Renta básica universal: ¿mejora o dinamita el estado del bienestar?

Los cambios estructurales en el mundo del trabajo y la automatización han reavivado el debate sobre la renta básica universal. Es una de esas pocas propuestas que a través de los siglos ha conseguido apoyos en todo el espectro político, desde Elon Musk a Richard Nixon. Sin embargo, sus detractores son muchos y dudan de cómo se podría financiar.

Hace unas semanas, medios de todo el mundo recogieron el supuesto fracaso de la renta básica universal (RBU) en Finlandia. El Gobierno del país, decían estas informaciones, iba a terminar antes de tiempo con el experimento. Los responsables del proyecto tuvieron que emitir un comunicado negando que fueran a finalizar el ensayo, que continuará en vigor hasta finales de este año, como estaba previsto. Hasta entonces, el Estado seguirá pagando 560 euros al mes a 2.000 ciudadanos de entre 25 y 58 años elegidos al azar sin importar su renta, sin preguntas ni condiciones.

En Finlandia la tasa de paro es del 8,8%  y las prestaciones sociales se organizan de manera bastante compleja: existen más de 40 distintas, los ciudadanos a menudo no saben a cuáles pueden optar. Además, si trabajan a tiempo parcial pueden perder el derecho a cobrarlas.  El Gobierno decidió implantar este programa piloto para, por un lado, saber si una inyección mensual fija de liquidez incentivaría el empleo y, por otro, reduciría la burocracia.

Marjukka Turunen, de la Seguridad Social finlandesa, es consciente de lo controvertido de la RBU pero la justifica: “Les brinda a los ciudadanos tranquilidad y libertad de preocupaciones económicas inmediatas, lo que les permite centrarse en encontrar un trabajo, montar un negocio, etc. Y de hecho muchos lo han hecho, mientras que otros han decidido aprender una nueva profesión o cuidar a sus padres ancianos. Algunos también aseguran tener menos estrés. Naturalmente, el dinero gratis no es la solución perfecta para todo el mundo. Lo importante es recordar que la renta básica es solo una de las acciones que se deben tomar al abordar los problemas de la vida laboral y la seguridad social”, explica.

¿Tiene razón? Aún no se sabe. Las conclusiones se harán públicas a finales de 2019 o principios de 2020. Los responsables del programa piloto no quieren comunicarlas mientras este siga en marcha para no afectar a los resultados.

Dilemas

La RBU, argumentan sus defensores, puede ser una respuesta a la desigualdad creciente y a la menor participación de las rentas salariales en el crecimiento económico. Elimina el riesgo de pobreza absoluta y las trabas administrativas, de ahí que guste, por ejemplo, a los libertarios en Estados Unidos. En Silicon Valley cuenta también con muchos adeptos que la ven ideal para quienes encadenan contratos de pocas horas y quieren emprender pero siempre andan escasos de cash.

¿Pero acaso Silicon Valley es representativo? Precisamente alguien formado allí, Susan Athey, ex economista jefe de Microsoft, considera que, si bien las bolsas de desempleo van aumentar en los próximos años, al mismo tiempo se crearán otras oportunidades inestimables ahora. La RBU sería un error, opina.

La principal crítica de los detractores de la renta básica universal no es que fomente la dependencia del Estado –varios estudios han demostrado que ocurre lo contrario: con una mínima ayuda la gente puede sufragar sus gastos básicos y buscar empleo-. Lo que cuestionan economistas de todo el mundo es el coste que supondría una RBU y cómo debería pagarse.

De momento las experiencias piloto de la RBU se han aplicado en contextos con esquemas de protección social tan distintos que no existe una conclusión transversal sobre sus efectos. En Canadá, que ya en los años 70 aplicó el llamado Mincome en la provincia de Manitoba, se está planteando la RBU para Ontario. En Alaska lo más parecido a la RBU es el fondo que distribuye a los ciudadanos los beneficios generados por el petróleo. En dos proyectos en India y Kenia, respectivamente, se ha conseguido reducir la violencia y activar el emprendimiento, pero los programas han sido financiados por ONGs, no a cargo del Estado. En Oakland, California, lo está impulsando una incubadora de startups.

En España existen propuestas como la de Daniel Raventós, Jordi Arcarons, Lluís Torrens, autores de ‘Renta básica incondicional. Una propuesta de financiación racional y justa’.

A grandes rasgos, la RBU implicaría movilizar entre el 25 y el 30% del PIB (unos 280.000 millones de euros, 7.471 euros al año por adulto y 1.492 euros al año por menor de edad, para 43,7M de beneficiarios totales). “Por el lado del gasto, integrar todas las prestaciones en efectivo que quedan por debajo de la cuantía de la RBU y dejar intactos los servicios públicos como la Sanidad y la Educación —existen también versiones libertarias de la RBU que se proponen como alternativa al Estado de bienestar, pero en Europa han sido hasta ahora muy marginales—. Por el lado de los ingresos, establecer un tipo nominal único en el IRPF que se fijaría alrededor del 50%”, explica en este artículo Borja Barragué, Profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid.

Rafael Doménech, jefe de análisis macro de BBVA, apunta que la RBU tiene ventajas pero también costes muy elevados, lo que da lugar a un dilema entre generosidad y presión fiscal. “El desempleo y desigualdad de muchos países tienen solución con otras políticas económicas que hay que aprovechar y evaluar antes para converger hacia las sociedades en la frontera. En países como España el Estado de bienestar todavía tiene muchos márgenes de mejora gradual en políticas de igualdad de oportunidades, empleo, formación, complementos salariales, etc., con el consiguiente aumento de la renta per cápita y de la equidad”, argumenta.

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