Libertad, fraternidad, viralidad…

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Libertad, fraternidad, viralidad…

Piensen en cuánto tiempo han pasado frente a una pantalla en el último año. ¿Cuatro, ocho, doce horas al día? En muchos casos, más de las que han podido invertir en interactuar, aprender y disfrutar del mundo real. Al margen de las consecuencias para la salud, el incremento de tiempo virtual genera inercias sociales, modos de evaluar distintos y acuña términos que hace unos años nos habrían parecido irrelevantes. Uno de ellos es la viralidad. Una mecha que, sin saber cómo, prende. Y define una época.

Un contenido viral es aquel que se propaga como si fuera un virus. En un momento determinado impacta tanto que la gente lo comparte a través de las redes sociales y las páginas de vídeo de Internet. Y llega a compartirse por millones de usuarios en todo el mundo. El año pasado, los vídeos más compartidos fueron el de los enterradores de Ghana a ritmo de música tecno, el atragantamiento de Fernando Simón por comerse una almendra o las desafortunadas declaraciones de Donald Trump sobre el coronavirus y su posible eliminación con lejía y luz.

Lo viral tiene el poder de cambiar vidas: que se lo digan a Nathan Evans, un escocés de 26 años que hasta hace unas semanas trabajaba como cartero para la Royal Mail. El 27 de diciembre colgó este antiguo himno de marinero en la red Tik Tok que enseguida empezó a resonar en millones de ordenadores y teléfonos móviles de los cinco continentes. Evans acaba de firmar con la discográfica Polydor Records, de Universal. Por el contrario, un contenido que se viraliza también puede arruinar reputaciones o quemar una trayectoria muy rápido. Los combustibles, no lo olvidemos, son nuestro narcisismo y la necesidad de conectar con otras personas, de atraer su atención.

Como escribe la periodista de The New Yorker Jia Tolentino, considerada una de las ensayistas menores de 40 años más interesantes hoy en Estados Unidos, “en Facebook, nuestro sentido básico de la humanidad adquiere una nueva dimensión en tanto que activo viral del que extraer una rentabilidad. Nuestro potencial social queda limitado a nuestra habilidad para llamar la atención del público, lo que se mezcla de manera inextricable con la su­pervivencia económica. En lugar de sueldos y beneficios justos, dis­ponemos de nuestras personalidades, nuestras historias y nues­tras relaciones; y será mejor que aprendamos a empaquetarlas adecuadamente por si acaso sufrimos un accidente y no estamos asegurados”.

A veces lo viral nace con vocación de serlo. Lo fascinante es que, asimismo, puede partir de un momento espontáneo. De rituales en nuestra sociedad. Por ejemplo, los aplausos a los sanitarios que, día tras día durante el confinamiento, reunieron a millones de españoles en sus ventanas a las ocho de la tarde y se reprodujeron en redes una y otra vez durante meses. Como nos explicaba en el anterior Food for Thought el creativo publicitario Miguel Conde, esos son instantes que escapan a un laboratorio, a una planificación de marketing, pero llegan a trascender y son reconocibles por todo el país, son oro puro para quienes se dedican a analizar la sociedad: profesores, publicistas, periodistas, psicólogos, artistas…

¿Se contrapone lo viral a lo clásico o está hecho de otra pasta? En su ensayo Lo viral (Galaxia Gutenberg), el escritor y crítico cultural Jorge Carrión los opone, pero cree que están destinados a convivir. Para él, en esta nueva fase de la historia humana que es la digital nos acompañan tanto los virus informáticos como los digitales. Estos últimos no solo se contagian, sino que influyen en nosotros, nos cambian. Los memes y los vídeos virales han cambiado la Red y muchos son, queramos o no, parte de la cultura contemporánea.

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