El poder de ser amable

Ser generoso o altruista con un desconocido desencadena un torrente de beneficios emocionales que, no obstante, cada vez son menos valorados por la sociedad

Un estudio publicado en la Journal of Experimental Psychology (Revista de Psicología Experimental) corrobora el potencial oculto de ser amables con nuestro entorno y, particularmente, con los desconocidos. La amabilidad es un bálsamo para nuestra autoestima y para el bienestar emocional de los demás. Cuando realizamos un acto amable nos sentimos bien, y cuando lo recibimos nuestra percepción como parte del conjunto social se refuerza, desencadenando un interesante efecto dominó que nos invita a ser amables en nuestras siguientes interacciones.

Este estudio, liderado por los psicólogos estadounidenses Amit Kumar y Nicholas Epley, viene a confirmar ese comentario tan extendido de que la sociedad actual es mucho más individualista que la de décadas anteriores. La vida en la ciudad, en contraposición al pueblo, nos aliena. Ni siquiera conocemos a nuestro vecino y tampoco nos importa. Nos desenvolvemos en el tapete urbano como autómatas, yendo de un punto a otro con las anteojeras puestas. Si alguien tiene un problema tendemos a evitarlo, si alguien se nos acerca damos un respingo de autodefensa. No somos menos humanos que hace 50 años, sencillamente nuestros lazos comunitarios se han debilitado tanto que no hemos aprendido los grandes beneficios de vivir en comunidad. No de vivir físicamente en comunidad, pues eso lo hacemos en el mayor porcentaje conocido en la historia, sino emocionalmente.

La noticia positiva es que esas conexiones sociales no están muertas, sino simplemente dormidas, y está en nuestra mano reactivarlas con pequeños gestos cotidianos. Kumar y Epley han concluido que las personas que realizan un acto azaroso de amabilidad tienden a subestimar lo mucho que el receptor apreciará ese gesto. Una sonrisa al responder a una pregunta en el metro o en la cola del pan, una ayuda más allá de la estricta cortesía, un gesto no esperado en un momento difícil, una palabra cálida a un compañero de trabajo. Todo lo que nos conecte como humanos es valorado por el prójimo como una pequeña joya en estos tiempos de individualismo y fragmentación social.

Los investigadores sostienen que muchas veces evitamos estos actos de cercanía hacia los demás porque creemos que tal vez no serán bien recibidos, o serán recibidos con recelo o sospecha y eso nos hará sentir incómodos, así que optamos por la prudencia y seguimos nuestro camino. Quizá por eso el impulso de no hacer nada se suele imponer a la acción positiva, aunque nuestro primer reflejo haya sido querer ayudar o ser amables.

“Llevar a cabo actos de amabilidad espontáneos incrementa la felicidad tanto de los que los hacen como de quienes lo reciben”, indican los autores del estudio, “pero quienes los realizan tienden sistemáticamente a infravalorar el impacto positivo en los receptores”. Para sacar conclusiones se realizó una comparativa entre expectativa e impacto real. A aquellos que efectuaron un acto amable se les preguntó cómo de bien creían que su acto haría sentir al receptor, y al receptor se le preguntó cómo de bien se había sentido en realidad. Se diseñaron distintas acciones: regalar una taza de chocolate caliente en un parque, acercar a un compañero de trabajo en coche hasta su casa, llevar galletas a la oficina o invitar a alguien a un café. Y en todos los casos se confirmó que ese gesto había generado una felicidad mucho mayor de la esperada. Esta disonancia se debe, según los investigadores, a ideas preconcebidas y al hecho de subestimar el poder de un gesto pequeño y sin valor aparente.

Estas conclusiones van más allá de la simple anécdota inspiradora. Detectar el mecanismo mental que nos frena al ser amables «es importante porque puede crear una barrera a la hora de comprometernos en acciones sociales en nuestra vida diaria, lo que se deriva en personas perdiendo oportunidades de mejorar tanto su bienestar como el de los demás”, dicen los investigadores. Ese bienestar se traduce en la satisfacción de estar involucrado en movimientos sociales de cualquier índole, desde el meramente asociativo o recreativo a otros con mayor calado social como el voluntariado en oenegés.

Ya en 2019, los psicólogos británicos Lee Rowland y Oliver Scott Curry hicieron un experimento: comprobar qué efecto genera en la felicidad subjetiva realizar actos amables y altruistas durante siete días consecutivos. Rowland y Curry concluyeron que los niveles de felicidad se incrementaron tanto al ser amables con los grupos más cercanos (amigos y familia) como con perfectos desconocidos. Otro dato más en favor de estrechar esos lazos sociales que estamos perdiendo, a través de gestos sencillos que no nos cuestan más que romper la barrera del prejuicio y la prudencia.

Marisa G. Franco, psicóloga y profesora en la Universidad de Maryland, es autora del ensayo Platónico: cómo la ciencia del apego puede ayudarte a hacer -y mantener- amistades, publicado recientemente. Se trata de un alegato basado en evidencias científicas en favor de reforzar nuestros lazos sociales, tanto con nuestras amistades existentes como con el resto de personas que conforman nuestra comunidad.  “Tenemos ese prejuicio negativo en todo lo que se refiere a la conexión social. Simplemente no pensamos en que el impacto de nuestro comportamiento sea realmente tan positivo”, considera la autora. El ensayo de Franco, que pone en valor la importancia de la amistad, insiste en el mismo pilar que el estudio de Kumar y Epley: sentirse parte activa del tejido social genera felicidad y ejerce de antídoto contra dos de los grandes males de nuestro tiempo: la soledad y la depresión, ambas estrechamente relacionadas.

El libro pone sobre la mesa una estadística demoledora, que es fácilmente extrapolable a la sociedad española. Según una encuesta elaborada sobre 2.000 adultos, el estadounidense medio no ha hecho un amigo nuevo en los últimos cinco años, pero el 45% de los encuestados saldrían a buscar nuevas amistades si simplemente supieran cómo. De nuevo, el prejuicio negativo y el miedo a invadir la intimidad ajena atenazan nuestro contacto con el otro. Cambiar está dinámica en beneficio de todos comienza por ser amables con los demás la próxima vez que pisemos la calle.

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