No basta una cumbre por Ramón Jaúregui

(A propósito de la cumbre UE-CELAC)

Todo parece indicar que, por fin, una nueva cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de
América Latina y de la UE tendrá lugar este año, a comienzos del semestre de Presidencia
española del Consejo Europeo. Se celebrará en Bruselas, probablemente en julio y con ella se
pondrá fin al largo período de suspensiones de la cumbre, ante la grave fractura que se produjo
entre los países latinoamericanos con la creación del grupo de Lima frente a Maduro y
Venezuela.

Estos 8 años transcurridos desde la última cumbre (Bruselas 2015) coinciden con una pérdida de peso e influencia por parte de Europa en la región y con un deterioro económico notable en la mayoría de los países latinoamericanos. Nuestras ausencias han sido sustituidas por la creciente presencia económica china, en comercio e inversiones y nuestra debilidad política está siendo aprovechada por otras potencias que operan en la región con intereses geopolíticos muy notorios.

La presencia de Borrell al frente de la política exterior europea y la próxima presidencia
española del Consejo, parecen haber confluido en esa toma de conciencia sobre las graves
consecuencias de este deterioro en nuestras relaciones con América Latina y sobre las pérdidas de oportunidad para ambos actores, en un mundo demasiado bipolar para nuestros mutuos intereses.

Es cierto que no es fácil, en un contexto en el que el Este y África atraen todas las miradas y
preocupaciones europeas. La guerra en Ucrania, el refuerzo de nuestra defensa, los Balcanes
Occidentales y la importancia geoeconómica de África, unida a la conflictividad de Oriente
Medio, concentran las prioridades de nuestra política exterior. Es natural, como lo es el enorme
peso económico y político de Asia en el horizonte de la bipolaridad EE UU- China .Por eso
resulta tan difícil tocar “la campana latinoamericana” en las cancillerías europeas y por eso
resulta meritorio el esfuerzo del Servicio Europeo de Acción Exterior en esa dirección. Resulta
justo, por ello, citar a Javier Niño y al propio Josep Borrell por sus esfuerzos en esta dirección.
Sabemos bien lo que está en juego. Todos conocemos las razones que nos empujan para este
nuevo impulso a nuestra alianza estratégica con América Latina:

– Vivimos dos grandes disrupciones que atraviesan este siglo y respecto a las cuales
América Latina es un territorio clave. En la lucha contra el cambio climático necesitamos de sus
recursos naturales y de su rica biodiversidad y en la transformación digital necesitamos de su
concurso en el modelo regulatorio hacia una digitalización ética y sostenible.

– Compartimos valores, aspiraciones, modelo social, historia común, lenguas y cultura.
Nuestras poblaciones están cruzadas, los flujos migratorios son crecientes, nuestros
respectivos universitarios se multiplican, literatura, cine, arte, nos aproxima cada vez
más. Todo eso reclama políticas concretas para atender demandas sectoriales muy próximas y
comunes.

– Nuestros intereses económicos en América Latina son enormes porque miles de empresas
europeas (más de 7.000 empresas españolas en México como buen ejemplo), están presentes
allí. Europa es el tercer socio comercial de América Latina y junto a China el primer inversor.
Nuestra convergencia en el modelo social y en la concepción empresarial nos hacen socio ideal
para el desarrollo económico y tecnológico de América Latina.

– En el escenario político internacional, es difícil que Europa encuentre socios más compatibles
y con intereses más comunes que América Latina. Es una alianza estratégica clave para influir
en las grandes organizaciones internacionales y en las mesas de la gobernanza global.
Son, como resulta fácil deducir, argumentos conocidos que, no por ello debemos olvidar. Pero
en el eje de todos ellos destaca la necesidad de consolidar y mejorar la gobernanza democrática de muchos de los países latinoamericanos y nuestra solidaridad para combatir las graves deficiencias de sus políticas de bienestar, en especial el combate a la pobreza y a la desigualdad.

Las políticas de ingreso fiscal y de redistribución social de la Unión Europea son ideales para
esos combates. Europa es además el modelo universal de construcción supranacional y nuestra experiencia para construir unidad desde la diversidad es particularmente adecuada para la, hasta ahora fracasada, integración regional de América Latina.

Dicho todo lo cual, hay que pasar de las musas al teatro. Hay que concretar acuerdos y
compromisos que conviertan a esa cumbre en un verdadero impulso a una alianza estratégica
actualmente devaluada, no solo por el éxito de su convocatoria o por la alta asistencia de Jefes
de Estado y de Gobierno. El verdadero éxito será que de ella surjan actos y ejecuciones que nos
comprometan a todos en una dinámica positiva de muchos avances en todos los campos citados.

Está podría ser una agenda positiva para ese nuevo impulso:

1- Es vital aprobar los acuerdos comerciales y de inversión, además de asociación política y
cooperación, con México (renovación y actualización del existente) y Mercosur. Europa tiene
que tomar conciencia de la dimensión cuantitativa de estos mercados y de la importancia
política y económica de esta asociación. Su aprobación en el semestre de la Presidencia
española sería un objetivo ambicioso pero, quizás sea también la última oportunidad de tener un acuerdo con Mercosur.

2- La cumbre debería aprobar un plan de financiación a grandes proyectos de inversión en
América Latina incluyendo especialmente los de infraestructuras físicas y tecnológicas
supranacionales. Ese plan se está trabajando ya desde la Comisión Europea con los diferentes
Estados latinoamericanos y con las grandes compañías europeas presentes en ellas. Deberá
incluir una generosa contribución del programa Gateway (previsto para movilizar 300.000
millones de euros en todo el mundo) y con la activa participación del Banco Europeo de
Inversiones (BED) y con los organismos multilaterales de desarrollo de América Latina (BID y
CAF).

3- En el marco de ese gran plan de financiación de la inversión europea en América Latina
debería establecerse un programa de desarrollo tecnológico para la digitalización que permita
una defensa común por parte de la Unión Europea y América Latina de un modelo ético y
sostenible de esa gran disrupción social. Un marco regulatorio basado en los derechos de los
ciudadanos, en la titularidad de sus datos, en la superación de las brechas sociales y regionales y en la ciberseguridad.
Una operación de tal categoría no puede hacerse sin contar con las grandes compañías
tecnológicas europeas presentes, tanto en el desarrollo de las infraestructuras tecnológicas de
comunicación (desde el espacio satelital a las redes terrestres) como con las compañías de
servicios y contenidos. Las alianzas público-privadas son especialmente adecuadas para
acometer este ambicioso plan.

4- En el ámbito de la transición ecológica la cooperación entre América Latina y Europa es
política y tecnológica. La cumbre debería comprometer a los Estados de América Latina y de la
Unión Europea en una serie de objetivos a defender conjuntamente en la defensa de la lucha
contra el cambio climático. La nueva ministra de Medio Ambiente de Brasil puede facilitar
mucho ese acuerdo general. En ese mismo plano, puede haber grandes convergencias en los
marcos regulatorios en la transición hacia la descarbonización. El pacto Verde Europeo y
algunas estrategias nacionales en América Latina como la de Colombia por ejemplo, pueden
servir de modelo hacia compromisos medidos y razonables en esa dirección (ser neutros en
emisiones en 2050). Por último, en este mismo campo, existen grandes oportunidades en la colaboración tecnológicay empresarial para el desarrollo del hidrógeno verde con Brasil y Chile principalmente, pero también con Argentina y Colombia.

5- Europa debería diseñar y aprobar un plan de inmigración desde América Latina. Un plan para
dar asilo y acogimiento a los ciudadanos que huyen de la dictadura de Nicaragua o de la
ausencia de futuro en Cuba, Honduras, Haití, Venezuela y un plan para atraer jóvenes
latinoamericanos para cubrir las necesidades laborales de su economía y de una sociedad
envejecida y con alarmantes cifras de baja natalidad. La búsqueda de mano de obra es ya una
realidad en Europa y América Latina es una región ideal para su procedencia.
Si Europa no lo hace, algo previsible ante la gran ruptura Este-Oeste en este tema, España, junto
a Portugal, Italia y Francia, podrían desplegar esfuerzos coordinados en esta dirección. En
cualquier caso, Europa deberá asumir compromisos en materia de liberación de VISAS a los
ciudadanos de América Latina, aumentar la cooperación en materia educativa: Erasmus plus,
homologación de títulos universitarios, colaboración científica, etcétera y crear planes de
colaboración cultural mutua.

6- Europa tiene experiencia de políticas públicas de éxito que deberíamos trasladar a América
Latina en materia de gobernanza democrática. La fiscalidad, los sistemas de seguridad social,
las políticas de cohesión regional, los planes para el desarrollo de las zonas transfronterizas y
sus múltiples políticas de armonización hacia mercados integrado, son algunas de ellas. Integrar estas experiencias en nuestra nuestras políticas de cooperación y coordinar los esfuerzos nacionales europeos en un plan de ayuda a la gobernanza democrática de algunos países de América Latina, podría ser una conclusión de esa cumbre.

Son sugerencias que necesitamos concretar en esa cumbre esperanzada de julio de 2023. Nos
jugamos mucho. Pero debemos encontrar la manera de conjugar tanto los esfuerzos
diplomáticos para que la cumbre se celebre con éxito, como para que de ella surjan
compromisos concretos y nuevas dinámicas de trabajo en una alianza estratégica fundamental
para ambas regiones.

Ramón Jáuregui.

Presidente de la Fundación Euroamérica

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