Europa, la brújula y la soberanía digital

¿Conseguirá Bruselas elevar una voz propia y corregir las enormes brechas de desigualdad tecnológica que existen?

Nueve años. Ese es el margen de la Unión Europea para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2030. Puede parecer una eternidad si tenemos en cuenta que en menos de un año el mundo se ha dado la vuelta, pero no tanto tiempo desde una perspectiva histórica. Lo que sabemos es que todo pasará por la digitalización y que Bruselas ha de actuar rápido si quiere asegurarse unos mínimos de autonomía estratégica. Necesita retener talento, agilizar la inversión privada y reducir la dependencia de Estados Unidos y China. Por ejemplo, en la producción de semiconductores. O en el tratamiento de los datos, que hoy al 90% están gestionados desde el otro lado del Atlántico.

La hoja de ruta europea se presentó hace unas semanas como una “brújula” (en inglés, Digital Compass) porque consta de cuatro puntos cardinales o ejes de acción: ciudadanía con capacidades digitales y profesionales del sector digital; infraestructuras digitales seguras, eficaces y sostenibles; transformación digital de las empresas y digitalización de los servicios públicos. Para no iniciados, muchas de las iniciativas parecen ciencia ficción: la UE pretende tener listo en cuatro años el primer ordenador cuántico económicamente viable. Esa súper-tecnología nos permitirá conseguir coches autónomos o acelerar el desarrollo de medicamentos nuevos más potentes. También se aspira a doblar el número de unicornios (empresas emergentes valoradas en más de mil millones de dólares) en territorio europeo: pasar de los 112 actuales, según el banco de inversión GP Bullhound, a 250. En China esas compañías codiciadas suman 204 y en EEUU, 265, recoge Statista.

Europa es consciente de que perdió la primera oleada de digitalización. China y Estados Unidos, que contaban con un mercado único, sin fronteras, lo tuvieron más fácil para liderar. Además, Bruselas siempre va a estar lastrada por la disparidad de intereses de sus 27 miembros. Por eso es valiente su intención de desmarcarse de los oligopolios tecnológicos estadounidenses y del sistema de vigilancia chino. No se subirá al carro de cualquier forma, sino en base a ciertos principios éticos. Las dos grandes regulaciones en materia digital, la DSA (Norma de Servicios Digitales) como la DMA (Norma de Mercados Digitales), pretenden reinventar las reglas en lo que respecta a las redes sociales, la transparencia, el uso de nuestros datos y el comercio electrónico.

Antes de que termine el año, conoceremos la base ética sobre la que se asentará el futuro digital de Europa y en la que asesores de varios países miembros llevan meses trabajando. Es probable que las nuevas normas estén en disputa un tiempo y entretanto las grandes tecnológicas estadounidenses intentarán presionar para matizar detalles a su favor.

¿Conseguirá Bruselas elevar una voz propia y corregir las enormes brechas de desigualdad tecnológica que existen?

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