Aspiramos a la felicidad, pero cada vez nos alejamos más de ella. Gobiernos e instituciones empiezan a estudiarla científicamente para aumentar el bienestar social.

“La felicidad se puede medir, yo llevo casi diecisiete años haciéndolo y además no soy el único, pues cada vez más instituciones la miden, en empresas y poblaciones, centros de salud, colegios o residencias de mayores. Se mide porque se sabe que los datos que se obtienen de esos cálculos pueden cambiar la vida de la gente”. Así arranca el investigador Alejandro Cencerrado su ensayo En defensa de la infelicidad (Destino), el compendio más fresco y minucioso escrito en español acerca de qué es, en términos científicos, la felicidad.

Todo ser humano aspira a la felicidad, bien sea la felicidad material (una casa con piscina, o una casa a secas; un coche de alta gama, buena ropa, buena comida) o inmaterial (mejorar nuestra salud, ser queridos y respetados, vivir experiencias únicas). ¿Qué sentido tiene la civilización humana, o la vida misma, si no aspiramos a cierto grado de satisfacción?

Desde que tenía 18 años, y ahora cuenta 34, Cencerrado se ha propuesto la tarea titánica de cuantificar su grado de felicidad cada día de su vida. Al finalizar la jornada, toma un bolígrafo y un calendario y valora el día en una escala del 0 al 10, junto a un breve comentario de sus sensaciones. Este ejercicio que inició siendo adolescente le ha llevado a dedicar su carrera profesional al estudio de la felicidad.

Físico de formación, Cencerrado es analista principal de datos del Instituto de la Felicidad de Copenhague. La labor de este organismo consiste en averiguar qué hace a unas personas más felices que a otras, qué diferencia a las sociedades más felices de las menos felices y en base a ello asesorar a Gobiernos y empresas en la implementación de políticas que mejoren el bienestar de la población de una forma científica y rigurosa.

La conclusión de Cencerrado es que la felicidad y la infelicidad son estados de ánimo pasajeros y algo arbitrarios, que se intercalan en un bucle infinito a lo largo de nuestras vidas. Ambas tienen causas que a menudo no percibimos, o que llegan con efecto retardado. Posiblemente la muerte de un ser querido no nos cause en las horas siguientes la devastación emocional que exige el consenso social, si bien ésta llegará con el paso de los días y el peso de la ausencia. Lo mismo ocurre por el lado positivo. ¿Fue de verdad nuestra boda el día más feliz de nuestras vidas? ¿Lo fue el día exacto del nacimiento de nuestros hijos? Si somos honestos con nosotros mismos, la respuesta en muchos casos será no.

Tanto la felicidad como la satisfacción con la vida vuelven a la normalidad después de la tragedia. Tenemos un mecanismo biológico que nos permite adaptarnos a cualquier situación, por horrible que esta sea. Lo mismo ocurre por el otro extremo: la felicidad de haber alcanzado esa meta que tanto soñamos y por la que tanto nos esforzamos se irá disipando hasta convertir en rutinario lo que ayer creímos la cumbre del éxtasis. Daniel Kahneman, uno de los investigadores más importantes en el terreno de la felicidad y premio Nobel de Economía, lo expresó de este modo: “Nada en la vida es tan importante como parece ser cuando piensas en lo importante que es”.

Según las fórmulas del físico estadounidense J.C. Sprott, el cumulativo de la felicidad siempre tiende a cero. Es el Yin y el Yang taoísta refrendado con modelos matemáticos. Los días felices acumulados después de un ascenso laboral, enamorarnos o ganar la lotería suben, pero con el tiempo acaban bajando hasta llegar a cero de nuevo. Esto significa que lo que nos dio felicidad nos la acabará quitando en la misma medida. La infelicidad que nos genera perder algo es exactamente la misma felicidad que nos proporcionó ganarlo. La infelicidad desoladora que nos genera la pérdida de un ser querido tras su fallecimiento o tras un divorcio equilibra la enorme felicidad que nos proporcionó tenerlo a nuestro lado, hasta alcanzar este interesante y perturbador juego de suma cero.

Es un equilibrio de fuerzas similar a la llamada felicidad por contraste que apuntó el filósofo y matemático galés Bertrand Rusell en 1930 en La conquista de la felicidad. Así lo resume Cencerrado: “Sin el contraste con la enfermedad, uno es incapaz de apreciar la salud. Sin el contraste con el miedo es difícil apreciar la seguridad. Sin el contraste con la soledad es difícil apreciar la compañía. Alcanzar el bienestar a largo plazo es mucho más difícil de lo que nos habían hecho creer, puede incluso que imposible. Estamos programados para estar insatisfechos. La felicidad definitiva nunca llega”.

Bajemos al día a día y tomemos esta anécdota del autor en la que nos podemos sentir identificados. “Haciendo el Camino de Santiago tuve unos dolores horribles en una pierna, lo pasaba realmente mal, pero luego disfrutaba como nunca de parar a comer. Comer un plato de pollo me generaba una felicidad inmensa e ilógica en otro contexto, debido a esa felicidad por contraste”. Esto demuestra que la felicidad es más arbitraria y mundana de lo que creemos y requiere una fuerza contraria que la desencadene.

Lamentablemente, hay ciertos patrones compartidos que dañan la felicidad individual en el modelo de sociedad actual. Uno que causa estragos es la soledad. El psicólogo y epidemiólogo británico Andrew Steptor, investigador del University Collegue de Londres, descubrió que la soledad es el factor que más reduce la felicidad en el Reino Unido, mucho más allá que enfermedades como el cáncer. Suena excesivo, pero otros equipos investigadores han llegado a una conclusión parecida. Del lado opuesto, se ha demostrado estadísticamente que las personas más felices son casi siempre aquellas que dicen confiar en los demás. Ni uno ni otro elemento es un bien material.

“Las sociedades se están dando cuenta de que ya tenemos todo lo que nuestros abuelos soñaron y no estamos mejor. Problemas de ansiedad, de baja autoestima, de conducta alimentaria…”, advierte Cencerrado. “Pero soy optimista con el futuro porque cada vez más países invierten recursos en medir el bienestar de sus poblaciones. En Reino Unido existe un Ministerio de la Soledad y en Nueva Zelanda se realizan estudios para derivar recursos al bienestar. Centrarnos en mejorar aquellos elementos que nos aportan felicidad, como es disponer de una buena conexión social, y reducir el valor de logros materiales que se ha demostrado que no aportan la satisfacción esperada, es un primer paso para cambiar el rumbo”.

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