Un futuro que no dé pánico

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Un futuro que no dé pánico

La comidilla de las últimas semanas en redes sociales ha sido un vídeo titulado Hola 2021. En él, Tatiana Ballesteros, una desconocida hasta el momento, relata mirando a cámara los esfuerzos que los ciudadanos llevan haciendo desde hace un año debido a la pandemia. Y reprocha a los políticos no hacer lo propio. En concreto, una frase ha desatado la controversia: “España necesita un capitán para un barco que va a la deriva”, que muchos han interpretado como un guiño a Vox o directamente como una soflama populista. Ballesteros insiste en que no se debe a ninguna ideología política, “tan solo a la razón y ética humana”.

Con o sin agenda oculta, este vídeo ha tenido miles de reproducciones. Es imposible saber cuántas visualizaciones responden a mera curiosidad y cuántas personas coinciden con lo que expresa. Lo indiscutible es el sentimiento al que apela: el miedo atroz al futuro de la juventud española.

“Queremos un futuro que no dé pánico”, apuntaba un usuario en Twitter. Días después, el INE publicaba las peores cifras de desempleo en cinco años. España es el país de la Unión Europea con mayor tasa de paro juvenil, un 39,9% de menores de 25 años. Son más de ocho puntos por encima con respecto al año anterior y casi el doble de la media europea.

La única esperanza para millones de jóvenes es la recuperación económica y la movilidad. Pero en el propio concepto de ascensor social que llevamos años manejando se halla la idea de unas oportunidades que hoy escasean. Como sostiene el catedrático de Economía en la UNED, Luis Ayala, experto en políticas sociales, “con la pandemia el riesgo es que la crisis sea transitoria, pero la desigualdad se vuelva estructural». Por mucho que las administraciones hayan puesto en marcha mecanismos de protección extra, algunas medidas como el Ingreso Mínimo Vital han nacido con carencias de partida. Por eso, aunque como iniciativa goza de un consenso amplio, ha generado recelos por su puesta en práctica deficiente. No ha conseguido aplacar la sensación de vulnerabilidad.

A eso se unen el escepticismo y la llamada fatiga pandémica. Confiamos cada vez menos en poder sortear esta época con un esfuerzo colectivo. Según la encuesta Espacov (Estudio social sobre la pandemia de la covid-19) para el CSIC, la percepción sobre la proporción de personas que cumplen con las medidas y restricciones impuestas se ha reducido a la mitad entre abril de 2020 y enero de 2021.

Ahora bien, ¿es esta sensación exclusiva de los jóvenes? ¿Están acaso más asustados o enfadados que las generaciones que los preceden? Hay quien ha esgrimido este argumento para explicar episodios de vandalismo como los que ha sufrido Barcelona a raíz de la condena al rapero Pablo Hásel. Eso es quedarse en la superficie, la excepción y el señalamiento. En esta pandemia, cada edad ha visto sus expectativas frustradas. El hartazgo existencial nos afecta a todos. Los episodios violentos, afortunadamente, fueron puntuales y perpetrados por una minoría. Como en Internet, una minoría con un gran altavoz puede provocar mucha confusión y destrozos, pero a la hora de analizar la sociedad no debemos perder la perspectiva.

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