Generación Buda

Se llaman a sí mismos “Jóvenes Buda” (fúxì qīngnián). Son jóvenes chinos nacidos después de 1990 que, ante lo complicado de encontrar trabajo, piso y casarse (allí después de los 25 años uno es raro si no se ha comprometido), han decidido vivir sin esperar nada, sin luchar por nada. Blindarse a la frustración.

“Lo que tenga que ser, será. El fracaso ya no me preocupa tanto como antes”, declaraba Zhang Min, de 23 años, hace unas semanas a la oficialista agencia Xinhua. “La vida es agotadora”, se quejaba Guo Jia, que cree que lo más inteligente es “aceptar lo que uno no puede cambiar y dejarse llevar”.

Estos ‘budistas laicos’ están más centrados en conceptos importados como el mindfulness que en los sutras. Pero al gobierno le preocupan porque simbolizan el divorcio entre las nuevas generaciones y el futuro del país. Representan el fracaso del Sueño Chino, una masiva campaña de comunicación política que el Partido Comunista lanzó en 2013 para darle un toque moderno a su ideario e implicar a las nuevas generaciones. Patriotismo, trabajo duro y perseverancia para lograr ascender en la escalera social. Algo así como el American Dream, pero a la china.

Y como el americano, el sueño chino también hace aguas. El desempleo según fuentes oficiales supera por pocas décimas el 4%, pero incluso el Banco Mundial reconoce que son cifras maquilladas, a años luz de la realidad que viven los ciudadanos. Sin embargo, nadie se pone de acuerdo en un cálculo alternativo sólido. En un país en desarrollo, tan gigantesco y con una economía informal tan extendida mucha gente sale adelante sin pasar por una empresa en toda su vida.

Hormigas

Hace 10 años, cuando Internet empezaba a popularizarse en el país, uno de los términos más de moda entre los jóvenes que emigraban a las ciudades para labrarse un porvenir era yizu (hormigas). Se refería los varios millones de personas, muchas con carrera universitaria, que alquilaban un cuarto bajo tierra, en los sótanos de los rascacielos. Verdaderas comunidades de vecinos subterráneas. Las “hormigas” estudiaban o trabajaban, y después volvían a sus cubículos para cocinar, lavar la ropa, ver series… No les entusiasmaba aquello, pero les movían las ganas de progresar y vivir algún día en la superficie. Tenían expectativas. Justo lo que les falta a los jóvenes Buda.

Por mucho que el ideario de Pekín hable de sueño colectivo, la paz social en China se asienta sobre el progreso individual. Y hoy la competencia para lograrlo es cada vez más feroz. El país ya no crece a doble dígito y el mercado laboral cada vez absorbe a menos gente. En las ferias de empleo se ven riadas de estudiantes ansiosos, desbordados. Más de 750 millones de personas (el 55%) tienen acceso a Internet, que se ha convertido en el refugio de esos jóvenes decepcionados.

A ellos apeló con dureza el Diario del Pueblo, altavoz del gobierno, en un editorial en diciembre. Sin reconocer la parte de razón que pudieran tener, criticaba el “egoísmo” de los jóvenes buda. “Alejaos del opio de esa cultura de la desmotivación”, rezaba. “Levantaos y seguid”. Quizás demasiado tarde.

 


En los últimos meses, han sido varias las ocasiones en las que hemos reflexionado y conversado sobre China en Foro de Foros:

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