La población mundial aumentará hasta mediados de siglo, cuando iniciará un lento pero imparable retroceso que marcará el futuro de nuestra especie.

En el último medio siglo, un nutrido grupo de expertos han advertido sobre los efectos catastróficos del aumento de la población mundial, que provocará el colapso de los recursos del planeta. Este paradigma, cuyos primeros efectos podemos palpar a día de hoy, estaría dejando de ser válido. Es verdad que la población mundial aumenta, y que lo seguirá haciendo por lo menos durante 20 a 30 años más. Pero en el ecuador de este siglo se iniciará un retroceso lento e imparable, que dará un vuelco a la realidad que imaginamos para las generaciones futuras.

La Tierra sostiene a 7.800 millones de humanos en la actualidad. Las proyecciones oficiales de la ONU calculan 11.000 millones de habitantes para el año 2100. No obstante, esta proyección no cuadra con las estadísticas oficiales de los distintos países, en particular de los más poblados. En esto se han fijado el politólogo y CEO de Ipsos Global Affairs, Darrell Bricker, y el periodista John Ibbitson, en su sugerente libro  ‘Empty planet. The shock of global population decline’ (‘Planeta vacío. El impacto del descenso de la población mundial’). Bricker e Ibbitson afirman, en base a una poderosa base estadística, que el mundo se encamina a un punto de inflexión demográfico que configurará la realidad social, económica, política y cultural del futuro. Del inmediato y, sobre todo, del que vendrá a medio plazo, hacia el último tercio de siglo.

“Las tres principales palancas demográficas son la urbanización, la fertilidad y el envejecimiento”, explica Bricker. “En cuanto a la urbanización, vemos que las mayores migraciones no son entre países, sino del campo a la ciudad. En 1960, un tercio de la población vivía en ciudades; hoy es el 57% y en 2050 será el 68%”. Los países en vías de desarrollo se están urbanizando a marchas forzadas y eso tiene un impacto enorme en la fertilidad, pues si bien en el campo tener más hijos supone tener más mano de obra, en la ciudad tener más hijos supone tener más gastos. Veamos el ejemplo de China: en 1960, un 16% de su población vivía en urbes. Hoy ya es el 61%, y en 2050 será el 80%. En Japón, el país más envejecido del planeta, un 95% de su población reside en entornos urbanos, según los datos oficiales que exponen los autores del ensayo. 

En el capítulo de la fertilidad también juega un papel decisivo el empoderamiento de la mujer, que en buena parte del planeta ya decide sobre la reproducción, que por lo general se resume en tener menos hijos. Su acceso a la educación superior, además, retrasa el momento en el que opta por formar una familia. “En los años 60 las mujeres se casaban a los 21 o 22 años; ahora se casan en la treintena, y cuando tienen hijos ya no son cuatro, sino uno o dos. Las familias numerosas ya no son tan valoradas. Los bebés no nacidos debido a la pandemia no serán reemplazados. Solo en Estados Unidos son 300.000 niños que no nacerán”, afirma Bricker.

Esto rompe el paradigma ‘malthusiano’ según el cual a mayores recursos disponibles, mayor aumento de la población, formulado por el demógrafo y clérigo anglicano Thomas Malthus a  inicios del siglo XIX.  Malthus vaticinó que la sobrepoblación acabaría con la raza humana en 1880 debido a guerras y hambrunas. Durante un siglo las teorías de Malthus han sido predominantes. Una amplia corriente de ‘neomalthusianos’ proyectaron en la segunda mitad del siglo XX el agotamiento de los recursos del planeta para mediados de este siglo XXI. En 1972, el Club de Roma publicó el informe ‘Los límites del crecimiento’, que pronosticaba el agotamiento de los recursos de la Tierra en los siguientes cien años.

Veamos las cifras actuales de fecundidad en España: 1,19 hijos por mujer, 0,86 en Canarias. Las extranjeras lo compensan cada vez menos, con su tasa cayendo hasta 1,38 hijos por mujer en 2021, según datos del Instituto Nacional de Estadística. La población española lleva desde 2017 con crecimiento vegetativo negativo (menos nacimientos que defunciones), y la pandemia ha sido devastadora. En diciembre de 2020 nació un 20% menos de personas que en diciembre del año anterior, la tasa más baja desde que se inició el registro en 1941.

La tercera palanca demográfica es el envejecimiento, y este sí juega a favor del aumento de población. Morimos cada vez más tarde. Alcanzar edades superiores a 90 años ya no es una excepción, pero esto no llega a compensar la caída brutal de nacimientos. Es más, reconfigura nuestro mundo del futuro: se requerirán (ya se requieren) muchos recursos para satisfacer a la población envejecida, pero faltará población joven que los genere. ¿Y los robots? Pueden producir, pero ellos no consumen, por lo que no pueden girar la rueda de la economía.

 

Regresando a España: casi cualquier problema que nos afecta (sostenibilidad de las pensiones, despoblación rural, debate sobre la inmigración) es un subproducto de esta sacudida demográfica. Bricker e Ibbitson señalan los puntos positivos del descenso de población: menos trabajadores se traduce en mejores salarios, menos presión sobre el medioambiente, menor riesgo de hambrunas, mayor influencia y autonomía de las mujeres. Pero sin soslayar los riesgos: poblaciones envejecidas requerirán servicios sociales y de salud posiblemente insostenibles para el sistema, y más con la falta generalizada de mano de obra. Elon Musk, el hombre más rico del planeta, ya ha advertido de que «deberíamos preocuparnos más por el hundimiento demográfico».

La reducción de las tasas de nacimientos no se debe solo a una elección voluntaria. Hay decenas de millones de hombres y mujeres en los países desarrollados que querrían tener más hijos, pero con sus ritmos laborales frenéticos y los bajos salarios se ven incapaces. Desde luego, reducir la presión sobre el planeta a costa de la salud de una generación de personas estresadas no es un motivo de celebración.

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