La cárcel como refugio

Se llevó sin pagar huevas de bacalao, semillas y una sartén. La señora T., de 80 años, está cumpliendo su tercera condena por robo en Japón, de dos años y medio. Como una de cada cinco reclusas japonesas, es mayor de 65 años e insiste en que es mucho más feliz entre rejas. “La primera vez que fui a la cárcel tenía 70 años. Robé en una tienda pero llevaba dinero en la cartera. Pensé en mi vida. No quería volver a casa y no tenía otro lugar a donde ir. Mi vida es mucho más fácil en la cárcel. Mi hijo me dice que estoy enferma y que debería estar en un psiquiátrico, pero yo no lo creo. Me parece que fue la ansiedad la que me llevó a robar”, confiesa.

El testimonio de T., que cuidaba a su marido con demencia, forma parte de un reportaje conmovedor de Shiko Fukada para Bloomberg, realizado con fondos del Pulitzer Center y de la International Women’s Media Foundation. Mujeres como M. o A. (en el texto solo se mencionan las iniciales de las protagonistas, que aparecen fotografiadas de espaldas) han encontrado en la cárcel un alojamiento gratuito, con tareas estructuradas con las que ocuparse y otras reclusas para conversar.

El problema de los reclusos senior no es algo anecdótico. En la sociedad más avejentada del mundo[1] aproximadamente el 35% de los pequeños hurtos los cometen ancianos, y de ellos casi la mitad reincide. Algunos porque pasaban verdaderas necesidades económicas. No podían comprar carne o enseres básicos de cocina.  Un estudio de la consultora Custom Products Research de 2016 concluía que los jubilados japoneses, por muy frugales que sean, necesitan aproximadamente un 25% más al año de lo que reciben del Estado en concepto de pensión al año (780.000 yenes de media, unos 5.900 euros). La falta de recursos unida a la soledad lleva a muchos a quitarse la vida -como señala el mismo informe el aumento del suicidio entre los mayores, del 27% en 1983 al 40% en 2016, es otro elefante en la habitación-. A otros, a cometer delitos menores para vivir entre rejas.

Las cárceles están empezando a adaptarse a unos reclusos cada vez mayores, con más necesidades y peor movilidad. No pueden trabajar fabricando ropa interior o zapatillas, como hacen otros internos. La prisión de Tokushima, a 523 kilómetros de Tokio, ha reconvertido uno de sus módulos. Los talleres están adaptados, por ejemplo papiroflexia en vez de deporte. Los funcionarios reciben una formación específica para atenderles, ya que algunos no pueden ni asearse sin ayuda. “En algunas cárceles, parecen cuidadores de una residencia de mayores más que otra cosa”, explicaba la reportera Fukada. Algunos reclusos temen el fin de su condena porque saben que será complicado mantenerse fuera. Y aún más difícil encontrar un trabajo después de los 65.

[1]
Hoy los mayores de 65 años constituyen casi el 27,3% de los 128 millones de japoneses, según datos oficiales. En 2050 sumarán un tercio de la población. Los menores de 14 años supondrán apenas el 10% por entonces. La situación es alarmante y el gobierno lleva décadas pensando en soluciones como planes para incluir a las mujeres en el mercado laboral, aunque la falta de guarderías sigue siendo disuasoria. La inmigración a gran escala sigue siendo un tema muy sensible.

 

Imagen: Shiko Fukada

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