Neurociencia de la pobreza

¿Es distinto el desarrollo cerebral de un niño pobre y el de un rico? Si durante la infancia sufrimos privaciones, ¿nos costará más desde el punto de vista físico componer una sinfonía o resolver una ecuación diferencial?

Que la pobreza está directamente relacionada con la exclusión social quedó demostrado hace décadas. Ahora, cada vez más estudios subrayan que la escasez de recursos en la infancia tiene un impacto en la morfometría del cerebro, independientemente de los antecedentes genéticos. Obviamente el ADN influye, al igual que variables socioculturales y ambientales, pero lo significativo es que la falta de alimento o de unas condiciones básicas de bienestar en los primeros años de desarrollo inciden en la forma del cerebro, en partes que tienen que ver con el habla o la capacidad de tomar decisiones. Diferencias que a simple vista se perciben en un escáner.

La neurocientífica Kimberly Noble, de la Universidad de Columbia, analizó en 2015 las resonancias magnéticas del cerebro de 1.100 chavales de entre 3 y 20 años procedentes de distintos entornos socioeconómicos. En aquellos niños de familias desfavorecidas, con menos de 25.000 dólares de ingresos anuales la superficie de algunas áreas del cortex era un 6% más fina que la de los criados en familias con más 150.000 dólares anuales. Ojo, esto no implica causalidad, sino correlación: ser pobre no implica tener menos masa gris, pero la pobreza, en grandes grupos, tiende a producir este efecto.

Otro equipo de científicos en Estados Unidos concluyó también que los niños sin recursos presentan una masa gris más delgada, el tejido cerebral que se asocia con el razonamiento, en el hipocampo (el ‘almacén’ de la memoria), el lóbulo frontal (relacionado con la capacidad de tomar decisiones, de resolver problemas, de establecer juicios o de las emociones) y el temporal (cuna del lenguaje, la conciencia de uno mismo, y el procesamientos información visual y auditiva).

Todas esas partes del cerebro trabajan en equipo cuando un niño estudia, decide, memoriza… Menos masa gris implica irremediablemente mayor dificultad para aprender. Si a eso se le une además el vivir en un entorno desestructurado, en situación vulnerable, o de malnutrición, el desarrollo se antoja aún más complicado.

Terreno pantanoso

Al margen de su valor científico, estos estudios ponen en duda conceptos como el del sueño americano: el que, con tal de trabajar duro, uno puede ascender en la escala social y triunfar. Pero concluir que los pobres tienen un cerebro distinto alimenta una lógica falsa y perversa, comenta Matthew Hughey, profesor de Sociología en la Universidad de Connecticut. “Eso de que ‘los cerebros de los pobres son diferentes’ es un enfoque demasiado fácil, aterrador y simplemente equivocado».

Los propios científicos se quejan de que los medios de comunicación y los resúmenes de sus investigaciones son simplistas y terminan desvirtuando sus hallazgos. “Por ejemplo, implican causalidad cuando realmente solo tenemos evidencia correlacional«, se lamenta Kimberly Noble. «Representar los hallazgos de esta manera a menudo distorsiona la ciencia. No puedo predecir con exactitud qué tamaño del cerebro de un niño en particular se basará en lo que gana su familia». Los ingresos constituyen solo una pieza del rompecabezas. Hay niños en ambientes de privación cuyos cerebros no tienen ningún problema porque su entorno les ha proporcionado seguridad, afecto y estímulos. Pero estos estudios ofrecen muchas pistas a quienes diseñan políticas públicas: muchos pequeños mejorarán su desarrollo cognitivo simplemente si se ayuda a su familia a salir de la pobreza

En todo caso, el cerebro es capaz de modificar su propia estructura, sobre todo durante la primera infancia. Aunque luego es más difícil, esa habilidad prodigiosa se mantiene durante toda la vida.

Postdata: En España, casi 13 millones de personas están en riesgo de pobreza y exclusión social, según el último informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza. De ellas, 2,9 millones padecen pobreza severa.

 

 

Crédito de la foto: University of Oxford.

Back To Top