“Las voces para llegar a encontrarse deben pasar a través de canales que imponen sus reglas, jerarquizan, manipulan”

Hace unos años, el CEO de Google admitió que se compraba prácticamente una empresa por semana. Bruselas está ultimando una nueva multa contra el gigante de Silicon Valley por abuso de posición dominante, tras una sanción de 2.400 millones de euros el pasado verano. Sobre este poder desmesurado reflexiona Belén Gopegui (Madrid, 1963) en su última novela, Quédate este día y esta noche conmigo (Literatura Random House). Tres protagonistas, entre ellos el propio buscador, y un canto a favor de las relaciones humanas no tuteladas por él.

– Google aparece en su novela como el Gran Hermano de 1984 hoy. ¿Por qué esta red y no otras? Facebook, Twitter, Amazon interconectan y disgregan también a base de algoritmos.

Estoy de acuerdo, en efecto, con el papel de esas otras plataformas. Pero Quédate es una novela y Google, a quien se dirigen Mateo y Olga para enviar una solicitud de trabajo. Quería convertir a Google en personaje, esto es más sencillo con una sola plataforma. Por otro lado, Google declara expresamente que su misión es “organizar toda la información que hay en el mundo”, creo que de este modo intenta separarse del resto de plataformas con una pretensión mayor de omnisciencia.

– Describe a los protagonistas del libro como “motas de polvo frente a un río”, y Google es ese río. Seres humanos impotentes ante esa autoridad que todo lo almacena y que solo conecta a unos pocos. Pero Google ha permitido a individuos relacionarse y sacar a la luz situaciones de abuso o compartir conocimiento, ¿qué hay del valor de la mente colmena?

Cuando comenzó internet, esa idea de la mente colmena impulsó muchas de mis reflexiones y de mi relación con la red también a través de la literatura. Sin embargo, creo que en poco tiempo el capital ha colonizado la red, de tal modo que las voces para llegar a encontrarse deben pasar a través de canales que imponen sus reglas, jerarquizan, manipulan. Eso no significa que no se puedan encontrar aportaciones increíbles en la red, pero sí que es difícil que estas aportaciones se abran camino de forma autónoma. Aquel sueño de una red distribuida es cada día más difícil de alcanzar. El conocimiento termina siendo un objeto de negocio, y resulta casi imposible intervenir en los fines de esas grandes plataformas modificándolos, entre otros motivos porque ni siquiera ellas mismas pueden controlar sus fines. Como decía el crítico cultural Mark Fisher, el realismo capitalista no busca convencernos de algo determinado, sino ocultar el hecho de que las operaciones del capital no dependen de algún tipo de creencia subjetivamente compartida.

-Usted reclama el “yo móvil”, una entidad moldeable, nómada, que puede desempeñar hoy una función y mañana otra. ¿En oposición a los perfiles en redes sociales, que reducirían al ser humano a representaciones fijas? 

Olga, en un momento de la novela, recuerda el tiempo en que ella misma y su entorno reclamaba esa identidad nómada. Pero después terminó comprobando que ese yo moldeable había sido utilizado por el poder para justificar cuestiones como la precariedad, los traslados forzosos, etcétera. Creo que la ausencia que los personajes detectan en la red es la de la libertad de pensamiento: en la medida en que las intervenciones en las redes se organizan a través de menús con unas alternativas ya establecidas, queda poco espacio para salir de ahí, para imaginar las opciones no incluidas.

– “El mundo, Google, está todavía lleno de conversaciones que no ves”, escribe. ¿Qué hay de la responsabilidad del individuo?  Al acotar los temas y los interlocutores nos sentimos cómodos en nuestras cámaras de eco. 

De nuevo para mí el problema no es compartir las conversaciones ni tejer redes, sino que esto deba hacerse en marcos comerciales con reglas que se guían por la búsqueda de la máxima rentabilidad. No hay apenas formas de indagar en caminos nuevos, cada conversación  que se hace pública en la red termina ingresando en autopistas que excluyen numerosos destinos, que imponen sus ritmos, su velocidad, sus carriles.

-En el libro hace referencia a unas máquinas que han sido programadas para ir más allá del código binario y entender que en el mundo también hay emociones, pero no acaban de sentirlas. “Se me ha enseñado que es conveniente no pensar en el yo como una entidad centrada y todopoderosa sino como en una sociedad de ideas, imágenes y emociones”, dice Google. ¿Una ironía acerca de las limitaciones del ‘machine learning’? 

Tengo mucha confianza en las posiblidades de aprendizaje de las máquinas, en la medida en que considero, con Marvin Minsky, que también las personas somos, a nuestra manera, máquinas, lo que no significa algo necesariamente malo. El hecho de que esa voz que habla como una máquina sea capaz de ironizar sobre sí misma, y más aún, sea capaz de valorar lo que hay de singular en la solicitud de Olga y Mateo, cosa que no hacen en cambio otros empleados demasiado presionados por las reglas de la empresa, es una forma de decir que podemos perfeccionarnos aprendiendo a crear instrumentos mejores, en algunos aspectos, que los seres humanos tal como hoy los conocemos. Claro que eso requiere poner la inteligencia al servicio, por ejemplo, de crear máquinas capaces de desarrollar comportamientos buenos y no sólo comportamientos eficaces para llevar a cabo fines que quizá no lo sean.

– Hace unas semanas en el New York Times se publicaba un artículo de opinión titulado “La ventaja de ser gobernado por los cinco gigantes tecnológicos”. Uno de los argumentos de los que defienden el status quo es que la diseminación del poder sería más complicada de identificar y, por tanto, de sortear.

Por lo que veo, el articulista piensa que esas compañías podrían ser gobernadas, controladas de algún modo. No parece que esté siendo así. Al ser su acumulación de datos (yo diría su expropiación ilegítima de datos que son bienes comunes y que se apropian gracias a poseer el monopolio de algunos servicios) y de medios es superior a la que poseen los gobiernos, cualquier intervención democrática sobre las mismas termina limitada a pequeñas correcciones insignificantes. Aún así, vuelvo a la idea de Fisher, el problema es que estas compañías no tienen un plan, simulan tenerlo pero reaccionan a menudo con improvisación y chapuza y eso es difícil de controlar, sobre todo por instancias democráticas muy poco organizadas como las de nuestras sociedades. ¿Serían hoy estas cinco compañías el Palacio de Invierno o la Bastilla que habría que tomar? Si así fuera, estaría incluido el ejército norteamericano que las defendería, y ya no serían cinco sino seis. Creo que hay una cierta ingenuidad por parte del articulista en pensar que sólo son compañías.

-La última reforma del Código Penal reclama investigar “el uso de las redes sociales y los sistemas telemáticos en la comisión de delitos de infamias, de injurias y de calumnias”. Incurrir en delito de odio por un tuit o un chiste desafortunado… ¿Puritanismo encubierto?

La palabra puritanismo admite muchos sentidos. No tengo nada en contra, por ejemplo, de la llamada corrección lingüística y política, que no atañe al humor sino a las maneras cotidianas de expresarse. Creo que unos medios de comunicación que hablaran con respeto de todas las personas serían más útiles que los que hoy tenemos. Sin embargo, esto no sucede, ni sucedía tampoco cuando no existían internet: los estereotipos, el desprecio, el desdén, son constantes. En cuanto a la parte de la reforma que cita parece destinada a ser, más bien, una forma de control político.

-En menos de 24 horas, el caso Weinstein provocó casi 5 millones de reacciones de internautas en Facebook. Muchas personas están atreviéndose a denunciar delitos. Aunque el avergonzamiento público está poniendo al mismo nivel a un violador y al autor de un comentario desafortunado. ¿Le preocupa esto? ¿Corremos el riesgo de legitimar una “policía ciudadana”? 

El problema es que no se trata de policía ciudadana, sino de policía empresarial. Es Facebook quien permite, alienta o niega la posibilidad de esas denuncias. Se autorizan en unos casos, pero se vetan o se colocan en lugares inaccesibles en otros. Me preocupan las mediaciones, al margen de que considere muy legítimo que se denuncie cualquier caso de abuso. Pero la persona que lo sufre en una pequeña o mediana o gran empresa española o en su domicilio, etcétera, sigue estando a menudo muy sola porque las instituciones, estas sí, ciudadanas y democráticas que deberían funcionar, tales como los tribunales, la policía, las administraciones que deberían garantizar, por ejemplo, que se cumpla una orden de alejamiento o que esa persona no sufra represalias, no funcionan. Pretender sustituirlas con empresas estadounidenses arbitrarias me parece que no es el camino.

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