Muerte y dignidad

El lunes 2 de octubre, la escritora francesa Anne Bert recibió una inyección letal en un hospital de Bélgica. Lo había planeado todo al detalle: dos días después se publicó su libro póstumo, ‘Le tout dernier été’. Bert, de 59 años, sufría el síndrome de Charcot, un trastorno neuromuscular degenerativo e incurable que afecta a los nervios periféricos, esos que conectan la médula espinal y el cerebro con los músculos y órganos sensoriales. Llevaba más de un año padeciendo dolor y luchando por una muerte digna en su país, pero en Francia todavía no está permitida ninguna forma de eutanasia activa ni de suicidio asistido. Solo desde 2016 se contempla la sedación “profunda y continuada” hasta el fallecimiento del paciente, algo a lo que en la práctica solo pueden optar enfermos terminales. “¿Dormir a un enfermo para dejarle morir de hambre y sed es realmente más respetuoso con la vida que administrar un producto letal?”, se preguntaba la escritora cuando se aprobó el texto legal.

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