Otra forma de mirar la incertidumbre

Otra forma de mirar la incertidumbre

Otra forma de mirar la incertidumbre

Manifestaciones, vuelcos electorales, crispación política con implicaciones jurídicas, toques de queda… son ingredientes que se añaden a la incertidumbre sanitaria, económica y política con la que llevamos lidiando más de medio año. Las predicciones van saltando por los aires y la sensación de muchos ciudadanos es que vamos avanzando entre los acontecimientos sin asideros a los que agarrarnos. ¿Cuándo se considera que lo pasajero se ha transformado en lo habitual? ¿Cómo enfrentarse a que los llamados cisnes negros se instalen entre nosotros por un tiempo indefinido?

Al contrario de lo que ocurre con el riesgo, de la incertidumbre no podemos protegernos. Esto genera dinámicas nefastas para la economía, como la desconfianza de inversores y consumidores. En España, el Índice IESE de Incertidumbre Económica disminuyó 10 puntos en septiembre hasta los 98 puntos, dentro de una escala de 0 a 200. Esto no quiere decir que el bache producido por la pandemia se haya superado, sino que «ya se da por supuesto».

Los perjuicios también son para nuestro organismo. Un estudio de 2014 en la revista Nature Reviews Neuroscience señalaba que la incertidumbre funciona como disruptivo de los procesos habituales de nuestra mente. Puede llevarnos a un estado de hipervigilancia y a sobrerreaccionar ante las experiencias negativas.

Peligro y soluciones “milagrosas”

La incertidumbre es peligrosa, ya que lleva a muchas personas de confiar en soluciones y personas que prometen eliminarla, desde remedios fraudulentos a candidatos políticos populistas.

Para la investigadora Margaret Heffernan, que ha dirigido cinco empresas e imparte clase en la Universidad de Bath, si esperamos a la certidumbre siempre llegaremos demasiado tarde. Heffernan publicó este año Uncharted: How to map the future (Inexplorado: Cómo trazar el mapa del futuro), que desmitifica la obsesión que tenemos con la predicción.

Pasados 150 días, la mayoría de las predicciones caen por su propio peso. Esa es una de las conclusiones de los expertos de The Good Judgement Project, un proyecto que arrancó con fondos del gobierno estadounidense y que llegó a otra conclusión contraintuitiva: en algunas ocasiones, la gente de la calle podía establecer mejores pronósticos que los expertos.

Como demuestra la teoría del caos, los modelos matemáticos no sirven para todo. Lo que parecía certero y bien armado puede desbaratarse. Una acción o situación determinada puede provocar una serie de circunstancias que terminan causando un efecto que no parece guardar relación con su origen.

Heffernan apunta a que en esta pandemia estamos aprendiendo que la respuesta a todo no está en la tecnología. “Esta puede ayudar logísticamente pero realmente no alimenta nuestras almas, nuestra creatividad, no le da sentido a las cosas que hacemos, sólo nos da información”, explicaba en una entrevista a la BBC.

Hoy es fácil volverse adicto a la certidumbre. Nuestros dispositivos móviles nos mantienen alimentados de datos: cronometran el tiempo exacto que dura un trayecto, cuándo llegará el autobús a nuestra parada o a qué hora es más probable que más personas interactúen con lo que publicamos en redes sociales. Sentimos que gracias a la tecnología y a las métricas podemos ser infalibles, que luchamos contra el azar.

¿Acaso es así? ¿Tememos hacer algo de lo que no podamos prever el resultado?

 

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