El 83% de la población mundial vive bajo cielos lumínicamente contaminados. La incapacidad de contemplar el Universo nos desconecta de un principio básico de nuestra existencia.

Todos recordamos esa noche en que vimos el mayor cielo estrellado de nuestras vidas. El lugar, el momento, la fascinación. Observar la inmensidad del Universo, y el humilde papel que juega nuestra Tierra en él, ha sido uno de los motores de la civilización humana. La astronomía como pilar del desarrollo de las ciencias y la cultura en Babilonia, en la Antigua Grecia, en China, en Egipto. Fuente de enconados debates científicos y filosóficos en Roma, en la civilización maya, en la Europa moderna. La cultura de las sociedades pivotó durante siglos sobre la importancia de los cuerpos celestes en nuestras vidas. Sin embargo, hoy vivimos en el más hondo analfabetismo. Pregunten en su entorno, o a ustedes mismos, si serían capaces de ubicar la Osa Mayor. O los planetas Venus y Marte. No hablemos ya de las constelaciones zodiacales.

La inopia y desinterés por ese Universo que nos rodea es un efecto colateral del desarrollo social y tecnológico. No nos interesan las estrellas sencillamente porque no las vemos. La luz eléctrica que deslumbra cada noche nuestros pueblos y ciudades las ha borrado de nuestras vidas. El Universo sigue ahí, pero cada vez existen menos lugares en la Tierra donde contemplarlo. Según el Nuevo Atlas Mundial del Brillo Nocturno Artificial, publicado por Science Advances, el 83% de la población mundial, y más del 99% de las poblaciones de Estados Unidos y Europa, viven bajo cielos lumínicamente contaminados. Desde hace décadas, nuestro cielo nocturno es un manto deslumbrante y opaco. Por eso cuando tenemos la ocasión de contemplar los cuerpos celestes en entornos naturales sin luz artificial, la experiencia nos emociona y perdura en nuestra memoria.

La privación visual de nuestro Universo no es un problema meramente estético. Los autores del Atlas afirman que nos estamos perdiendo una “experiencia humana fundamental”, y científicos y filósofos llevan años advirtiendo del efecto pernicioso en nuestra mente y nuestra salud. Vivimos de espaldas a una porción inmensa de nuestra existencia como humanos. Es una privación tan colosal y angustiante como el absoluto desconocimiento de nuestros fondos oceánicos, pero la sobrellevamos sin siquiera dedicarle un solo pensamiento.

Sin ir más lejos, el arco de la Vía Láctea es parte del legado cultural y natural de nuestro planeta, fuente de mitología y avances capitales para la humanidad, y sin embargo más de un tercio de la población actual del planeta es incapaz de verlo. El ‘apagón’ afecta al 60% de la población europea y al 80% de la norteamericana. Cuántos millones de personas jamás han visto sus cuerpos gaseosos y sus increíbles espirales.

El reconocido astrónomo estadounidense Malcolm Smith recordó en la revista Nature el “sutil impacto cultural” de esta ceguera.  “Sin una visión directa de las estrellas, la humanidad queda separada de gran parte del Universo, privada de cualquier sentido directo de su escala inmensa y de nuestro diminuto lugar en él. Los satélites y la fotografía de cielos nocturnos ilustran bellamente cuánto nos estamos perdiendo los humanos”. Smith subraya que nuestra especie “teme la oscuridad de forma innata, y las sociedades modernas confían en la iluminación como medida de seguridad, pero no existe ninguna evidencia que demuestre que derrochar luz artificial disminuye la criminalidad”.

Esta afirmación coincide con el llamamiento global para que las ciudades reduzcan la cantidad de luz artificial que arrojan diariamente a nuestros cielos. Esta luz artificial persistente, cuyo residuo alcanza decenas de kilómetros a la redonda de nuestras urbes e inunda bosques y entornos naturales, tiene un coste ecológico importante cuya magnitud no se ha llegado a cuantificar. Especies de aves migratorias dependen de la luz nocturna natural para orientarse, y las tortugas marinas necesitan playas oscuras y el brillo marino para desovar y que las crías encuentren el agua al nacer, por poner solo dos ejemplos.

Pero el argumento más persuasivo para controlar la contaminación lumínica es, como siempre, el económico. Según un estudio de la Asociación Internacional de Cielos Oscuros (IDA en sus siglas en inglés), con sede en Estados Unidos, las grandes ciudades norteamericanas queman innecesariamente miles de millones de dólares cada año en luz artificial que no necesitamos. Lo mismo puede aplicarse a Europa.

La Sociedad Española de Astronomía ha lanzado el proyecto NixNox, que promueve la localización de espacios óptimos para observar el cielo entre profesionales y aficionados, con el fin de que las administraciones públicas los valoren y preserven y la sociedad tenga conocimiento de ellos para disfrutarlos. Proyectos de corte parecido proliferan por toda Europa y Estados Unidos.

“Una de las formas más significativas en que la contaminación lumínica afecta a los seres humanos es que disminuye nuestra conexión con el Universo”, afirma Bettymaya Foott, directora de participación de IDA. “Con todas las divisiones que padecemos, mirar arriba hacia el cielo nocturno nos conecta con el gran misterio de nuestro mundo y nos ayuda a comprender que todos somos humanos viajando en la Tierra”.

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