Los problemas de EE.UU. vienen de lejos y no son culpa de Trump

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Los problemas de EEUU que vienen de lejos y no son culpa de Trump

Pasado el espectáculo electoral, llega el momento del análisis. Y para eso necesitamos mirar a muchas realidades en Estados Unidos que llevan gestándose décadas. Conceptos como “muerte por desesperación” o “workcampers” (migrantes trabajadores nómadas que viven en caravanas y cuyo único activo es la movilidad) son compatibles con que la economía americana haya crecido y con los récords de Wall Street.

Desesperados

Angus Deaton, ganador del Premio Nobel de Economía hace cinco años, y Anne Case, catedrática emérita de Princeton, han acuñado el concepto deaths of despair (muertes por desesperación). En 2014 se dieron cuenta de que en el país más rico y poderoso del mundo la esperanza de vida se había reducido durante tres años seguidos, algo que no sucedía desde la Primera Guerra Mundial. El sueño americano ha ido transformándose en un foco de frustración para millones de personas que no pueden acceder a buenos empleos ni a proveer para sus familias. La desesperanza está llevando a miles de ellos a quitarse la vida de manera inmediata o en una agonía sostenida por el alcohol y los medicamentos. Más de dos millones de estadounidenses consumen opiáceos y medio millón toma metanfetamina cada semana. En 2018, 46.000 estadounidenses fallecieron de sobredosis. La pandemia ha dificultado la compra de droga y eso está teniendo un efecto rebote, porque los enfermos pasan a engancharse a otras sustancias que pueden conseguir over the counter, sin necesidad de receta médica.

 

Trabajadores pobres

Este concepto está directamente relacionado con el anterior y no atañe solamente a Estados Unidos, pero cada día es más acusado. En 1964 el entonces presidente Lyndon B. Johnson declaró la “guerra incondicional a la pobreza”, que entonces afectaba al 19% de la población. Hoy apenas han conseguido reducirla al 12%. La pandemia ha agravado el problema: según investigadores de la Universidad de Columbia, las ayudas al desempleo y los cheques aprobados por el Congreso no han sido suficientes para evitar que ocho millones de estadounidenses cayeran en la pobreza desde mayo. Esto es, de 47 millones han pasado a ser 55 millones en septiembre. Los más afectados han sido los hispanos, con un índice de pobreza del 25,8% en septiembre, por encima del 23,7% antes de la pandemia. Entre los afroamericanos, el 23,8% vivía por debajo del umbral de pobreza en febrero y ese porcentaje subió en septiembre al 25,2%. En el caso de los blancos, el aumento es menos acusado: el índice de pobreza ha pasado del 11,2% al 12%. Lo sobrecogedor es que muchas de estas personas trabajan, pero con condiciones tan precarias que no consiguen salir del círculo de la pobreza. Son los working poor o trabajadores pobres. Algunos forman parte del concepto que analizamos a continuación.

 

Workcampers 

Decenas de miles de personas en EEUU, la mayoría blancas, viven como nómadas, desplazándose de un estado a otro en función de los trabajos temporales que les van surgiendo: la recogida de frambuesa en Vermont, de remolacha en Dakota del Norte, de arándanos en Kentucky… No pueden pagar un alquiler ni una hipoteca y viven en caravanas. Son los workampers (trabajadores acampados) o workers on wheels (trabajadores sobre ruedas), como ha denominado a estos peones del siglo XXI la periodista Jessica Bruder, que pasó tres años recogiendo sus testimonios. Su libro País nómada: supervivientes del siglo XXI (Capitan Swing) parece una actualización de Uvas de la ira. “Vistas desde lejos, en muchos casos sería fácil confundir a estas personas con despreocupados caravanistas jubilados (…) Por su aspecto y sus ideas son mayoritariamente gente de clase media (…) Son supervivientes”.

Los “furgorresidentes” no tienen seguro social, o es insuficiente. Muchos han alcanzado la edad de jubilarse y no pueden; a otros les faltan unos pocos años. Hay quienes perdieron todos sus ahorros en la crisis de 2008 (en 2011 unas 1.200.000 viviendas fueron embargadas y la venta de autocaravanas aumentó un 24%) o en malas inversiones. Sin la suficiente red de seguridad, a muchos les fue imposible sobreponerse a una enfermedad, un divorcio o un accidente. Han terminado en campings improvisados o en aparcamientos, apuntándose al gimnasio para poder usar las duchas. A menudo deben optar entre comer o arreglarse una muela; llenar el depósito de gasolina o comprarse una prenda de abrigo que necesitan. No solo han renunciado a pertenecer a la clase media, sino también al arraigo.

 

Conspiradores

Las teorías de la conspiración llevan intoxicando a las sociedades desde la Edad Media. En Estados Unidos también existe una tradición del complot que nació mucho antes de la pandemia, aunque ahora se haya reforzado. ¿Se acuerdan de cuando Barack Obama fue nombrado presidente en 2008 y el grupo de los ‘birthers’ estuvo meses presentando supuestas pruebas para acreditar que no había nacido en Estados Unidos sino en Kenia? Michael Butter, uno de los investigadores más conocidos sobre las teorías conspirativas, confirma que no porque ahora se hable más de ellas han aumentado. En el siglo XVIII se hablaba de que los partidarios de la esclavitud estaban trabajando en secreto para extenderla más allá del sur de EEUU. Se llegó a especular con que el objetivo final era esclavizar a la clase trabajadora blanca. En 1963, con el asesinato de Kennedy, se abrió la espita: toda suerte de pseudoinformes vinculaban a la CIA, a Cuba o incluso a la mafia italiana con su muerte.

Con la llegada de Internet, las teorías rocambolescas se multiplicaron exponencialmente. Hoy las que tienen más tracción en EEUU son los grupos QAnon, basados, entre otras cosas, en que Donald Trump está librando una guerra secreta contra una gigantesca trama de pederastas del que forman parte desde los Clinton a estrellas de Hollywood, con infiltrados en las altas instituciones del país y los grandes medios de comunicación. Los QAnon emplean un lenguaje críptico y animan a sus seguidores a ir desenredando tramas. Por un lado les dejan pequeñas pistas en la Red, como si se tratara de un juego de detectives, y por otro los animan a cruzar esa información con discursos de Trump. QAnon ha sido descrito como «una nueva religión» y ahora está haciendo incursiones en otros países. Una de sus defensoras, la congresista por Georgia Marjorie Greene, acaba de ganar un asiento en la Cámara de Representantes.

 

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