El mundo post-Lehman

Una década después de la quiebra de Lehman Brothers, el pistoletazo de salida oficial a la mayor crisis financiera de la Historia, Occidente ha hecho un esfuerzo de autocrítica y mejora, pero muchos problemas de entonces siguen sin resolverse.

Como apuntaba el informe judicial de 2.200 páginas, la caída estrepitosa en Bolsa del cuarto banco de inversión americano el 15 de septiembre de 2008 no fue la causa de la crisis. Se tomó como punto de inflexión por la envergadura de la empresa que quebraba, porque ese día la banca entró en un estado de total incertidumbre y el mercado interbancario, que se había cerrado brevemente en agosto de 2007, dejó de funcionar. Pero la recesión global llevaba tiempo acechando, fruto de malas prácticas políticas y económicas a ambos lados del Atlántico.

Desde entonces Occidente se ha escudriñado en el espejo, buscando las causas y las consecuencias de la recesión. Han surgido centenares de libros de ficción y ensayo, obras de teatro, películas e incluso canciones sobre la crisis: los desheredados, el aumento de la desigualdad, los excesos y la soberbia del sector financiero… Ha nacido un género propio con algunos planteamientos muy interesantes, algunos escorados políticamente, otros rigurosos.

Hoy los bancos sistémicos están más vigilados y sus balances más limpios –aunque los analistas señalan excepciones preocupantes como Deutsche Bank. Pero el dilema del too big to fail no se ha resuelto: los bancos grandes son aún más grandes (los cinco mayores en EEUU controlan el 47% de los activos de todo el sector), no digamos el sistema financiero en sombra, que según las estimaciones conservadoras supone 45 billones de dólares (trillions americanos), un tercio más que hace ocho años.

El riesgo se ha transferido a otros agentes financieros. Y los que jugaban con fuego siguen haciéndolo. Goldman Sachs y American Express, por ejemplo, siguen ofreciendo créditos personales de hasta 100.000 dólares a potenciales clientes subprime para que renueven su casa o se compren un coche. “Tu sueño puede hacerse realidad”, reza uno de los mails publicitarios de estas entidades. Mismos reclamos temerarios, diez años más tarde.

Aunque hoy el mundo crece y los niveles de confianza en términos generales se han restablecido, todavía no se ha dilucidado qué hacer con la deuda. Un endeudamiento que ha crecido hasta alcanzar el 217% del PIB mundial, un 40% más que hace 10 años.

No solo finanzas

Más allá de los grandes números está el coste social, político y anímico de la crisis. La recesión en EEUU impactó en Europa, que desde 2010 generó también sus propias crisis nacionales y de la unión monetaria. Se han avivado los populismos en gran parte del continente. Los partidos de extrema derecha gozan de cotas de representación inimaginables hace diez años. Estas formaciones se apoyan en tesis nacionalisas, eurófobas, antiinmigración. En algunos casos, como en la campaña a favor del Brexit, utilizando datos falsos, como se ha comprobado después.

Es complicado discernir qué problemas actuales provienen directamente de la crisis financiera y cuáles de otras dinámicas. El colapso de Lehman por sí solo no explica la salida de Reino Unido de la Unión Europea, la llegada de Trump a la Casa Blanca, el cuestionamiento de la política tradicional, el fin del bipartidismo en algunos países como España, el descrédito de los medios –merecido en algunos casos, pero en su mayor parte sembrado por partes interesadas-…

Esperando la próxima

Desde 1970 hasta 2007 el Fondo Monetario Internacional lleva contadas 124 recesiones. La pregunta, por tanto, no es si viviremos una nueva crisis económica, sino cuándo llegará y cuál será su magnitud. Y qué herramientas sociales, políticas, filosóficas sabremos manejar entonces. Qué papel tendrán los reguladores y los supervisores y cuál será el nivel de confianza en las instituciones. Ahora que el mundo crece es cuando se corre el riesgo de complacencia.


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