Los Schindler españoles

No siempre reconocidos, e incluso represaliados, decenas de funcionarios españoles sacrificaron sus carreras para salvar a judíos del Holocausto.

 Se cumplen 25 años del estreno de la Lista de Schindler, el homenaje de Steven Spielberg al empresario alemán que salvó de morir a más de mil judíos polacos durante la Segunda Guerra Mundial dándoles trabajo en sus fábricas. Aquella película basada en una novela del australiano Thomas Keneally resucitó los peores fantasmas del Holocausto, al tiempo que avivó la conciencia colectiva de la solidaridad.

Hubo muchos Schindler. También españoles: diplomáticos de carrera u oficio que desde Sofía, Salónica, Milán, Berlín, entre otros, comprometieron sus puestos y vidas personales para salvar a unos 8.000 judíos de la persecución étnica, física y legal. Desoyendo o interpretando de forma laxa las instrucciones que recibían desde Madrid, pidieron documentos de protección, liberaron a detenidos, dieron cobijo o ayudaron a escapar a estas personas. Les movían causas muy distintas: patriotismo, humanidad, fe… Y actuaron de manera tan discreta que en algunos casos sus propias familias no se enteraron.

Como cuenta el historiador José Antonio Lisbona, ya en 1881 Alfonso XII le ofreció refugio a miles de judíos rusos salidos de los pogromos del Zar. En 1924 el decreto Primo de Rivera concedió la nacionalidad española a los sefardíes (“antiguos protegidos españoles y descendientes de éstos”), y permitió a los funcionarios españoles en el exterior otorgar salvoconductos a miles de judíos, aunque muchos no fueran sefardíes.

Sin reconocimiento

No siempre se les agradeció. “Ninguna de las personas que hicieron algo para evitar la muerte segura de los judíos durante el Holocausto estaba buscando un rédito inmediato. Lo que no podían pensar es que además probablemente sus vidas personales y profesionales se verían negativamente afectadas”, explica Enrique Criado, diplomático y autor de El Paraguas Balcánico (ed. Aguilar, 2019), que dedica un capítulo a estos Schindler españoles.

Ángel Sanz-Briz, el llamado Ángel de Budapest, es uno de los que sí han pasado a la Historia. Fue embajador español en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial y en sucesivas cartas, Sanz-Briz informó horrorizado a Madrid de los planes nazis, desde la exclusión a los campos de exterminio. Se calcula que salvó la vida a unos 5.200 judíos de ese país dándoles pasaportes españoles, aunque solo 200 eran sefardíes. Junto a los embajadores en Hungría de Suecia y el Vaticano, creó la llamada carta de protección, un documento que entregaban a los judíos que los solicitaban y que acreditaba que su titular estaba bajo la protección de países neutrales en la guerra. En 1991, el Parlamento de Israel le concedió el título póstumo de Justo de la Humanidad.

Pero hubo héroes que han pasado prácticamente inadvertidos en los libros y que además sufrieron represalias por sus acciones. Es el caso de Julio Palencia, diplomático español en Bulgaria en los años 40. Alineado con el régimen franquista, había estado destinado antes en Salónica, Estambul y Shanghai, donde entró en contacto con la comunidad judía.

“Cuando Bulgaria entró en la alianza con la Alemania nazi y comenzó a adoptar legislación antisemita, Palencia se mostró muy contrario a ella en los informes políticos que enviaba a Madrid, aunque era consciente de que al otro lado del telégrafo no siempre se encontraba una persona empática con la causa de los judíos. De hecho fue muy delgada la senda por la que debió transitar”, cuenta Enrique Criado en el libro. Llegó a enfrentarse a las autoridades nazis para impedir la ejecución del comerciante local sefardí León Arié. No lo consiguió y terminó adoptando a los dos hijos de Arié para que pudieran salir del país y le extendió un salvoconducto a su viuda. Esto le supuso caer en desgracia con sus superiores en España.

“Julio Palencia no hizo cálculos personales ni profesionales ni de ningún tipo. Se jugó su profesión, su dinero, su familia y su libertad simplemente para hacer lo que pensaba que era lo correcto. No buscaba ningún premio pero probablemente tampoco anticipó las consecuencias tan negativas que iba a tener todo para él. Por tanto parece un acto de justicia, aunque sea póstuma, porque además ni siquiera tiene familia, que se reconozca lo que hizo”, añade Criado.

Desde Exteriores se está gestionando ese reconocimiento para Julio Palencia. Su historia se da a conocer en la exposición Más allá del deber. La respuesta humanitaria del servicio exterior frente al Holocausto, comisariada por el historiador Lisbona. Para uso de las embajadas españolas, la muestra busca difundir la labor de los Schindler españoles en el mundo.

La fundación oficial israelí Yad Vashem, dedicada a honrar la memoria de aquellos que, sin ser de confesión o ascendencia judía, ayudaron a los judíos durante el Tercer Reich ya ha concedido el título de Justo entre las Naciones a José Ruiz Santaella y su esposa Carmen Schrader, Eduardo Propper de Callejón y Sebastián de Romero Radigales. También lo han recibido dos ciudadanos particulares, Martín Aguirre Otegui y Concepción Faya Blázquez, por su actuación en Bélgica y Francia a favor de los judíos.

Se calcula que entre 20.000 y 30.000 judíos consiguieron escapar del nazismo llegando a España con el apoyo de ciudadanos anónimos: pasadores de frontera, campesinos, miembros de organizaciones humanitarias, contrabandistas de mercancías… Aun así, el franquismo les impuso unos requisitos estrictos de entrada. Según algunos historiadores Franco se cuidó de impedir el asentamiento de judíos, al contrario que el dictador portugués Somoza. Otras fuentes como el periodista Carlos Hernández, autor de Los últimos españoles de Mauthausen, sostienen que Franco tuvo responsabilidad en el exterminio de 50.000 judíos de origen sefardí residentes en Europa.

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