La Nueva Ruta de la Seda: ¿Quiere China un nuevo orden mundial?

El pasado 14 de mayo se inauguraba en Pekín una cumbre que congregó a  jefes de Estado y de Gobierno de 28 países, Mariano Rajoy entre ellos. ¿El motivo? La presentación del ambicioso proyecto del presidente de la República Popular China, Xi Jinping: la conocida como Nueva Ruta de la Seda.

Este plan, al que algunos han venido catalogando como la mayor prioridad de la política exterior china, fue ideado y ha sido promocionado ya desde 2013 por el líder del gigante asiático.

La Ruta de la Seda contempla la creación de una gran red marítima y terrestre de infraestructuras de transporte, energía y comunicaciones que conecte China con el resto del mundo y le abra nuevas vías hacia el Oeste. El proyecto es la versión moderna de la histórico trayecto con el mismo nombre, que fue el principal nexo comercial entre el Este y el Oeste a través de los desiertos y montañas de Asia Central y Oriente Próximo.

Entre las medidas que recoge el nuevo plan, se encuentran algunas tan diversas como la creación del tren Madrid-Yiwu, del corredor China-Pakistán o de un oleoducto que conectará el sur del país asiático con Birmania y la bahía de Bengala.  El Gobierno chino ha dispuesto para llevar a cabo el megaproyecto, que espera completar para 2025, un fondo de 40.000 millones de dólares. Además, cuenta con el Banco Asiático de Inversión e Infraestructuras (BAII), del que son miembros unos 60 países.

Sin embargo, la Ruta de la Seda, que el Gobierno chino se esfuerza por vender como una iniciativa de cooperación internacional, no ha tardado en suscitar reservas y críticas desde otros lugares del mundo. ¿Es el proyecto de Jinping un intento de China para alzarse como superpotencia y erigir un nuevo orden mundial?

Vocación internacional y nacional

La iniciativa del presidente chino llega en un momento en el que el país, tras haber protagonizado un crecimiento económico sorprendentemente rápido en sólo 40 años, se está enfrentando a ciertas dificultades internas: exceso de capacidad en la industria, problemas de las empresas estatales o saturación del mercado interior.

La Nueva Ruta de la Seda significaría, por lo tanto, no sólo un plan con vocación internacional sino también un proyecto que podría paliar a medio y largo plazo sus dificultades a nivel nacional. Por un lado, la idea de Jinping significaría la creación de una salida de sus excedentes hacia el resto del mundo. Por otro, disminuiría las desigualdades de las provincias chinas en las que el boom económico no incidió de igual forma.

La visión global del plan parece tener un peso aún más trascendental. Los críticos han analizado algunas de las posibles razones del coloso asiático para impulsar esta nueva Ruta de la Seda. Podría haber surgido como la alternativa china al TTIP y ser también un intento de proyectar su influencia geopolítica en el mundo. Algunos expertos apuestan por que se trata de una forma de protección de su mercado frente al temor del aislamiento desde la victoria de Donald Trump en Estados Unidos o la salida de Reino Unido de la Unión Europea.

Algunas incógnitas

Sea cual sea el verdadero motivo impulsor del megaproyecto estrella de Xi Jinping, aún quedan, según los especialistas, algunas incógnitas al respecto. ¿Tendrá el Gobierno chino la capacidad de financiación suficiente para llevar a cabo una iniciativa de tales dimensiones? ¿Cuál podría ser la influencia de un sistema político peculiar, heredero de una larga tradición de despotismo letrado y alejado del concepto de democracia occidental?

Estas y otras cuestiones han sido las abordadas en la Conversación Intergeneracional “China quiere un nuevo orden mundial”, llevada a cabo este miércoles en la sede de la Fundación Foro de Foros, y de la que han sido ponentes los especialistas Mariola Moncada, Enrique Fanjul, Georgina Higueras y Jorge Conesa.

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