Anteponer felicidad personal a rentabilidad financiera. Una propuesta sencilla y provocadora para superar la profunda crisis de valores y bienestar en la que se han instalado las sociedades occidentales.

Los cambios de era nunca se anuncian a golpe de trompeta. Son un lento mar de fondo que cambia para siempre nuestro mundo. Precisan de varios decenios, a veces hasta un siglo, pero cuando ocurren ya nada vuelve a ser igual. En la actualidad se están dando las condiciones para un cambio de era sin darnos demasiada cuenta. No del calado que nos llevó de la Antigüedad a la Edad Media seguramente, pero suficientemente importante como para marcar un punto de inflexión en nuestros tiempos contemporáneos. 

 

Alcanzado un nivel de desarrollo sin parangón a nivel global, particularmente en Occidente, es el momento de hacer que toda esa riqueza revierta en la felicidad de las personas, pues nunca antes riqueza y felicidad habían estado tan distanciadas. Este inicio de siglo XXI nos demuestra que una vez garantizada la seguridad alimentaria y las necesidades básicas en buena parte del planeta, el incesante desarrollo económico y tecnológico nos hace más infelices y degrada nuestro estado de derecho.

 

Todo fin de época e inicio de la siguiente está marcado por un proceso de decadencia de los valores antiguos, que son repuestos por los nuevos. Surgen nuevos modelos de gobierno, se extienden nuevas creencias religiosas, nuevos avances técnicos dinamitan lo establecido, nuevas corrientes de pensamiento moldean nuestras mentes. Y de pronto, las sociedades se dan cuenta de que todo ha cambiado. A veces, todo ha cambiado para mal. Alfredo Sanfeliz, experto en resolución de conflictos y ensayista, sostiene en ‘La democracia de las emociones’ (Kolima, 2022), que la profunda crisis de valores de Occidente y la confluencia de novedosos factores tecnológicos y económicos son el aviso de que estamos llegando al fin de una era.

 

El actual paradigma ha dejado de proporcionar beneficios a los ciudadanos, y necesitamos dar un golpe de timón para poner rumbo hacia una nueva era en el que el modelo neoliberal, individualista y belicoso en el que vivimos evolucione hacia un contrato social más armonioso, en el que la codicia y la tentación de volver a la tribu ceda el paso a una concepción más humanista y espiritual de nuestra existencia.

 

“Nuestra sociedad vive estresada, necesitamos aprovechar el tiempo, suprimir lo ineficiente, ser productivos en nuestro ocio, debido a ese paradigma financiero céntrico basado en el consumo y el éxito social. En cambio, dejamos de dar importancia a la sabiduría, la reflexión, el sentido común, pues no son productivos ni nos dan prestigio social, no son útiles”, afirma Sanfeliz. “Solo en una nueva cultura, en una sociedad rica y de la abundancia como es la nuestra, podremos tomar conciencia de que no es riqueza lo que nos falta, sino amabilidad y recíproco cuidado de unos y otros para participar todos de una sociedad más feliz”.

 

El ‘dinero centrismo’ y el analfabetismo emocional nos conducen directo a las rocas, dice el autor. Y las sociedades que no lo comprendan tendrán problemas. En realidad, ya los padecemos: el empeoramiento de nuestra salud mental, la radicalización del pensamiento y la polarización política o el cada vez más salvaje marco laboral son tres señales evidentes de esa degradación. Sanfeliz hace el diagnóstico y asienta los pilares de una nueva era basada en la amabilidad, construida mucho más sobre el altruismo y la sostenibilidad emocional que sobre la rentabilidad financiera. 

 

Si bien parece una utopía, ya están surgiendo algunos brotes verdes en el mundo de la empresa y entre las generaciones jóvenes: “Hoy la sociedad demanda mucho sentido, y eso es positivo aunque no estemos muy educados en ello, sino más bien en ejecutar tareas concretas en nuestro trabajo. El hombre como ser pensante se desarrolla poco, y ahora vemos cómo resurgen corrientes filosóficas como el estoicismo o el pensamiento crítico. Eso es novedoso de esta sociedad”, confirma el autor de ‘La democracia de las emociones’.

 

De hecho, Sanfeliz esboza un concepto muy inspirador, la denominada “rentabilidad espiritual”, que es la antítesis de la rentabilidad financiera. Vivir motivados por lo que nos hace felices por delante de lo que nos hace más ricos. Acumular vida en vez de acumular bienes. Por ejemplo, una tarde en compañía de nuestros seres queridos en lugar de una tarde de compras; o una mayor conciliación familiar en el trabajo por delante de un mayor salario. “La economía está irremediablemente abocada a cambiar para incorporar factores que podríamos llamar espirituales o emocionales con un peso superior a las motivaciones basadas en la riqueza financiera”, indica Sanfeliz. “Vislumbro (o quizá sea un espejismo soñado) una tendencia hacia una sociedad en la que la mayor parte de nuestras motivaciones se acaben centrando en la obtención de satisfacción emocional, espiritual o de sentido, muy por encima de la compensación y acumulación económica”. 

 

El ensayista y experto mediador va más allá y sentencia que “el mundo de lo material no puede contribuir ya mucho más a nuestra felicidad”, y que confundimos “el disfrute de riqueza con el disfrute de los privilegios, diferencias y estatus que nos procura la acumulación de dinero”. Es decir, estamos ante un modelo agotado y necesitamos progresivamente iniciar una nueva era, cuyo lema podría resumirse en estas preguntas que son una bofetada a nuestras conciencias: ¿Queremos para nuestros hijos un mundo más rico o preferiríamos un mundo más amable? ¿Es mejor ser rico o sentirse rico?

 

El autor, que pese a su diagnóstico sombrío pretende dar una pincelada de optimismo a nuestro futuro, subraya que para alcanzar ese nuevo contrato social que antepone la felicidad y la realización personal a la riqueza sin alma, primero debemos superar nuestra ceguera en relación a tres puntos: los bajos niveles de conciencia y autoconocimiento personal, el fundamentalismo económico financiero y la comprensión de la democracia emocional y caótica y la degeneración del utilitarismo. No será nada fácil, pero nunca los cambios de época resultaron sencillos.

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