Dejar de buscar la razón en todas las conversaciones y reflexionar sobre lo que opinan quienes no piensan como nosotros es el primer paso para romper el muro de la polarización.

Dejamos de seguir a alguien en redes sociales cuando sus opiniones no nos gustan, aunque estén planteadas de manera educada y sensata. Vemos determinados canales de televisión y el resto no los vemos nunca, incluso desintonizamos los que más nos enervan. Hemos dejado de hablarnos con algunos amigos y familiares porque discutimos cada vez que nos sentamos a una mesa. Despreciamos e insultamos a perfectos desconocidos en Twitter y en Facebook sencillamente porque exhiben visiones políticas opuestas. Con el fin de evitarnos estos malos ratos, nos encerramos en burbujas de pensamiento con nuestros amigos afines, en grupos en redes sociales, en los medios de comunicación que seguimos. No toleramos que el bando contrario, inculto y malvado, estropee nuestra virtuosa visión del mundo.

En realidad, somos tan partícipes como el que más de la polarización que corrompe el debate social, pero solo vemos la paja en el ojo ajeno. El radical y el sectario es el otro, nos convencemos, mientras ponemos otro ladrillo en esa celda ideológica que nos hemos construido, un espacio hermético que nos da seguridad y confort pero adormece nuestro pensamiento. De esta semilla nacen las guerras culturales, en las que cada cual elige la trinchera que más le convence y, armado con su fusil ideológico, dispara contra todo lo que él, o su tribu, considera pernicioso por el simple hecho de haber sido formulado por el bando contrario, sin reparar en si el otro tiene algo de razón.

“Rechazar a alguien por su clase social, su raza o su orientación sexual sigue siendo tabú, ¿pero sentenciar a personas, o acosarlas, amenazarlas o avergonzarlas por sus opiniones políticas? Eso no es solo aceptable, es la última señal de virtud”, dice Mónica Guzmán, directora de Braver Angels, una organización con base en Seattle dedicada a luchar contra la polarización. “La tecnología nos ayuda a polarizarnos, pero el mundo analógico está igual de dividido. nos hemos clasificado en bloques en los que rara vez tenemos que enfrentarnos a personas con diferentes ideologías, lo que facilita su deshumanización”, concluye Guzmán.

José Antonio Marina avisa del peligroso camino que estamos transitando hacia la deshumanización de un enemigo etéreo que, si nos quitásemos las anteojeras, descubriríamos que no es más que nuestro vecino. “La escalada de insultos, la escalada de incomprensión, el yo con este no me puedo entender ni tengo nada que ver, si me entiendo con este soy un chaquetero… Todo esto produce un enfrentamiento que se basa en la idea de que la política tiene como eje el enfrentamiento de amigo y enemigo. Estos son mis amigos y estos son mis enemigos. En cuanto tú consideras que una persona deja de ser una persona para ser un enemigo, al enemigo ni agua. Es una dialéctica que conocemos muy bien. En el momento en que categorizas a una persona dentro de un grupo, estás abriendo el camino para hacer lo que quieras”, explica el filósofo y pedagogo en una entrevista a ‘El Independiente’ a raíz de su reciente ensayo Biografía de la inhumanidad (Ariel).

El antídoto a la deshumanización de nuestros enemigos se llama empatía. Ante la tentación de tensar aún más la cuerda con quienes no comulgamos, está la virtud de respetar y reflexionar. Marta Fraile, investigadora del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, la define de este modo: “La empatía es la capacidad que cualquier persona demuestra para percibir, compartir y entender los estados afectivos de los demás. Las personas empáticas son más tolerantes con el desacuerdo, se dejan aconsejar y están abiertas a la crítica en mayor medida, lo que les lleva a tomar mejores decisiones. La falta de empatía puede llegar a provocar tal lejanía respecto a quienes son diferentes o se encuentran en otra situación, que incluso lleguemos a deshumanizarlos”.

¿Cómo transitamos el camino de la deshumanización a la empatía? Con algo “tan sencillo y menospreciado”, dice Guzmán, “como la conversación”. Es decir, priorizar el hecho de conectar con aquellos con quienes no coincidimos en lugar de buscar la victoria moral. Terminar las conversaciones con un “qué punto de vista tan interesante” en lugar del reconfortante “yo tenía razón”. El resultado seguramente nos sorprenderá.

Pero reventar nuestra burbuja de seguridad y autocomplacencia puede resultar mucho más costoso de lo que parece. Hoy socializamos y nos informamos a través de las redes sociales. Hasta 80 veces cada día consultamos el teléfono móvil para chequear la mensajería y nuestras redes, según reveló Apple en una estadística interna. Y ahí detrás no hay personas con límites y valores para servirnos la información con la que conformamos nuestra visión del mundo, sino un algoritmo que trabaja incansablemente y sin ningún filtro moral en base a nuestras preferencias. Nos atiborra a contenidos que considera adecuados a nuestra forma de pensar las 24 horas del día y esconde los puntos de vista que cree que nos pueden incomodar, acrecentando así el sectarismo.

Lo reveló el polémico documental El dilema de las redes sociales (Netflix), en el que un nutrido grupo de exejecutivos de las grandes tecnológicas desvelan de qué manera potencian nuestros odios, nuestros miedos y nuestro rechazo al otro con fines puramente comerciales. Se generan microcosmos de personas con sus propias realidades y sus propios hechos. Incluso si son mentira. «Con el tiempo tienes la falsa sensación de que todos coinciden contigo porque todas tus noticias piensan como tú», dicen en el documental Roger McNamee, uno de los primeros inversores de Facebook. ¿Las consecuencias? La extrema polarización de la opinión pública, el odio al enemigo y el florecimiento de teorías conspiratorias.

La empatía es un valor en retroceso entre los más jóvenes, en parte debido a su absoluta entrega a las redes sociales. Es el mundo en el que han crecido. La escuela tiene un papel crucial en recuperar y cultivar la empatía y el pensamiento crítico. Esta carencia, llevada al extremo, es muy peligrosa, como demuestra la adhesión de jóvenes a grupos extremistas e incluso terroristas. Así lo indica el sociólogo y primatólogo Pablo Herremos: “Uno de los pasos fundamentales para todo yihadista es desconectar esta empatía que poseemos todos los seres humanos de manera innata, ya que así pueden tratar a otros seres humanos como si fueran cosas”. Es urgente romper cuanto antes ese grueso y perjudicial muro de Berlín que hemos construido.

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