Información Vs. Opinión

Un estudio del think tank Pew Center publicado hace unos días pone de manifiesto que a los estadounidenses les cuesta distinguir entre hechos y opiniones. Y que tienden a considerar informativo lo que sintoniza con su visión política. Por ejemplo, la frase: “Los inmigrantes que están en EEUU de forma ilegal constituyen un gran problema para el país”, fue calificada de opinativa por el 18% de los demócratas frente al 50% de los republicanos. La afirmación: “Subir el salario mínimo federal a 15 dólares por hora es esencial para la salud de la economía americana”, le pareció meramente informativa al 17% de los republicanos y al 37% de los demócratas.

 

La confusión entre información y opinión es tan antigua como los intereses creados. Pero en los últimos años la tendencia se ha disparado en todo el mundo por varios factores.

El primero es el volumen. Hoy la información nos llega a chorros. A los medios tradicionales se añaden las redes: cada minuto se comparten 98.000 tuits, a YouTube se suben 600 vídeos y se crean 1.500 entradas de blogs. Por los propios algoritmos de recomendación de contenido, el usuario acaba a menudo presa de la redundancia. “Uno de los fenómenos que han traído las redes sociales son las cámaras de eco en las que uno alimenta su propia ideología y se aísla del resto”, comenta Ramón Salaverría, vicedecano de Investigación de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra y director del Center for Internet Studies and Digital Life.

La sobrecarga informativa viene acompañada de más y mejor propaganda. “Digamos que la capacidad de mejora de la información ha crecido en progresión aritmética, mientras que la de manipular o presionar lo ha hecho en progresión geométrica”, apunta el periodista Fernando G. Urbaneja, lleva más de cuatro décadas en el oficio y presidió la Asociación de la Prensa madrileña. “Antes había que seleccionar entre diez fuentes; ahora, entre mil. El orden de magnitud ha cambiado radicalmente”. Urbaneja, miembro del Comité de Vigilancia de Foro de Foros, recuerda un tiempo en el que “los gabinetes de prensa eran meramente instrumentales, apenas había spin doctors. El armamento del establishment para manipular se ha multiplicado”.

“Si bien el interés de manipular es tan viejo como el periodismo, la gran novedad de nuestros días es que lo que es falso e interesadamente falso circula con enorme rapidez”, reflexiona Salaverría. “Y en muchos casos –y esto es lo que me preocupa- los medios, llevados por la inmediatez, la sensación de urgencia, le dan acogida. Ahí el periodismo está fallando”.

Con la proliferación de noticias falsas han nacido instrumentos de verificación. Herramientas gratuitas, algunas independientes, otras dentro de los propios medios. Es el caso de Maldita en España, FactCheck, Snopes o PunditFact. Salaverría dice que valora mucho esas iniciativas, pero que al mismo tiempo las ve con un poco de consternación. “Lo ideal sería no haber tenido que llegar a ese punto porque los medios hacen bien su trabajo”.

 “Promiscuos” informativos

La cantidad de contenido disponible no va a dejar de crecer. La clave es el criterio para distinguir realidad y ficción interesada. Según Salaverría, “en la UE la idiosincrasia nacional es todavía muy marcada, aunque se hable de unión política o económica hay socios con tendencias marcadas, donde vemos populismo, pero no existe un grado de polarización tan tajante como en EEUU”. Una de las conclusiones del Digital Center for Internet Studies and Digital Life, que él dirige en España, es que los europeos son bastante más “promiscuos” en el consumo de medios, leen y ven contenidos de línea ideológica más diversa.

Urbaneja sin embargo cree que los niveles de polarización están en máximos. “Nunca habíamos vivido en una sociedad tan confrontada como ahora. Basta mirar temas como Cataluña; no hay medias tintas, no hay terceras vías, ni mediación ni capacidad de consenso”. Salaverría invita a la autocrítica: “En España la gente está más informada, pero eso no quiere decir mejor informada. Circula más información, pero mucha lleva un sesgo comercial e ideológico”.

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