“Del fracaso no se aprende. Se aprende del éxito”

La quiebra, el despido, el fallo… ¿Se digieren mejor en la cultura anglosajona que en España o ese tópico ya no se cumple?

¿Sabían que Colgate llegó a lanzar una lasaña de carne? Nunca tuvo éxito, al igual que la Coca Cola con sabor a café o la colonia Harley Davidson. Junto con otros desatinos empresariales, estos productos se exhiben en el Museo del Fracaso de la ciudad sueca de Helsingborg. La idea partió de Samuel West, un profesor que decidió dar visibilidad a ese “80 o 90 por ciento de ideas que fracasan” para que sirvieran de testimonio las carencias de una época o de una sociedad, o simplemente como contraejemplo.

Aunque la forma de digerir el fracaso laboral depende de un puñado de factores (culturales, económicos, históricos, religiosos…), la creencia popular es que errar se penaliza menos en Canadá, Estados Unidos, Suecia o Reino Unido que en el sur de Europa.

En Francia los emprendedores suelen atribuirse con cinismo la postura más crítica. “Si hubiera un premio al más intolerante con los errores, Francia seguro que quedaría entre los primeros. Según una encuesta de Ipsos, el 88% de los franceses creen que el fracaso profesional se penaliza en exceso”, ironiza Francis Boyer, consultor en innovación, en Journal du Net.

¿Existe mayor integración de las malas experiencias profesionales en la cultura anglosajona o ese tópico ya no se cumple? Un emprendedor español que ha trabajado a ambos lados del Atlántico insiste en que todo depende de las “lecturas y carreras de cada uno”. “Lo que está claro, apunta, es que si uno puede despedir sin cortapisas es más propenso a contratar a alguien que sabe que asume riesgos (lo que se llama “emprendedor huérfano”) que si cree que puede tener que quedárselo en la organización”.

No solo cuesta hablar de proyectos malogrados, sino también ser francos sobre el despido. «En España rara vez escuchas a gente decir, “me despidieron de mi trabajo y por eso hay dos meses en blanco en mi currículo”, cuenta Adrián García-Aranyos, director general de Endeavor España. “Yo siempre recuerdo cuando trabajaba en JPMorgan hablando con nuestro CEO, Jamie Dimon, nos decía que su despido de Citibank le había hecho más fuerte y más decidido. Reflexionando en esto yo también tengo varias historias de éxito, pero también algunos despidos en mi haber y, si bien en su momento no parecieron buenas lecciones, mirando atrás fue lo mejor que me pudo pasar. Es más, mi primer jefe (artífice de aquel despido) sigue siendo a día de hoy un buen amigo y coach”.

García-Aranyos cree que las cosas en España están cambiando. “Este país se está abriendo cada vez más a la integración de emprendedores y ese es desde luego un primer paso a la hora de integrar a personas que han fracasado o tenido éxitos moderados en otros ámbitos. Por ahora las integraciones que vemos son: Telefónica (Miguel Arias, IMASTE); Microsoft (Pedro Jareño, Minube); Google (Sofia Benjumea, South Summit), Everis/NTT (José Luis Martínez, Fidiliti), Inditex (Sergio Álvarez, Carto) y todas ellas se han dado en los últimos años. Si bien es cierto que culturalmente nos cuesta hablar de los fracasos y abrirnos de la misma manera que lo hacen nuestros homólogos en Estados Unidos o Inglaterra, sí que vemos pasos en esa dirección».

Juan Domínguez, CEO de Adglow, una empresa dedicada a la tecnología para publicidad en redes sociales, lleva 20 años en el mundo empresarial. Aunque ha acertado más de lo que se ha equivocado, en 2008 vivió el fracaso en primera persona. “Veníamos de Ya.com, yo era director general y mi socio director de ventas. Invertimos en una aplicación para vender de forma programática el inventario de anuncios digitales. Esto tiene muchos problemas, no es absolutamente predecible. No estaba claro por ejemplo cuál era el valor de ese inventario. Tuvimos que inventarnos muchas cosas. Creamos un producto de los que hoy vemos muchos, pero llegamos tan pronto al mercado que fracasó”.

Dos años más tarde, en 2010, su historia dio un vuelco: la mano tendida de Facebook. Hoy están en más de 15 países.

¿Integró personalmente aquel fracaso? “Yo creo que haber fracasado no me ha afectado negativamente. Creo que no tengo reputación de mal gestor. En Adglow he levantado dinero, pero también es cierto que siempre que hemos fracasado y dejado deudas hemos dado la cara, pagando todo lo que hemos podido. Hay gente que ha gestionado mal su fracaso porque ha seguido cobrando cuatro meses de sueldo por ejemplo, y eso genera un agujero reputacional”.

Domínguez no cree en la estigmatización ligada automáticamente al fracaso. “En el mundo de la empresa está asumido que las cosas pueden ir mal”, subraya. Y puntualiza: “Tampoco creo en eso de lo que se habla tanto, el valor pedagógico de fracasar. Del fracaso no se aprende, aunque sea una percepción muy extendida. Se aprende de los éxitos. El fracaso te enseña a lidiar contigo mismo, ese es su valor psicológico, y punto. Pero no te permite evitar fracasar una vez más”.


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