Feliz tecnoaño

Este 2018 hablaremos aún más de tecnología. Los gurús que llevan décadas observando a emprendedores y probando aparatos comentan que el secuestro de contraseñas en grandes empresas, los ataques informáticos en periodos electorales y la fiebre de las criptomonedas no han hecho más que empezar.

Tendremos más presentes, si cabe, a las “big four” (Amazon, Google, Apple y Facebook): anuncios más selectivos, datos cruzados, diseños inteligentes que nosotros mismos habremos alimentado, aunque no recordemos cuándo. Y a los gigantes chinos como Baidu, Didi Chuxing o Alibaba, que innovan sin permiso de Silicon Valley y se relacionan con el público según los estándares del Partido Comunista chino.

En el último CES, la feria anual de tecnología de Las Vegas que se toma como termómetro del sector, se decía que la próxima batalla la librarán los aparatos inteligentes: en el Internet de las cosas (IoT), competirán entre sí por, además de realizar su función (por ejemplo, tostar el pan), almacenar los datos útiles (a qué hora debe tostar el pan y cómo le gusta a cada componente del hogar) y descartar los superfluos. Y por garantizar la seguridad. Obviamente cuando en una casa se multiplican los puntos de conexión a la Red se amplía el riesgo de error o de hackeo. Cualquier dispositivo conectado puede ser una puerta de entrada a un ataque malicioso. El tostador convertido en rehén.

A esos aparatos que llevamos puestos o que nos rodean les será más fácil identificarnos y saber cómo nos sentimos. Los softwares de inteligencia artificial, que siguen su propio desarrollo distinto a los tradicionales, están incluyendo imágenes y voz en los sistemas de aprendizaje automático y eso ayuda a que las aplicaciones puedan reconocer emociones. Se abren mundos para el campo de la salud, de las finanzas, del marketing…

El entorno se vuelve menos espontáneo, pero disfrutamos de avances inimaginables hace una década. Y más baratos. Mejoras intangibles como poder escuchar todas las óperas del mundo o estudiar ruso sin salir de casa, que no se reflejan en la productividad ni en la estricta medición de la riqueza per cápita, pero que existen.

“La tecnología ni es buena ni es mala ni es neutral”, decía el clarividente historiador de la tecnología Melvin Kranzberg. Falleció sin obtener todo el reconocimiento merecido en 1995, cuando Internet daba sus primeros pasos. “Muchos de nuestros problemas relacionados con la tecnología surgen debido a las consecuencias imprevistas de emplear tecnologías aparentemente benignas a escala masiva”.

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