital?

La comunicación entre las personas y el intercambio de ideas es, cada vez más, un flujo controlado por unas pocas empresas estadounidenses.

Twitter, Google y Facebook imponen su ley en el mundo digital y, por ende, en el real. Sus algoritmos filtran, con fórmulas secretas, qué publicación y de qué amigos se muestran en las redes sociales; resaltan unos resultados y ocultan otros cuando realizamos búsquedas en Internet; y promocionan las formas más radicales de ver la actualidad frente a otras más sosegadas.

Twitter, por ejemplo, no enseña simplemente los tuis de los usuarios a los que sigue una persona en orden cronológico inverso. Un algoritmo secreto decide, en función de parámetros poco conocidos, a quién se destaca sobre los demás. Cuando se sigue a 500 o 1.000 personas, el efecto es que el grueso de los post permanece oculto al usuario, mientras que el algoritmo destaca los de un selecto grupo de privilegiados. Normalmente, se favorece a aquellos a los que anteriormente se ha dado “me gusta”, se ha “retuiteado” o sobre los que se ha hecho algún comentario. De esta forma se produce un efecto bola de nieve que elimina el descubrimiento y genera lo que ya se conoce popularmente como caja de resonancia o cámara de eco. Simplificando, si se es de derechas y se interactúa con gente de derechas, Twitter ofrece a más a gente de derechas y uno se hace cada vez más ajeno a las ideas y las razones de la izquierda. Y a la inversa. El centro se ve penalizado.

El algoritmo fomenta el histrionismo ideológico y las frases gruesas, o las respuestas ingeniosas destinadas a ofender y dar una lección a alguien. Esto es fácil de comprobar. Cualquier frase aguda de un tertuliano consigue miles de reacciones en un instante. Mientras, las cuentas de medios de comunicación (da igual si tienen millones de seguidores) suscitan solo unas pocas interacciones en cada uno de los post con titulares asépticos y artículos elaborados. El clamor popular se retroalimenta con la intensificación producida por el algoritmo; la zafiedad corre como la pólvora.

Ante las críticas de los usuarios, Twitter ha comenzado recientemente a permitir desactivar parcialmente su algoritmo. Basta ir a la configuración y desmarcar el “mostrar los mejores tuits primero”. Se volverá a recibir todos los tuits en orden, sin selección. En Facebook, algo parecido se puede hacer seleccionando las noticas “más recientes”. Pero esto es algo que pocos usuarios conocen. En general, es la empresa de Mark Zuckerberg la que decide si presenta al usuario el post de un medio de comunicación u otro, o la noticia de un amigo u otro. Lo hace, entre otras variables desconocidas, en función de la popularidad de ese post o de ese amigo. Este criterio editorial suele dejar fuera los contenidos más pesados o sesudos frente a otros que atraen interacciones fáciles.

Google selecciona qué resultados ofrece, primero en función de una serie de algoritmos (bautizados con nombres de animales como Panda, Pingüino, Colibrí, Paloma) cuyas reglas nadie conoce en detalle. Penaliza a unos medios de comunicación frente a otros en función de cómo se adhieren a unas normas de estilo periodístico y de redacción que se deciden en California y que, además, solo se hacen públicas en parte. Es fácil escuchar historias de periódicos digitales a los que la máquina descataloga sus informaciones, relegándolas a las últimas páginas del buscador.

Por otro lado, las empresas con suficiente poder económico como para construir una buena “red de enlaces” aparecen primero en las búsquedas orgánicas, mientras otras desaparecen del mapa digital. “Google ha pasado a ser la empresa de gestión de datos y de publicidad de todos los tiempos, y como efecto colateral se han convertido en la herramienta de control más poderosa de todos los tiempos”, asegura en Papel Enric Puig Punyet, autor de La Gran Adicción (Arpa).

Los algoritmos tienen un poder blando descomunal. Influyen en las elecciones, en las revoluciones, en los ingresos de las empresas, en las relaciones sociales… Sin embargo, viven ajenos a cualquier regulación. Esto podría cambiar en breve: se acerca, según estudios como la gran encuesta entre medios digitales Digital News Report de Reuters, una oleada de regulación en las plataformas digitales. ¿Tocarán también la trasparencia de los algoritmos?

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