Expectativas

Foto: Foter.com

La desafección política es uno de los males de nuestra era. Y se traduce en desasosiego social, populismo, abstención en las urnas… De todo esto, ¿cuánta culpa tienen nuestros políticos? ¿Esperamos demasiado de ellos?

La política vive una crisis existencial. En algunos países, hace años que el desencanto se instaló entre los votantes. En otros, como vemos en caso del Reino Unido por el Brexit, los representantes de la ciudadanía no han sabido plantear soluciones creíbles y ahora se enfrentan al chasco de los electores. Desde el referéndum en 2016, los partidarios de salir de la Unión Europea no han puesto un plan concreto sobre la mesa. Tampoco dimensionaron correctamente las dificultades técnicas ni las luchas internas en el seno del gobierno. El prestigioso sondeo del NatCen Social Research asegura que si hoy volviera a celebrarse un referéndum solo un 41% de los británicos querría marcharse.

A veces el problema es querer vender demasiado. A Emmanuel Macron le está penalizando en Francia: año y medio después de su llegada al Elíseo, su popularidad está cayendo, no llega al 35%. Se le reprocha haber querido meterse en todos los jardines, haber pretendido ser un rey más que un presidente de la República. Sus asesores todavía siguen definiendo lo que es el ‘macronismo’, un movimiento que no quiere definirse de izquierdas ni de derechas ni nacionalista ni populista, y sin embargo pretende pescar el mayor número de votos posible.

En Alemania, la crisis del SPD y de la CDU de Angela Merkel dicen los analistas que ya no puede considerarse como un bache ordinario. El consenso que se fraguó entre ambos partidos tras la Segunda Guerra Mundial parece haberse ido a pique, hay opiniones demasiado dispares acerca de temas de peso, desde las relaciones con Rusia a la actitud hacia los refugiados que llegan. Alexander Dobrindt, de la CSU, ha prometido una “revolución conservadora”, mientras que el socialdemócrata Martin Schulz quiere promover el federalismo europeo. “Su problema no es que carezcan de ideas, sino de credibilidad entre los ciudadanos”, opina Slawomir Sierakowski en el Irish Examiner.

El precio de ser honesto

¿Es justo colocar en el mismo plano a políticos que por cualquier motivo han fallado a sus votantes y a los que directamente les mienten? Uno de sus principales argumentos de Nigel Farage en campaña fue que el Reino Unido paga 350 millones de libras semanales a la UE y que con ese dinero se podría dotar mejor la Sanidad británica. Todo el mundo sabe hoy que era falso.

En su libro ‘El príncipe moderno’, el politólogo Pablo Simón apunta a la trampa de las expectativas: “Los ciudadanos esperamos que los políticos sean líderes con gran cualificación, formación y virtud pública, pero, al mismo tiempo, queremos que sean cercanos a nosotros, que representen a la gente corriente. Pedimos a los políticos que sean líderes que marquen por dónde debe ir el país en el futuro, pero, al mismo tiempo, que estén dispuestos a ajustar su comportamiento a las preferencias de la mayoría de la población. Además, esperamos que nuestros líderes tengan principios sólidos y que jamás renuncien a ellos, pero, al mismo tiempo, que sean pragmáticos y que lleguen a pactos con otros (lo que, por definición, implica que abandonen sus programas de máximos)”.

Pero existe el fenómeno contrario: cuando el gobernante, haga lo que haga, no se ve penalizado en las encuestas. Es el caso de regímenes como el de Vladimir Putin en Rusia o el de Viktor Orbán, en Hungría. Y del propio presidente estadounidense. Donald Trump está siendo investigado por su supuesta relación con una trama rusa que intervino en las últimas elecciones. También por supuesta obstrucción a la justicia y por haber usado supuestamente dinero de la campaña electoral para comprar el silencio de una actriz porno con la que habría mantenido relaciones. Con esto, según las últimas cifras de Gallup, instituto que elabora un seguimiento específico de la popularidad del presidente, esta se sitúa en el 44%.

¿Qué debemos esperar de la clase política? ¿Qué derechos y deberes comporta el voto?

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