Estanflación. La mayor pesadilla de los reguladores económicos y financieros, “lo peor de los dos mundos”, según los economistas. Recesión o crecimiento muy débil combinado con un incremento abrupto de los precios, es decir inflación.

Existe un precedente en la historia reciente: la crisis del petróleo de 1973. Sus consecuencias fueron devastadoras y cambiaron el paradigma económico y la configuración del mundo. Ahora nos encaminamos a un segundo ‘tsunami’ que puede convertir los años 20 en una década perdida. El Banco Central Europeo y la Reserva Federal han tomado la primera decisión para contenerlo: subir los tipos de interés, un 0,25% en el caso del BCE, un 0.75% en el caso de la RF. 

El problema de la estanflación es que los remedios para equilibrar la economía por un lado la desequilibran por el otro, entrando así en una espiral endiablada. Las políticas monetarias y fiscales expansivas que se utilizan para dinamizar una economía recesiva incrementan la inflación, y las políticas monetarias y fiscales restrictivas que se utilizan para contener la inflación tienden a profundizar y ampliar la recesión. En estas últimas andan los órganos regulatorios: tratan de frenar la escalada de precios provocada por la guerra en Ucrania dejando de comprar deuda e incrementando los tipos de interés, pero al encarecer el dinero corren el riesgo de estancar unas economías anémicas que apenas estaban sacando la cabeza tras dos años de pandemia.

Comencemos por la mala noticia: estamos ante el peor escenario post-crisis que ha vivido el planeta en los últimos 90 años. En casi un siglo nunca habíamos salido de una crisis (la pandemia en este caso) tan debilitados (causante: la guerra en Ucrania). Sigamos por la buena noticia: la estanflación de los años 70 tiene un origen similar al actual, la escasez en el suministro de hidrocarburos, pero el escenario hoy es mucho menos sombrío, al menos por ahora. Entonces el precio del petróleo se cuadruplicó entre 1973 y 1974 y se volvió a duplicar en 1979 y 1980. Este incremento astronómico disparó los precios a nivel global y metió en la UVI a un sistema económico en recesión tras el crecimiento de los años 60. 

La estanflación de los setenta hizo que las viejas recetas keynesianas (inyectar inversión pública para estimular la economía) no fueran esta vez eficaces, pues disparaban la inflación, lo que provocó una nueva teoría económica, convertida luego en paradigma global: el neoliberalismo. Aquella estanflación sostenida durante más de un lustro cambió el mundo y sus efectos los vivimos hoy, en un sistema cada vez más dominado por las grandes corporaciones y en el que los gobiernos tienen serias dificultades para controlar el timón de sus economías globalizadas. 

De confirmarse, esta combinación tóxica pondrá a prueba la estabilidad de decenas de países que todavía hoy luchan por recuperarse de la pandemia. España entre ellos, pero más crudamente los países en vías de desarrollo. “El riesgo de la estanflación es considerable, con consecuencias potencialmente desestabilizadores para las economías de ingresos bajos y medios”, ha advertido David Malpass, presidente del Banco Mundial, quien subraya: “Existe un riesgo grave de malnutrición y empeoramiento de la falta de alimentos, incluso hambrunas, en algunas áreas”.

El Banco Mundial es claro en sus previsiones: el crecimiento global este año será la mitad del anterior, y no se espera demasiada mejoría en 2023 y 2024. Incluso afirma el organismo que el crecimiento débil “persistirá probablemente durante toda la década debido a la escasa tasa de inversiones en gran parte del mundo”.

Japón sabe muy bien qué es soportar una economía anémica. Y perder, en el camino, una década entera. Se la conoce como la década perdida. En su caso, Japón combinó un crecimiento nulo con una prolongada deflación, pero el resultado fue parecido: incapacidad para salir del estancamiento y enormes dificultades económicas que, por su idiosincrasia, absorbió el estado japonés, acumulando hoy una deuda pública superior al 250% de su PIB que le obliga a pagos de intereses que en 2020 supusieron el 22,7% del gasto público nacional. A costa de mantener el bienestar de su población, el gobierno japonés se ha hipotecado para todo este siglo, incrementando a la fuerza los impuestos directos e indirectos a sus ciudadanos. Una variante del ‘lose-lose situation’ de este tipo de fenómenos.

¿Debemos estar preocupados? El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha anunciado que la inflación cerró en el 8,7% respecto al año pasado, y se espera cerca de un 5% para 2023. Esto supone un varapalo para las rentas de los hogares, que deben ser el motor para estimular la economía y que podrían echar el freno al gasto debido, en parte, al aumento de los tipos de interés para tratar de controlar los precios. En efecto, volvemos al callejón sin salida a corto plazo. 

La OCDE ya ha advertido en su último informe de que las familias de menos recursos sufrirán con más fiereza el zarpazo de los precios. Del mismo modo que la sorpresiva guerra en Ucrania revivió el fantasma de la estanflación, un alto el fuego y la vuelta a una relativa normalidad comercial en el país eslavo en los próximos meses podría ser la principal solución para escapar de un ciclo de consecuencias imprevisibles.

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